sábado, 15 de octubre de 2016

El concepto de poesía en Antonio Machado. Técnica y estilo



            Antonio Machado define la poesía como “la palabra esencial en el tiempo”. Esencialidad y temporalidad son dos imperativos en cierto modo contradictorios. Por un lado se trata de ahondar en la esencia de las cosas (del hombre, del mundo,…) y por otro de captar su fluir temporal. El pensamiento lógico capta lo esencial, lo general, y la intuición su fluir temporal, lo individual, lo concreto (vemos en su poesía ejemplos de esencialidad, que expresa por medio del estilo nominal: frases en las que hay ausencia de verbos).
            Más tarde Machado añadirá a estas ideas algún matiz particular y dirá que la poesía es “el diálogo del hombre, de un hombre con su tiempo”. Esto enlaza con el deseo de Machado de que el hombre y el poeta estén comprometidos con su tiempo.
            En el prólogo de sus Poesías completas dice Machado: “Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu… lo que dice el alma si es que algo dice, con voz propia, en respuesta animada al contacto con el mundo.” (No obstante se sigue advirtiendo el empleo del símbolo y determinados rasgos modernistas).
            En efecto, en la poesía de Machado aparece una rica gama de sentimientos, como la melancolía, la tristeza, la emoción, la pasión, el deseo o la rabia. Para Machado la poesía es un sentir hondo, una intuición viva que surge al contacto con el mundo… y hay que expresarla con claridad para que su voz alcance a todos.
            La técnica y el estilo de Antonio Machado varían según el carácter de la obra. En Soledades predomina el elemento estético. En Campos de Castilla los elementos estéticos que utiliza se adecuan al tono reflexivo y crítico y su lenguaje se hace más directo y menos ornamental. En Nuevas canciones, su tercera etapa, el elemento poético se condensa y el poeta desarrolla una poesía sentenciosa, filosófica y epigramática.
            En Campos de Castilla la sobriedad, la sinceridad, la sencillez y el realismo son las notas que caracterizan la poesía. Pero a veces, a pesar del lenguaje claro y sencillo, hay “hondas realidades del espíritu” que no pueden expresarse en un lenguaje corriente, de modo que el poeta acude a los símbolos.
            Machado piensa que por el símbolo se cargan de trascendencia las cosas más elementales, lo que de otra manera sería puro realismo.
            Los símbolos más importantes en la poesía de Antonio machado son los siguientes:
-         La tarde: siendo como es “tiempo”, diríamos que es “lugar”, el lugar donde se cita la conjunción del tiempo. En relación con la tarde están los ocasos, la puesta de sol con su idea de paso del tiempo, de decadencia, de premonición de muerte. La noche es un fenómeno asociado al abismo del tiempo, abocado a la muerte o a la trascendencia. En sentido contrario debemos entender la mañana, la parte del día con connotaciones de futuro y esperanza. La luna y el sol se oponen paralelamente a la noche y la mañana. La tarde sintetiza todos estos parámetros como conjunción del tiempo.
-         Las estaciones: normalmente los poemas machadianos se ubican en una estación. Las estaciones contienen la concepción dinámica de la existencia y cíclica del tiempo. Hay una estación de vida y esperanza (la primavera) y otra de muerte (el invierno). El estío representa una estación agobiante y dura (como las condiciones de la existencia) pero abierta a la esperanza, a la vida futura (la primavera) tras la decadencia del otoño y la muerte (el invierno). El otoño tiene una connotación paralela a la del ocaso: decadencia, paso del tiempo, proximidad de la muerte (invierno o noche).
-         El agua: volvemos a la concepción dinámica y esencial de la existencia, a los ríos de Heráclito, el Eclesiastés y Manrique. En Machado encontramos el Duero, el Guadalquivir y las fuentes. El agua corriente es dinamismo, vida, esperanza y ello en oposición al agua estancada (la laguna negra) o congelada (la nieve del invierno), que connotan muerte y desesperanza. A veces el agua adopta la forma de lluvia, en íntima conexión con la idea de fertilidad y riqueza, y de vida futura (suele ir asociada a la figura del sembrador).
-         El mar es el agua “inmensa y profunda”. Representa la muerte y la eternidad que Machado busca tras la muerte. El marinero es el hombre que se interna, que navega, que camina en el mar de la muerte y busca a Dios en la eternidad y la trascendencia.
-         El camino: siguiendo un tópico medieval (el hombre como romero por la romería de la vida) que se constata en Berceo, el camino y todas sus variantes (carretera, sendero o ruta), con su dimensión dinámica, es otro de los símbolos de la vida y de la existencia. Es un símbolo del vivir del hombre a lo largo del tiempo y de su búsqueda. Por él transcurre el hombre bajo el símbolo del caminante o viajero. Se establece un paralelismo entre el caminante y el marinero. El primero transita los caminos (la existencia, la vida), el segundo se aventura en el mar (la muerte, la existencia trascendente, Dios, la eternidad).
-         Los árboles: en el poema de Las encinas Machado desvela las significaciones connotativas que portan los árboles y en las que podemos distinguir tres. La encina simboliza la esencia de Castilla, sobre todo en tiempo presente. El roble representa la fuerza, el vigor de Castilla, y se refiere especialmente a la tradición y al pasado. El álamo es el árbol de la vida (suele ubicarse en los lados del camino o del río), de la esperanza (pintado de dorado o verde) y del amor. Alude también al paso del tiempo.
-         Las flores y la hierba aportan una nota de color y de alegría en el paisaje. Connotan por tanto esperanza, regeneración, el resurgir de la vida en consonancia con el ciclo del tiempo.
-         El hacha y la hoz son portadoras de una significación negativa de muerte y destrucción.
-         El aire acostumbra a representar un soplo de lo espiritual, de lo trascendental. Que actúa sobre la materia terrenal confiriéndole vitalidad y eternidad. Mueve las hojas de los álamos y eleva o espiritualiza el polvo de los caminos elevándolo hacia el cielo. En él se intuye la parte espiritual, lo trascendente de la existencia.
