lunes, 22 de diciembre de 2014

Aspectos pragmáticos de la funcionalidad de las reglas de formación de palabras




            La formación de palabras de naturaleza pragmática surge por la utilización de un código gramatical.
            Una pragmática lingüística como pragmática asociada a la gramática de una lengua intenta poner de manifiesto en qué medida los elementos del código gramático se ven condicionados por cuestiones de naturaleza pragmática. Cuando se describe el código de funcionamiento de una lengua, su semántica se hace abstracción. Se formulan reglas no consideradas por el componente pragmático con el recurso de considerar al hablante y al oyente como ideales que suponen la vía por medio de la cual se hace abstracción. Es como si no existiera. La tarea o función que la pragmática desempeña en relación con el código gramatical de una lengua, en el caso de que no adoptemos esa perspectiva, es la de mediatizar el comportamiento del mismo código en cuestión. Los códigos gramáticos son en realidad componentes pragmáticos no exentos o componentes gobernados desde consideraciones de tipo pragmático. Esa es una constante general del funcionamiento de cualquier código que afecta al funcionamiento de las llamadas reglas de formación de palabras.
            Todos los modelos coinciden en que los mecanismos de formación de palabras son un medio sistemático para aumentar de forma económica el conjunto de elementos léxicos o disposición de un hablante. Económico en términos psicolingüísticos. Un hablante conoce esta forma, un número determinado de formas léxicas, de manera más económica de lo que sería conocerla de manera individual o atomizada; es fácilmente entendible que sería mayor el coste de retener en la memoria un número (aproximadamente dos mil) de formas léxicas no relacionadas entre sí, sin plantear relaciones entre ellas, que se supone que es el léxico que tenemos en nuestra memoria, frente a unas pocas reglas gramáticas.
            La existencia de estas reglas permite suponer que se hace más sencillo el trabajo si se tiene en cuenta que se conocen una a una las piezas léxicas. Conocer un número determinado de piezas léxicas supone entender unas piezas que se conocen individualmente frente a otras que se conocen por medio de determinadas reglas.
            Esta manera de plantear los hechos parece lógica. Es el conocimiento, por ejemplo, de que la fórmula “sustantivo+ero” es igual a “oficio”, a persona relacionada con lo denotado por el sustantivo “panadero”, “fontanero”, etc.
            Los distintos modelos gramáticos se plantean como un modelo que permite aumentar con poco coste el caudal de elementos léxicos que tiene a su disposición. Todo se ha formalizado con mayor o menor grado: las reglas de formas prefijadas, sufijadas y formas compuestas; es decir, se han diseñado reglas que pretenden dar cuenta de cómo, combinando palabras, se forman palabras compuestas (“cochecama”).
            Frente a estos hay otros elementos: los infijos (sufijos y prefijos), que no existen en cuanto a que no existen solos, sin una palabra (“pre-ver” o “zapat-ero”).
            Se han diseñado reglas más o menos afortunadas de factura bastante diferente según el modelo de que se trate:

El que fabrica X/SN à (X – ERO/N)

            Todos estos modelos coinciden en que hay determinadas palabras que poseen estructuras diferentes y en virtud de las cuales es posible tener en cuenta estas estructuras complejas.
            Todas ellas carecen del punto de vista de un interés pragmático que contribuye a aclarar el funcionamiento y el interés de este tipo de mecanismos.
            Las cuestiones a las que hacemos referencia no constituyen una objeción. Conocer para qué sirven estos mecanismos de formación de palabras no es posible sino a través de lo gramatical.
            De los trabajos a los que nos referimos parece desprenderse una conclusión no exactamente acertada. Los hablantes de una lengua, cuando existe una regla de formación de palabras determinada, tenemos dos opciones: actualizarla y producir una forma derivada, en el sentido más general del término (“zapat-ero”); o bien producir una forma analítica que transmite los mismos contenidos, pero no de forma derivada (“persona que vende zapatos”). Esta conclusión es más evidente en los modelos generativos en los que se aplican muchos elementos.
            Nuestro comportamiento parece suponerse con la intención de producir una forma derivada o no.
            Se tiene en cuenta que entre esta opción analítica o sintética hay una igualación fundamental que explica determinados funcionamientos de la acción de palabras. Las formas derivadas son palabras que tienen igual función específica que cualquier palabra no derivada, una función designativa que denota una entidad que puede ser identificada de manera descriptiva; esta es la distinción que hay entre que
1)      alguien fabrique zapatos y
2)      alguien que sea zapatero.
            En una describimos la entidad y en la segunda designamos esa entidad de la realidad.
            La distinción se basa en que las formas derivadas producen palabras mediante las cuales denotamos entidades de la realidad y esta dimensión funcional básica determina elementalmente el propio funcionamiento de las reglas de formación de palabras, en aspectos tan distintos como el tipo de relación posible entre los elementos que intervienen en una regla de formación de palabras, las situaciones en que pueden ser usadas. Cualquier regla de formación de palabras debe estar sometida, restricción que no se indica. Es una relación de constancia que excluye el carácter momentáneo y además a una relación de pertinencia entre los elementos relacionados. Por ejemplo, “zapatero”, “carnicero”, “panadero”, etc. obedece a una regla que en el aspecto morfológico señala que los sustantivos de sustancias se forman sobre una base y que significan “fabricar”, “vender”, etc.
            Es necesario que se haga de manera habitual. Esta es una restricción que supone que no se incluye en las restricciones no gramáticas, sino pragmáticas. Solo lo que va a durar se designa de manera duradera. Solo en la medida en que tenemos en consideración un elemento designativo supone que se designa aquello que se está quieto para tener persistencia.
            Las reglas de formación de palabras deben incluir normas de restricción pragmáticas.
            Los muy diferentes modelos gramaticales se han formalizado y han explicado la estructura interna de las formas compuestas.
            Reglas de este tipo formuladas de esta manera no pueden alcanzar a explicar el porqué de la producción o no de determinadas palabras, que presentan singularidades que no son explicables a partir de estas reglas. Esas singularidades tienen mucho que ver con las formas derivadas, palabras con función designativa:

Ejemplo: zapatero (designa)/ el que vende zapatos (describe)

            En la línea de Berrendonner, la suplencia de entidades de la realidad, de objetos de la realidad mediante signos lingüísticos, mediante palabras (mecanismos designativos), es lógico que cubra mejor aquello que es especialmente relevante en términos colectivos.
            Este principio general de la necesaria relevancia de lo suplido tiene una básica aplicación. Una regla de formación de palabras es un mecanismo, una instrucción que indica cómo determinadas formas morfológicas (formas que pertenecen a una categoría gramatical) con un determinado contenido semántico (por ejemplo el de objeto-localización) dan lugar a una condensación formal que es lo que llamamos “derivar”.
            A esta parte no pragmática habrá que añadir otra general pragmática que indique que tales aglomeraciones de dos formas en una sola se dan solo cuando la relación existente entre esos dos elementos es una relación colectivamente relevante desde el punto de vista de la identificación de los objetos denotados.
            Por ejemplo es una forma sintagmática normal “piso central”. “Central” es una forma adjetiva. Se compone de una indicación locativa y el sufijo “-al”. Su función es designativa, no descriptiva.
            Formas como “central” son formas derivadas que tienen indicaciones de localización (en este caso, “piso”).
            Sin embargo, en un enunciado anómalo como “pato central”, ese adjetivo no es relevante para designar entidades que se mueven.
            Tan solo en la medida en que esa relación de localización/objeto está sometida a la restricción de la relevancia colectiva, podremos explicar la normalidad o anormalidad de un enunciado.
            Formas como “sumarizar” o “neutralizar” no tienen relevancia en ámbitos distintos a, por ejemplo, la lingüística del texto. “Brabanear”, por ejemplo, es “utilizar un instrumento agrícola para arar”.
            Dependiendo de las metalenguas de profesiones, la pertinencia variará. Es lógico que en metalenguas diferentes existan formas diferentes formadas sin embargo con unas mismas reglas.
            En otro sentido, la relevancia o la pertinencia de una relación puede tener un alcance bastante más restringido, restringido exclusivamente al momento de la comunicación.
            Si el contexto y la situación comunicativa lo garantizan bastará la categorización de los hablantes (de una realidad o forma determinada).
            Dependerá de la importancia y fortuna de la situación comunicativa y de su difusión el que lo que puede ser una relación comunicativa normal acabe siendo una relación colectivamente relevante.
            La restricción de la necesaria relevancia de la relación que vincule los elementos de la comunicación puede ser puesta en relación con la “máxima de claridad” de Grice, que establece en términos generales que los interlocutores desean entenderse.
            Esa voluntad de entendimiento comunicativo implica que ningún hablante utilizaría formas derivadas, produciría formas designativas en el convencimiento de que su interlocutor no compartiera la relevancia de la comunicación.
            Mediante una fórmula descriptiva podría entenderse.
            La opción entre una forma derivada a su versión analítica tiene que ver con la “máxima de cantidad”.
            Por último la utilización de estos mecanismos de formación de palabras tiene que ver con la “máxima de relevancia”, que aludía a la necesidad de ser pertinente en los intercambios comunicativos en modos distintos. Tendría que considerarse el funcionamiento de los mecanismos de tematización y rematización.
            Habría una base conocida (tema) y una parte que se aportaría a la comunicación (rema).
            Normalmente en la organización discursiva, la posición de tema la ocupan los elementos primeros de la cadena discursiva y la posición de rema los elementos últimos.

            Por ejemplo, en una forma con sufijo:
Tema à lexema, palabra base
           Rema à sufijo

            En “golpe de pelota” (descriptiva), “golpe” es el elemento que puede ser tematizado y “de pelota” tiene la condición de rema.

            En “pelotazo”, “pelot” es lexema y “azo” tiene condición de rema.

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