lunes, 23 de junio de 2014

Apuntes para comentar "Conciencia plena" de Juan Ramón Jiménez




CONCIENCIA PLENA
(ANIMAL DE FONDO, 1949)
Tú me llevas, conciencia plena, deseante dios,
por todo el mundo.
En este mar tercero,
casi oigo tu voz;
tu voz del viento
ocupante total del movimiento;
de los colores, de las luces
eternos y marinos.
Tu voz de fuego blanco
en la totalidad del agua, el barco, el cielo,
lineando las rutas con delicia,
grabándome con fúljido mi órbita segura
de cuerpo negro
con el diamante lúcido en su dentro.

            Este poema, tal como se señala en el encabezamiento, pertenece al libro de Juan Ramón Jiménez Animal de fondo, escrito en el exilio en 1949, en la que se considera la tercera etapa de su obra (la etapa suficiente o verdadera). El libro era la primera parte de un volumen más amplio titulado Dios deseado y deseante.
            En agosto de 1936, el poeta y su esposa Zenobia salen de España. Juan Ramón obtiene un pasaporte diplomático, como agregado cultural honorario de la Embajada española en Washington. En 1940 comienza a impartir cursos en la Universidad de Miami como lector de español y en una carta a Enrique Díez-Canedo explica que “en la Florida empecé a escribir otra vez en verso”.
            El matrimonio pronto fijó su residencia en Puerto Rico.
            Como hemos mencionado, en 1949 publica Animal de fondo, tras un tiempo de relativo silencio. En esta obra el poeta busca a un dios que se encuentra en él mismo y en su obra. El libro supone la depuración máxima de su poesía.
            Hay que recordar que Juan Ramón Jiménez buscaba el lenguaje sencillo: “la perfección está en la espontaneidad, la sencillez del espíritu cultivado”. Pero es esa aparente sencillez precisamente la que convierte al contenido en hermético, indescifrable.
            El título supone la comprensión y el reconocimiento de la esencia personal y el de ese dios deseante. Barroso explica que con el título, Juan Ramón “canta, lleno de gozo, la unión entre su interior, su todo interno, con el todo externo”. El dios deseante “es la Poesía como Belleza suprema, como verdad esencial y eterna tan ansiosamente buscada”, que ha encontrado en sí mismo.
            No hay rima en los versos, que tienen diferente medida. No hay división en estrofas. Es un poema compuesto por catorce versos en los que el sintagma “tu voz” es recurrente (versos 4, 5 y 9) y donde el ritmo se obtiene por estructuras como “del movimiento; de los colores, de las luces”, “en la totalidad del agua, el barco, el cielo” o “lineando, grabándome”.
            Las imágenes que hay en el poema son producto de la intuición del poeta y será la sensibilidad del lector quien las comprenda. No hay semejanza objetiva en “tu voz del viento” o en “tu voz de fuego blanco”.
            Podríamos señalar el valor estilístico de los adjetivos en conciencia plena, deseante dios, mar tercero, ocupante total, eternos y marinos, fuego blanco, órbita segura, cuerpo negro y diamante lúcido, que añaden cualidades a los sustantivos o bien ponen de relieve las que ya tienen. Los adjetivos indican lo esencial de las sustancias. Con ellos el poeta sugiere y expresa sus impresiones, que el lector interpretará.
            Hay que recordar también, a propósito del “tú” con que comienza el poema, que en español no es necesario el uso del pronombre personal sujeto. Esa insistencia implica mayor expresividad, énfasis.
            En los versos 6 y 7, por una parte, y en el verso 10, por otra, aparecen dos enumeraciones (“ocupante total del movimiento; de los colores, de las luces” y “en la totalidad del agua, el barco, el cielo”) que desgranan las partes que constituyen a ese “ocupante” y esa “totalidad”.
            La “voz de fuego blanco” del deseante dios (verso 9) contrasta con la “órbita segura de cuerpo negro” del yo poético (versos 12 y 13) con un diamante lúcido dentro, poniendo de manifiesto el poder de ese deseante dios (la Poesía), el cual señala el camino y la conciencia mediante esa órbita, lo que podría ser una referencia mística (veríamos esa unión ya mencionada entre el todo interno y el todo externo).
            Por último, debemos recordar un rasgo de estilo de Juan Ramón Jiménez, a propósito del “fúljido” del verso 12. Debería ser “fúlgido”, que significa “resplandeciente” o “brillante”, pero el poeta empleaba una ortografía propia. Al igual que otros autores, Juan Ramón deseaba simplificar la ortografía, pero además deseaba un mayor acercamiento entre los fonemas y las grafías. Defendía que se debía escribir como se hablaba, y así como reducía grupos consonánticos (“ns” en “s”, por ejemplo, como “trasparencia”), también simplificaba dualidades como la de j/g ajustándola a la sonoridad del español hablado.
            Juan Ramón Jiménez dominaba a la perfección el lenguaje y experimentó con nuevas formas métricas, con la ortografía e incluso con el léxico.

            

No hay comentarios:

Publicar un comentario