-         El fuego es otro símbolo positivo de fuerza, vigor y riqueza. Es la energía latente de los fundamentos esenciales de Castilla o de la vida. Aparece en los hogares castellanos o bien en el ocaso, contrarrestando la idea de pobreza, decadencia o desesperanza.
-         El sueño: por medio de esta dimensión virtual, irracional o irreal, Machado intuye dentro de la realidad inmanente la esperanza de la trascendencia. En el sueño se reúnen los deseos imposibles, el reencuentro con Leonor, la confirmación de la eternidad o el contacto con Dios.
-         La abeja es símbolo de riqueza y de ilusión (está relacionado con el sueño) que espera lo difícil o lo imposible.
-         El sembrador es una figura que, con las connotaciones sociales (simpatía ideológica de Machado por las clases populares) comporta otras filosóficas. En las duras condiciones de la existencia (simbolizadas en la pobreza y en el trabajo) se “siembra” potencialmente la “semilla” de la “riqueza” futura (es decir, la esperanza de una vida tras la vida-trascendencia conforme al dinamismo cíclico de Machado).
            Por otra parte habría que señalar algunas formas y palabras tal como aparecen en la obra de Machado:
-         La metáfora es una especie de rodeo por el que evitamos el nombre directo de las cosas. Por ejemplo, Antonio Machado llama a la luna Panal de luz/ que labran blancas abejas: las estrellas. Aunque nuestro poeta utiliza este recurso parcamente, solo cuando carece del nombre apropiado para expresar una intuición y no como elemento ornamental. Las metáforas que construye subrayan lo individual del objeto, no lo genérico. Así con las metáforas identifica los ríos de España. El Duero es “una curva de ballesta en torno a Soria”. Del Guadalquivir a su paso por Baeza dijo que “como un alfanje roto/ y disperso, reluce y espejea”. Del Ebro, despeñado de monte a mar dijo que era “la rúbrica de España”. Cuando halla las metáforas precisas, Machado las repite, introduciendo a veces pequeñas variantes.
-         Los adjetivos, muy abundantes en Machado, son individualizadotes, subrayan la nota distintiva del objeto. Rara vez son definidores, porque con los primeros el poeta subjetiva el paisaje, lo convierte en paisaje del alma, como ocurre en “frutos risueños”, “limoneros lánguidos” o “tierra amarga”. De las tierras de Castilla dice que son “tan tristes que tienen alma”. A veces para que estas visiones temporales no queden sueltas, las enmarca con imágenes genéricas, sobre todo en Campos de Castilla, donde hay “rebaños trashumantes”, “pardas encinas”, “lentos bueyes”, “espesos bosques” y “cigarras cantoras”. Hay que tener en cuenta aquí la importantísima dimensión simbólica de la adjetivación y de algunos complementos nominales. Los adjetivos precisan la connotación simbólica de los sustantivos. Una tarde “dorada, azul, de fuego” no es lo mismo que una tarde “gris, mustia, parda”. Los colores azules, verdes dorados, verdes, rojos… serán colores vivos con una connotación positiva. Los grises, cenicientos, pardos, plateados o plomizos representarán una connotación “neutra”, de sobriedad, pobreza, humildad, vinculada especialmente a la esencia de Castilla o de la existencia. Los colores violeta, cárdeno, tornasol o rosado implicarán nostalgia y melancolía. Los colores oscuros, el negro, serán negativos. A veces con la técnica del claroscuro, del blanco/negro, Machado combinará simultáneamente las ideas de pobreza/riqueza, desilusión/esperanza o muerte/vida.
-         Los demostrativos son muy útiles para Machado, ya que individualizan los objetos. Así, cuando el poeta dice “esta luz de Sevilla” o “el olmo aquel del Duero” se refiere a la luz que vivió en un momento de su vida o a ese olmo determinado que dio lugar a todo un poema. Son visiones temporales.
-         El verbo lo usa con mucha frecuencia por ser la parte de la oración que mejor expresa el tiempo. Entre los tiempos verbales prefiere el imperfecto de indicativo, cuyas terminaciones –ía y –aba usa como rima en muchos romances.
-         Los adverbios son también elementos muy adecuados para dar temporalidad al verso. Por los adverbios sitúa las cosas en el tiempo o señala las transformaciones sufridas por estas en el transcurso del tiempo. Los adverbios ayer/hoy marcan ese ritmo pendular del pasado al presente y a la inversa. Pero no solo le sirve para contrastar el ayer con el hoy, sino también para señalar la presencia del pasado con el presente como un todavía que se proyecta en el futuro (“hoy es siempre todavía”, fundiendo el pasado con el presente y proyectándolo en el futuro). El adverbio “ya” es seguramente el más empleado, porque le sirve para expresar un pasado que lentamente se hace presente, o para manifestar la realización inmediata de un acontecimiento.
-         Machado define la rima como “el encuentro de un sonido con el recuerdo de otro”, lo que produce una emoción temporal. Las palabras rimadas deben espaciarse con inteligencia, ya que si están muy cerca resulta una rima pesada por lo insistente, y si están muy lejos el recuerdo se ha extinguido cuando la sensación se repite y entonces la rima es un artificio superfluo. Machado prefiere la rima asonante a la consonante, hasta le punto de que la asonancia es una de las características más sobresalientes de su poesía.
-         En cuanto a las estrofas, además de todas las combinaciones libres, Machado usó todas las tradicionales (seguidillas, soleares, coplas y, sobre todo, el romance). Sobre todo utilizará para el romance los versos octosílabos, pero también usará endecasílabos (romance heroico), heptasílabos (romance endecha), hexasílabos (romancillo) e incluso alejandrinos. El romance, por su asonancia alterna, era para Machado un fiel reflejo de lo temporal, pero tenía dos peligros: la monotonía debida a su uniformidad y el exceso, debido a su número ilimitado de versos. El primer defecto lo supera usando el encabalgamiento y el pie quebrado, el segundo haciendo romances muy cortos, exceptuando el romance de Alvargonzález. La estrofa más usada por Machado es la silva romanceada o silva romance, que es para el poeta una combinación caprichosa e ilimitada de versos de 7 y 11 sílabas con rima asonante única en los versos pares. Consideró la silva romance como una estrofa perfecta, ya que participaba de la alternancia del romance (rima balanceada) y no se hace monótona al oscilar entre la brevedad equilibrada del heptasílabo y la elegancia contenida del endecasílabo.

