miércoles, 11 de junio de 2014

El Quijote de Avellaneda



         En Tarragona en 1614 apareció el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha, de Alonso Fernández de Avellaneda. La obra narra la tercera salida de don Quijote y tuvo bastante éxito en su época. Pero con respecto a esta novela nos queda ese interrogante: ¿quién se escondía bajo ese seudónimo?
            Con motivo del cuarto centenario de su publicación, algunos críticos han vuelto su mirada a ese enigmático autor, ese escritor que aún no sabemos quién fue. Además de ese nombre, Avellaneda nos dice ser natural de Tordesillas, una localidad de Valladolid. Pero finalmente los críticos trabajan sobre la idea de un autor aragonés, dominico o relacionado con ellos, autor de comedias y enemigo de Cervantes.
            Lógicamente, durante estos cuatro siglos muchos han intentado descifrar quién se escondía bajo ese seudónimo y han expresado diferentes teorías.
            Algún crítico ha señalado al poeta de Calatayud Pedro Liñán de Riaza como el autor de este Quijote apócrifo. Esta novela está llena de aragonesismos, pero además Avellaneda muestra conocimientos de latín, de mitología, de poesía, etc. Liñán de Riaza conoce a Lope de Vega y no hay que olvidar que en la novela se hace una buena defensa del Fénix de los Ingenios. Liñán conocía Aragón, Toledo y Madrid. En la obra aparecen nombres del Romancero que Liñán de Riaza conocía y usaba en sus composiciones (Zaida, el rey Marsilio, Muza, Galaor…). Pero esta posibilidad choca de frente con la fecha de muerte del poeta, en 1607. Solo la aparición de ayudantes hubiera permitido sacar el Quijote apócrifo en 1614.
            Otro crítico muy importante, Martín de Riquer, señaló bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda a Jerónimo de Pasamonte. Este era soldado en Lepanto y había escrito la autobiografía de un joven cautivo en galeras. Se dio por aludido en el Quijote de Cervantes, donde se le tilda de “embustero y ladrón” y, como venganza, decidió escribir la segunda parte de la novela. Es cierto que en el Quijote aparece un personaje llamado Ginés de Pasamonte, un galeote. Y Jerónimo de Pasamonte era aragonés. Pero al comparar su “Vida” novelada con la obra de Avellaneda, puede observarse que Pasamonte escribe tal como debía hablar, mientras que el de Tordesillas tiene un estilo bastante correcto.
            Algunos estudiosos se apoyaron en el léxico para señalar la posibilidad de que Alonso Fernández de Avellaneda fuera Cristóbal Suárez de Figueroa. Sobre este autor podemos leer “la peor lengua del siglo… el maldiciente y procaz enemigo de Cervantes… el alma tortuosa y malévola del despreciable doctor”, una cita de uno de los biógrafos de Cervantes, Astrana Marín. Pero Figueroa no era aragonés, ni clérigo. Una referencia de Cervantes en el Quijote habla de que Avellaneda “tal vez escribe sin artículos”, lo que constituiría un rasgo de estilo del que se acusaba a Suárez de Figueroa. Concretamente coincide con el autor del Quijote apócrifo en la omisión de “que”, un rasgo destacado en la sintaxis de Avellaneda. Sin embargo, Figueroa no era amigo de Lope de Vega, por lo que resultaría inexplicable el elogio que se hace de esta figura.
            Otros críticos señalan directamente a Lope de Vega como el autor del Quijote apócrifo. La animadversión entre Cervantes y Lope era pública y notoria. Lope había señalado, por ejemplo, que ningún poeta “es tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote”. Junto a este odio, los críticos destacan que Avellaneda debía ser más joven que Cervantes (Lope tenía quince años menos), tenía conocimientos literarios y estaba al tanto de la literatura de la época, además de que se sentía “envidiado” (por lo que no debía ser un autor de segunda fila).

            Por último, podemos destacar la teoría de Alfonso Dávila, según el cual sería el mismo Miguel de Cervantes el que se escondiera bajo el nombre de Alonso Fernández de Avellaneda. De ser cierto, estaríamos ante una forma (muy novedosa en la época) de publicidad, un fake, una falsificación o simulación editorial. Los agentes literarios de Cervantes habrían sido los artífices de este engaño que serviría para “calentar” el lanzamiento de la segunda parte del Quijote.


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