-         En el vocabulario que corresponde a realidades físicas de Castilla, referentes al relieve, la fauna y flora y la vida rural, podemos destacar las palabras cargadas de sabor tradicional y terruñero (cambrones, por ejemplo) y que gustaban tanto a otros autores como Unamuno o Azorín.

miércoles, 12 de octubre de 2016

El hidalgo castellano en “Castilla” de Azorín





            En casi todos los artículos que conforman la obra Castilla aparece un personaje con unas características físicas y psicológicas muy destacadas. En unos casos es un personaje literario, en otras una invención del autor. Y en todos los casos podríamos decir que se trata de Azorín “disfrazado”.
            En Castilla, como en otras obras del 98, el autor trata de desvelar lo auténticamente español (lo castizo) a través del paisaje, la historia y la literatura. Históricamente, un hidalgo pertenecía a la baja nobleza y gozaba, por tanto, de una serie de privilegios que lo distanciaban del pueblo llano. Pero también, en la mayoría de los casos, su “sangre azul” le traía más perjuicio que beneficio, pues estaba sometido a un código de comportamiento que no solía corresponderse con su situación económica. Estos hidalgos que pueblan las obras de los Siglos de Oro (los más célebres son el tercer amo de Lázaro de Tormes y Alonso Quijano, el inmortal don Quijote) representan los tópicos más puros de ese espíritu español que busca Azorín:
-         El afán de aparentar lo que no se es, con la connotación de hipocresía: el amo de Lázaro ruega a este que, cuando mendigue, nadie sepa que está a su servicio.
-         La penuria económica: un noble no podía trabajar con sus manos porque iba en contra de las leyes del honor. A lo más que se atrevía el mísero hidalgo del Lazarillo era a ser ayuda de cámara de otro noble de rango superior.
-         Una característica positiva que hace de estos hidalgos unos personajes entrañables es lo que de hecho llamamos “hidalguía”, su forma de tratar a los inferiores (ya sean criados o escuderos). Hablan con ellos, los respetan. En ningún caso estos criados son víctimas del maltrato físico o psicológico por parte de sus amos, comparten con ellos comida (cuando la hay) y conversación, y son ellos, los aparentemente más débiles, los que se encargan de proteger y alimentar al orgulloso señor sin herir en ningún momento este orgullo, aceptándolos y apiadándose de ellos.
            Todas estas características no se circunscriben a la literatura del Siglo de Oro, también las encontramos en los personajes de la novela realista de Galdós (como en Miau y Misericordia) y en toda la literatura española.
            Las características psicológicas apuntadas tienen su reflejo en el aspecto físico: la “hidalguía” en el porte majestuoso, en la forma de caminar, de vestir, de hablar… La miseria en el rostro demacrado, acentuado todo ello por los ropajes, habitualmente negros.
            No solo es este un personaje en literatura, también en pintura, arte que fascina a Azorín y que no duda en incluir en Castilla. Así, en Lo fatal, mediante un hermoso juego de ingenio, identifica al hidalgo del Lazarillo con el anónimo Caballero de la mano en el pecho del Greco.


También aparece otro pintor del Siglo de Oro y su obra más conocida, Velázquez y Las Meninas. La puerta de cuarterones que hay en el fondo del cuadro se hace real en la casa imaginaria de Calisto y Melibea; el cuadro completo decora el estudio del erudito ciego de La casa cerrada.


En Lo fatal encontramos al hidalgo por antonomasia. De él dice el propio Azorín en otro artículo que es “el representante del espíritu español más puro”. La primera parte del artículo nos presenta a los personajes y el espacio que conocemos sobradamente: Lázaro, el hidalgo y la casa que ambos comparten en Toledo. Con unos pocos trazos el autor nos da todos los detalles, tanto físicos como psicológicos de los personajes. Lo que sigue es recreación de Azorín. Nos traslada a Valladolid. El hidalgo ha prosperado. Tiene todo, excepto salud. Su insomnio lo relaciona con otro personaje literario, el caballero presa de la angustia que percibimos en un soneto de Góngora. Una característica que comparten muchos de los personajes incluidos en Castilla es “la vuelta”, el retorno a los orígenes (La casa cerrada, Una flauta en la noche, La fragancia del vaso, Cerrera, Cerrera). También nuestro hidalgo regresa a Toledo. Quiere saber qué ha sido de su antiguo criado. Han pasado dieciocho años (los mismos que tiene la hija de Calisto y Melibea) y Azorín no nos dice nada de si la encuentra o no. El lector sabe que Lázaro está en Toledo y que, al igual que su antiguo amo, ya no sufre penurias económicas, pero también (como él) ha tenido que pagar un precio a cambio de la tranquilidad económica. Lázaro y el hidalgo son, pues, prototipos de la literatura española y universal, opuestos y complementarios.
Y si bien es en Lo fatal donde mejor definido aparece este “tipo” literario, siguen apareciendo “caballeros” en el resto de la obra.
En Cerrera, cerrera el protagonista es también un hidalgo del Siglo de Oro tomado por Azorín de una obra de Cervantes, el entremés La tía fingida. Una nueva característica es que este hidalgo solitario ha disfrutado de un matrimonio más o menos feliz en sus primeros años, pero en su madurez y vejez se ve abocado a la soledad y a la melancolía. Es asimismo un hombre contemplativo. También vive en una “vieja ciudad”, también abandona su pueblo natal, regresa a él y torna a abandonarlo. Es un destierro voluntario, si queremos, pero que lo identifica al latino Ovidio, a Garcilaso, al romano que conocimos en los antiguos baños de León. Al final del artículo otro dato nos acerca todavía más a esta idea: el hidalgo ha sido visto en Italia.

Como conclusión, reiteramos que este hidalgo castellano “representativo del espíritu español más puro”, con sus contradicciones, con su carácter complejo, es el propio Azorín, la representación literaria del hombre español, de su sufrimiento, de su decadencia, condenado a no encontrar el equilibrio en épocas convulsas, pero al mismo tiempo, de la búsqueda de soluciones, de la esperanza, a pesar de su inherente “dolorido sentir”.

domingo, 9 de octubre de 2016

De armas y letras




            La literatura y la milicia han mantenido a lo largo del tiempo una fructífera relación. Las armas son la acción y las letras, el pensamiento. Ambos oficios, el de la literatura y el de las armas, eran dignas de un caballero. Este tópico fue conocido anteriormente como sapientia et fortitudo (sabiduría y valor).
A partir del Renacimiento, se armonizó la idea del poeta-soldado. Uno de los puntos de arranque del tema que tratamos y un momento de inflexión (recordemos que en la Edad Media encontramos representantes de este tópico) fue El Cortesano (1528) de Castiglione, traducido al español por Boscán en 1534. En el capítulo IX (que lleva como subtítulo Cómo al perfecto cortesano le conviene ser ornado y ataviado en el ánima como en el cuerpo, y qué ornato debe ser este), Castiglione asegura que las letras dan la inmortalidad como testimonio y fuente de conocimiento. El cortesano debía conocer el latín y el griego, leer poesía y oratoria y practicar la escritura, aunque no se le diera bien.
De la concepción del saber como deleite, se pasó a tener muy en cuenta este aspecto en la formación de un caballero.
            Antes de hacer un repaso de autores de la literatura en español que caben en este tópico, podríamos recordar dos fragmentos donde es posible hallar esta lucha del ser humano entre su pensamiento (las letras) y su capacidad de acción (las armas). El primero de ellos es un soliloquio de Hamlet, el personaje de Shakespeare que reflexiona sobre el conflicto entre mantenerse pasivo frente a una situación que le afecta y el inicio de acciones que solucionen su problema:
Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes; y así los primitivos matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas, de mayores alientos e importancia, por esta consideración, tuercen su curso y dejan de tener nombre de acción.
            El segundo fragmento pertenece a El ingenioso Hidalgo don Quijote de La Mancha de Cervantes:
 “… rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama”.
            Entre los autores que cumplían esta doble condición de soldado y escritor podemos mencionar a don Juan Manuel, el Marqués de Santillana, Jorge Manrique, Alvar Núñez de Vaca, Bernal Díaz del Castillo, Garcilaso de la Vega, Alonso de Ercilla, Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, José Cadalso, el Duque de Rivas, Rafael García Serrano y Miguel Hernández.
            Don Juan Manuel (1282-1348) vivió en una época agitada, en la que se sucedían las disputas políticas entre Castilla y Aragón, al tiempo que avanzaba la Reconquista. El autor se vio implicado en disputas de alto nivel. Su periodo más guerrero se produce a partir de 1327, cuando su padre se declara en rebeldía contra el rey Alfonso XI. Don Juan Manuel acabará ayudando al rey en la Batalla de Salado de 1340 y en el sitio de Algeciras de 1344. Desde entonces hasta su muerte se dedica plenamente a la literatura.
            La obra más importante de don Juan Manuel es El Conde Lucanor, de 1335, en el que resulta muy interesante el prólogo general del autor:
Este libro hizo don Juan, hijo del muy noble infante don Manuel, deseando que los hombres hiciesen en este mundo tales obras que les fuesen aprovechamiento de las honras y de las haciendas y de sus estados, y fuesen más allegados a la carrera en la cual pudiesen salvar las almas. Y puso en él los ejemplos más provechosos que él supo de las cosas que acaecieron, para que los hombres puedan hacer esto que dicho es. Y será maravilla si de cualquier cosa que acaezca a cualquier hombre no se halla en este libro su semejanza en lo que acaeció a otro.
[…] Y los libros que él hizo son éstos, los cuales él ha hecho hasta aquí: La crónica abreviada, El libro de los sabios, El libro de la caballería, El libro del infante, El libro del caballero y del escudero, El libro del conde, El libro de la caza, El libro de las máquinas de guerra, El libro de los cantares. Y estos libros están en el monasterio de los frailes predicadores, que él hizo en PeñafielPero, una vez que hayan visto los libros que él hizo, por las menguas que en ellos hallen, no echen la culpa a la su intención, sino échenla a la mengua de su entendimiento, por la cual se atrevió a entremeterse a hablar de tales cosas. Pero Dios sabe que lo hizo con la intención de que se aprovechasen de lo que él diría a las gentes que no fuesen muy letradas ni muy sabedoras. Y por ende hizo todos los sus elogios en romance; y esto es señal cierta de que los hizo para los legos y de no muy gran saber.
[…] Por ende, yo, don Juan, hijo del infante don Manuel, adelantado mayor de la frontera y del reino de Murcia, hice este libro compuesto con las más hermosas palabras que yo pude, y entre las palabras metí algunos ejemplos de que se podrían aprovechar los que los oigan. 
[…] Y pues el prólogo está acabado, de aquí adelante comenzaré la materia del libro, a manera de un gran señor que hablaba con su consejero. Y decían al señor, conde Lucanor, y al consejero, Patronio.

            El Marqués de Santillana (1398-1458) fue un hombre influyente en la política del siglo XV. España vivía entonces inmersa en la lucha de tres reinos: Navarra, Castilla y Aragón. Fiel al rey Juan II, consiguió su título tras la primera batalla de Olmedo de 1445. Participó también en el sitio de Torija, en la invasión de Aragón y en la conquista de Huelma. Su pasión por las letras le llevó a reunir una notable biblioteca y a escribir una extensa obra poética, centrada en serranillas, dezires y canciones.
Santillana, desde el reino de Castilla, cantó la derrota en Ponza frente a los genoveses de Alfonso V de Aragón como un golpe justo de fortuna ante los que consideraba peligros de la expansión aragonesa:
«Ca d'otra menra los unos serían
 monarcas del mundo e grandes señores,
 e otros languiendo de fambre morrían»

A partir de la toma definitiva de Nápoles en 1443, se lamentaría el Marqués de Santillana en un soneto de que las hazañas del rey no hubieran sido debidamente cantadas por cronistas ni poetas:
Calla la pluma e luce la espada
en vuestra mano, rey muy virtüoso;
vuestra excelencia non es memorada
e Calíope fuelga e ha reposo.
Yo plango e lloro non ser comendada
vuestra eminencia e nombre famoso,
e redarguyo la mente pesada
de los vivientes, non poco enojoso;
porque non cantan los vuestros loores
e fortaleza de memoria digna,
a quien se humilian los grandes señores,
a quien la Italia soberbia se inclina.
Dejen el carro los emperadores
a la vuestra virtud cuasi divina.

            Jorge Manrique (1440-1479) es un ejemplo claro de soldado y poeta. Tres hechos marcan la historia durante esta época: el final de la guerra de los cien años, el inicio de la guerra de las dos rosas en Inglaterra y la caída de Constantinopla en 1453. El matrimonio de los Reyes Católicos se produce en 1475. Jorge Manrique luchó al servicio de la reina Isabel, también al de su padre, al que dedicó las Coplas.

El vivir que es perdurable
no se gana con estados
mundanales,
ni con vida deleitable
en que moran los pecados
infernales;
mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
y con lloros;
los caballeros famosos,
con trabajos y aflicciones
contra moros.

Y pues vos, claro varón,
tanta sangre derramasteis
de paganos,
esperad el galardón
que en este mundo ganasteis
por las manos;
y con esta confianza
y con la fe tan entera
que tenéis,
partid con buena esperanza,
que esta otra vida tercera
ganaréis."

No tengamos tiempo ya
en esta vida mezquina
por tal modo,
que mi voluntad está
conforme con la divina
para todo;
y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera
es locura.

            Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1507-1559) fue descubridor y defensor de los indígenas de América. Era también escritor y nos acercó a su obra a través de sus Naufragios y comentarios. Tras ser esclavo de los seminolas y los sioux, fue tenido por chamán por pueblos de Nuevo México.
[…] bien pensé que mis obras y servicios fueran tan claros y magnificentes como fueron los de mis antepasados y que no tuviera yo necesidad de hablar para ser contado entre los que con entera fe y gran cuidado administran y tratan los cargos de vuestra majestad y les hace merced.
 Habla de muchas y muy extrañas tierras que anduve perdido y en cueros/ pudiese saber y ver ansí en el sitio de las tierras y provincias y distancias de ellas/  cómo en los mantenimientos y animales que en ellas se crían/ y las diversas costumbres de muchas y muy bárbaras naciones...
           
            Bernal Díaz del Castillo (nacido entre 1492 y 1498 y muerto en 1584) se unió a la expedición de Hernán Cortés como soldado y fue el cronista del hecho en Historia verdadera de la conquista de Nueva España (cuya redacción comenzó treinta años después de los hechos narrados). La importancia de esta obra radica en la trascendencia de lo que allí ocurría, así como en el escenario en el que se encontraban, dado la cercanía del autor con lo que narraba. En ella además encontramos un retrato directo de cada personaje (Cortés, Moctezuma, Cuautemoc, etc.), así como descripciones de elementos como el gigantesco Popocatepetl, en cuyo cráter entraron para conseguir azufre:
            “Y todavía Diego de Ordaz con sus dos compañeros fue su camino hasta llegar arriba y los indios que iban en su compañía se le quedaron en lo bajo, que no se atrevieron a subir que comenzó el volcán a echar grandes llamaradas de fuego y piedras medio quemadas y livianas y mucha ceniza y temblaba toda aquella sierra y montaña adonde está el volcán y questuvieron quedos sin dar más paso adelante hasta que de ahí a una hora sintieron que había pasado aquella llamarada y no echaba tanta ceniza ni humo, y que subieron hasta la boca, que era redonda y que habría en el anchor un cuarto de legua y que desde allí parescía la gran ciudad de México y toda la laguna y todos los pueblos questan en ella poblados…” (Capítulo LXXXVIII). 

            Garcilaso de la Vega (1501-1536) estuvo al servicio de Carlos I y luchó en la guerra de las Comunidades. Es la época de la expansión del imperio. Murió tras ser herido en el asalto de una fortaleza en Le Muy y dejó como legado su producción de églogas, elegías, canciones, epístolas y sonetos. Además influyó de manera notable en poetas posteriores.
"Si de mi baja lira
tanto pudiese el son, que en un momento
aplacase la ira
del animoso viento,
y la furia del mar y el movimiento;
y en ásperas montañas
con el suave canto enterneciese
las fieras alimañas,
los árboles moviese
y al son confusamente los trajese;
no pienses que cantado
sería de mí, hermosa flor de Gnido,
el fiero Marte airado,
a muerte convertido,
de polvo y sangre y de sudor teñido;
ni aquellos capitanes
en las sublimes ruedas colocados,
por quien los alemanes,
el fiero cuello atados,
y los franceses van domesticados.
Mas solamente aquella
fuerza de tu beldad sería cantada,
y alguna vez con ella
también sería notada
el aspereza de que estás armada"...

            Alonso de Ercilla (1533-1594) viajó por Italia, Flandes e Inglaterra con Felipe II. Se embarcó hacia América en 1555 y allí los araucanos inspiran su obra cumbre, el poema épico de 37 cantos titulado La Araucana.
Chile, fértil provincia y señalada
en la región Antártica famosa,
de remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa;
la gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometida.

Es Chile norte sur de gran longura,
costa del nuevo mar, del Sur llamado;
tendrá del este a oeste de angostura
cien millas, por lo más ancho tomado;
bajo del polo Antártico en altura
de veinte y siete grados, prolongado
hasta do el mar océano y chileno
mezclan sus aguas por angosto seno.

Y estos dos anchos mares, que pretenden,
pasando de sus términos, juntarse,
baten las rocas y sus olas tienden,
mas es les impedido al allegarse;
por esta parte al fin la tierra hienden
y pueden por aquí comunicarse:
Magallanes, señor, fue el primer hombre
que, abriendo este camino, le dio nombre.

            Miguel de Cervantes (1547-1616) es uno de los más importantes escritores de la historia de la literatura. El 7 de octubre de 1571 participó en la batalla de Lepanto, “la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros”, según sus propias palabras. Era integrante de la armada Cristiana liderada por don Juan de Austria. Recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda. Se dedicó a la literatura a partir de 1585, tras regresar a España, fecha en que se publica La Galatea.
            En la primera parte del Quijote, en el capítulo XXXVIII aparece el discurso de las armas y las letras que pronuncia el personaje:
—Pues comenzamos en el estudiante por la pobreza y sus partes, veamos si es más rico el soldado, y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene o tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia. Y a veces suele ser su desnudez tanta, que un coleto acuchillado le sirve de gala y de camisa, y en la mitad del invierno se suele reparar de las inclemencias del cielo, estando en la campaña rasa, con solo el aliento de su boca, que, como sale de lugar vacío, tengo por averiguado que debe de salir frío, contra toda naturaleza. Pues esperad que espere que llegue la noche para restaurarse de todas estas incomodidades en la cama que le aguarda, la cual, si no es por su culpa, jamás pecará de estrecha: que bien puede medir en la tierra los pies que quisiere y revolverse en ella a su sabor, sin temor que se le encojan las sábanas. Lléguese, pues, a todo esto, el día y la hora de recebir el grado de su ejercicio: lléguese un día de batalla, que allí le pondrán la borla en la cabeza, hecha de hilas, para curarle algún balazo que quizá le habrá pasado las sienes o le dejará estropeado de brazo o pierna. Y cuando esto no suceda, sino que el cielo piadoso le guarde y conserve sano y vivo, podrá ser que se quede en la mesma pobreza que antes estaba y que sea menester que suceda uno y otro rencuentro, una y otra batalla, y que de todas salga vencedor, para medrar en algo; pero estos milagros vense raras veces. Pero, decidme, señores, si habéis mirado en ello: ¿cuán menos son los premiados por la guerra que los que han perecido en ella? Sin duda habéis de responder que no tienen comparación ni se pueden reducir a cuenta los muertos, y que se podrán contar los premiados vivos con tres letras de guarismo. Todo esto es al revés en los letrados, porque de faldas (que no quiero decir de mangas) todos tienen en qué entretenerse. Así que, aunque es mayor el trabajo del soldado, es mucho menor el premio. Pero a esto se puede responder que es más fácil premiar a dos mil letrados que a treinta mil soldados, porque a aquellos se premian con darles oficios que por fuerza se han de dar a los de su profesión, y a estos no se pueden premiar sino con la mesma hacienda del señor a quien sirven, y esta imposibilidad fortifica más la razón que tengo. Pero dejemos esto aparte, que es laberinto de muy dificultosa salida, sino volvamos a la preeminencia de las armas contra las letras, materia que hasta ahora está por averiguar, según son las razones que cada una de su parte alega. Y, entre las que he dicho, dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas, y que las leyes caen debajo de lo que son letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades, se aseguran los caminos, se despejan los mares de cosarios, y, finalmente, si por ellas no fuese, las repúblicas, los reinos, las monarquías, las ciudades, los caminos de mar y tierra estarían sujetos al rigor y a la confusión que trae consigo la guerra el tiempo que dura y tiene licencia de usar de sus previlegios y de sus fuerzas. Y es razón averiguada que aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más. Alcanzar alguno a ser eminente en letras le cuesta tiempo, vigilias, hambre, desnudez, váguidos de cabeza, indigestiones de estómago y otras cosas a éstas adherentes, que en parte ya las tengo referidas; mas llegar uno por sus términos a ser buen soldado le cuesta todo lo que a el estudiante, en tanto mayor grado, que no tiene comparación, porque a cada paso está a pique de perder la vida. Y ¿qué temor de necesidad y pobreza puede llegar ni fatigar al estudiante, que llegue al que tiene un soldado que, hallándose cercado en alguna fuerza y estando de posta o guarda en algún revellín o caballero, siente que los enemigos están minando hacia la parte donde él está, y no puede apartarse de allí por ningún caso, ni huir el peligro que de tan cerca le amenaza? Solo lo que puede hacer es dar noticia a su capitán de lo que pasa, para que lo remedie con alguna contramina, y él estarse quedo, temiendo y esperando cuándo improvisamente ha de subir a las nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad. Y si este parece pequeño peligro, veamos si le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas no le queda al soldado más espacio del que concede dos pies de tabla del espolón; y con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuantos cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar: que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mesmo lugar; y si este también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede, sin dar tiempo al tiempo de sus muertes: valentía y atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra. Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala (disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina) y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.

Podríamos recordar algunas obras que influyeron en el discurso sobre las armas y las letras del Quijote, como la Silva de varia lección, de Pedro de Mexía (1540) o el Elogio de la locura de Erasmo de Rotterdam (1511).

Lope de Vega (1562-1635) fue militar, aunque tuvo escasa fortuna en esa carrera. Se alistó en la expedición de la conquista de la isla Terceira de las Azores en 1583 y estuvo en el galeón San Juan de la Armada Invencible. La época en que vivió Lope se caracteriza por el esplendor literario, pero también por la decadencia política y el fin de la supremacía española con la derrota de la Armada Invencible.
En la Dragontea, en el Canto II, Lope describe la vertiginosa actividad en el puerto inglés antes de la partida de Drake:
Húndese el puerto de contento y grita:
éste calafatea, aquél enjarcia,
cuál lastra, carga, sube, pone y quita
la vela nueva o la defensa marcia.
Éste el bizcocho, el agua solicita,
repara el árbol o la rota jarcia;
aquél, salada carne guarda en partes,
para el viernes mejor que para el martes.

Lope emplea repeticiones anafóricas en un escenario bélico:
A cuál derriba el brazo, a cuál la pierna
el valiente Quiñones encendido;
a cuál envía a la prisión eterna
de una punta de puño el pecho herido;
a cuál que sube arroja y desgobierna
casi a los brazos cuerpo a cuerpo asido
.

En su poesía, Lope recuerda la riqueza de acciones heroicas de las armas del reino:
¡Oh patria, cuántos hechos, cuántos nombres,
cuántos sucesos y victorias grandes,
cuántos ilustres y temidos hombres
de mar y tierra, en Indias, Francia y Flandes.

            Pedro Calderón de la Barca (1601-1681) fue soldado en su juventud y sacerdote en la vejez. Se alistó bajo las banderas del duque de Alba y estuvo en Flandes y en Italia. En España participó en Fuenterrabía y en la Guerra de Cataluña. A partir de 1642 se retiró como militar y cultivó más su vida literaria. De 1650 son los versos que siguen:
Este ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que él adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira como procede.
Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.
Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.
Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo cómo ha de ser
es ni pedir ni rehusar.
Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

            El escritor ilustrado y militar José Cadalso (1741-1782) vivió en la época del Despotismo Ilustrado, con la centralización del poder. Afín a las reformas de los ilustrados, vivió el Motín de Esquilache, donde salvó la vida al conde de O’Reilly. Sus dos obras clave son Cartas Marruecas y Noches lúgubres. A continuación recogemos un fragmento de la carta XXVIII, de Ben Beley a Gazel, donde trata del cultivo de las armas y las letras:
He leído muchas veces la relación que me haces de esas especies de locura que llaman deseo de la fama póstuma. Veo lo que me dices del exceso de amor pro­pio, de donde nace esa necedad de querer un hombre sobrevivirse a sí mismo. Creo, como tú, que la fama póstuma de nada sirve al muerto, pero puede servir a los vivos con el estímulo del ejemplo que deja el que ha fallecido.  Tal vez éste es el motivo del aplauso que logra.
En este supuesto, ninguna fama postuma es apreciable sino la que deja el hombre de bien. Que un guerrero transmita a la posteridad la fama de conquistador, con monumentos de ciudades  asaltadas, naves incendiadas, campos desbaratados, provincias despobladas, ¿qué ven­tajas producirá su nombre? Los siglos venideros sabrán que hubo un hombre que destruyó medio millón de hermanos suyos;  nada más.  Si  algo más  se produce de esta inhumana noticia, será tal vez enardecer el tierno pecho de algún joven príncipe; llenarle la cabeza de am­bición y el corazón de dureza; hacerle dejar el gobierno de su pueblo y descuidar la administración de la justicia para ponerse a la cabeza de cien mil hombres que espar­zan el terror y llanto por todas las provincias vecinas. Que un sabio sea nombrado con veneración por muchos siglos, con motivo de algún descubrimiento nuevo en las que se llaman ciencias, ¿qué fruto sacarán los hom­bres? Dar motivo de risa a otros sabios posteriores, que demostrarán ser engaño lo que el primero dio por punto evidente; nada más. Si algo más sale de aquí, es que los hombres se envanezcan de lo poco que saben, sin considerar lo mucho que ignoran.  
La fama póstuma del justo y bueno tiene otro mayor y mejor influjo en los corazones de los hombres, y puede causar superiores efectos en el género humano. Si nos hubiésemos aplicado a cultivar la virtud tanto como las armas y las letras, y si en lugar de las historias de los guerreros y los literatos se hubiesen escrito con exactitud las vidas de los hombres buenos, tal obra, ¡cuánto más provechosa sería! Los niños en las escuelas, los jue­ces en los tribunales, los reyes en los palacios, los pa­dres de familia en el centro de ellas, leyendo pocas hojas de semejante libro, aumentarían su propia bondad y la ajena, y con la misma mano desarraigarían la propia y la ajena maldad.

            Ángel Saavedra, el Duque de Rivas (1791-1865) fue soldado y poeta a la vez. Participó en la Guerra de la Independencia. Herido en Ocaña, escribió mientras se recuperaba un romance:
Con once heridas mortales,
hecha pedazos la espada,
el caballero sin aliento
y perdida la batalla,
manchado de sangre y polvo,
en noche oscura y nublada,
en Ontígola vencido
y deshecha mi esperanza,
casi en brazos de la muerte
el laso potro aguijaba
sobre cadáveres yertos
y armaduras destrozadas.

Y por una oculta senda
que el Cielo me depara,
entre sustos y congojas
llegar logré a Villacañas.

La hermosísima Filena,
de mi desastre apiadada,
me ofreció su hogar, su lecho
y consuelo a mis desgracias.

Registróme las heridas,
y con manos delicadas
me limpió el polvo y la sangre
que en negro raudal manaban.

Curábame las heridas,
y mayores me las daba;
curábame el cuerpo,
me las causaba en el alma.

Yo, no pudiendo sufrir
el fuego en que me abrazaba,
díjele; "Hermosa Filena,
basta de curarme, basta.

Más crueles son tus ojos
que las polonesas lanzas:
ellas hirieron mi cuerpo
y ellos el alma me abrasan.

Tuve contra Marte aliento
en las sangrientas batallas,
y contra el rapaz Cupido
el aliento ahora me falta.

Deja esa cura, Filena;
déjala, que más me agrabas;
deja la cura del cuerpo,
atiende a curarme el alma".

            Entre otros cargos, fue director de la Real Academia.

            Ya en el siglo XX encontramos autores como Rafael García Serrano (1917-1988), perteneciente a la generación literaria falangista. Su vida estuvo marcada por la guerra civil española. Su prosa se caracteriza por la búsqueda de un tono épico y el intento de teñirla de cierto humanismo.
«Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición».

Destaca sin duda en el siglo XX y a propósito de este tópico de armas y de letras la figura de Miguel Hernández (1910-1942). Durante la guerra civil española tomó partido por la República y estuvo como voluntario en el 5º Regimiento. Fue principalmente poeta, pero no hay que olvidar que realizó algunos textos en prosa, como El gorrión y el prisionero, cuento que quedó inconcluso:
- ¿Cómo se atreves a llegar hasta aquí, gorrión loco?
- Pío, pío, pío.
- ¿No te da miedo la prisión, no temes la mano del hombre, gorrión feliz?
- Pío, pío, pío.
- ¿No te has visto en la jaula jamás, gorrión sin pensamiento? Viéndote así, tan jovial, tan ligero, tan pequeño, me acuerdo de mi hijo.
- Pío, pío, pío.
- Oye, si sabes oír - continuó el preso -. Al cabo de un día y una noche me voy a morir. Me matarán. Dicen que soy una mala persona y que es preciso que muera. No sé qué habré hecho. Ni en sueños ni despierto me acuerdo de haber sembrado ni cosechado el mal. Sólo una mujer pudiera salvarme, pero su casa está lejos de aquí, en la región más soleada de estas tierras. Y habría de recorrerse mucha distancia y mucho pío para llegar hasta ella. Si tú pudieras llegar... Pero sólo hay un día y una noche de tiempo... Mañana no viviré... Lo siento por mi hijo ¡Quién tuviera tus alas, gorrión loco!
- Pío, pío, pío - repetía Pío-Pa -. Y entró de un salto en la celda y se posó sobre el hombre del preso. Adivinó el hombre con asombro que el ave le comprendía, y no se hubiera asombrado si supiera que un gorrión rodado sabe más que una rata de cárcel. Se proveyó al instante de lápiz y papel, que tenía consigo, y escribió de prisa unas cortas letras. En seguida buscó algo con que atar el papel, y hubo de desgarrar la tela de su camisa, y con un girón de la misma anudó el papel al cuello de Pío-Pa, que no cesaba de insistir en su pío, pío, pío.
- Adiós, gorrión loco. ¿Sabrás llegar hasta la mujer que [ilegible]? En la región más soleada de esta tierra, en una casa pintada de azul y blanco con una palmera y el mar a la puerta vive. ¿Llegarás hoy? ¿Volverás antes de mañana con mi salvación? Ya sabes que estoy destinado a morir cuando nazca el alba del nuevo día si no estás aquí a esa hora. Ya sabes.

            Aunque no debemos olvidar poemas como el siguiente:
Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo sostiene.

Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.

Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué comer,
y el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse:
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.

Aunque le faltan las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.

Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.


            Los autores mencionados son solo una muestra del tópico de las armas y las letras. Por supuesto podríamos recordar a otros como Pero López de Ayala, Hernando del Pulgar, Gutierre de cetina, Bernardino de Mendoza, Hernando de Acuña o Dionisio Ridruejo.

jueves, 6 de octubre de 2016

El endecasílabo


(A partir de Teoría de la Literatura de Aguiar e Silva)

            El endecasílabo es todo verso con terminación llana que cuenta con once sílabas.
            Bajo este nombre hay versos de muy distinta organización rítmica, que se han denominado por ejemplo “común”, “enfático” o “melódico”.
            El endecasílabo distingue dos grupos: a maiore y a minore. El fundamento de esto se encuentra en la cesura. Si tomamos por base la terminación llana en el primer hemistiquio, la cesura divide el endecasílabo en 7+4 sílabas (a maiore) o en 5+6 (a minore).
            La cesura es la cúspide rítmica en el interior del verso.
            En el grupo a maiore resulta que:
1)      La sexta sílaba tiene que llevar siempre un fuerte acento rítmico.
2)      Según la terminación del hemistiquio (el primero), la 6ª, 7ª u 8ª sílabas forman el límite de la palabra.
3)      A este final de palabra le sigue una pausa justificada por el curso sintáctico.
La pausa no necesita ser perceptible al oído, puesto que se sabe que la cesura admite sinalefa.
La pausa no puede separar las palabras muy unidas, como por ejemplo:

Mañana le abriremos / respondía.

            Condiciones análogas se dan en el grupo a minore, con la diferencia de que el acento decisivo en el interior del verso cae en la 4ª sílaba.

El uso normal del endecasílabo en la poesía polirrítmica

            Habrá que distinguir dos grupos, A y B.
1.- La característica de los tres tipos de endecasílabo que pertenecen al grupo A es el acento constitutivo en la 6ª sílaba y la cesura que le sigue, si se tiene en cuenta solo el acento decisivo de la 6ª sílaba. A este tipo de endecasílabo se le denomina común y propio real o italiano.
Según la posición del primer acento rítmico en la 1ª, 2ª o 3ª sílabas, se distinguen tres variantes:
            Tipo A1: acentos en la 1ª y 6ª sílabas (endecasílabo enfático).
            Tipo A2: acentos en la 2ª y 6ª sílabas.
            Tipo A3: acentos en la 3ª y 6ª sílabas (endecasílabo melódico).

            2.- La característica común en los endecasílabos del grupo B es el acento constitutivo en la 4ª sílaba y la cesura que le sigue.
            El tipo puro de este grupo solo existe desde un punto de vista prosódico. En el grupo B se distinguen tres tipos:
            Tipo B1: puede definirse como un acento constitutivo en la 4ª sílaba y átonas en la 5ª y 11ª sílabas. En español el acento tiene que caer en una de las cinco sílabas entre la 4ª y la 10ª, aunque por su combinación morfológica resulten átonas. El otro acento del verso no puede recaer en la 5ª y 7ª sílabas, y lo hace en la 6ª u 8ª.
            Tipo B2: Acentos en la 4ª y 8ª sílabas. Se denomina endecasílabo sáfico por su afinidad con la disposición acentual del verso sáfico. También se denomina endecasílabo yámbico porque los acentos constitutivos caen en las sílabas pares. Este tipo B2 ha desarrollado dos formas especiales:
1)      El endecasílabo sáfico en la estrofa sáfica. El sáfico debe acentuarse en la 4ª, 8ª y 10ª sílabas y además:
-         un acento sobre la 1ª sílaba,
-         que las sílabas 2ª y 3ª sean breves (átonas),
-         que también sean breves la 6ª, 7ª y 9ª sílabas,
-         que el primer hemistiquio termine en dicción grave (una palabra llana)
-         que no haya sinalefa en la cesura.
2)      El endecasílabo a la francesa:
-         Se le trata como verso compuesto con una fuerte cesura después de la 4ª sílaba. Esta es la tónica de una palabra aguda, y en el caso excepcional de que esta tónica no cuente en la medición de las sílabas del verso.
-         El acento obligatorio en la 8ª sílaba del tipo normal B2 cabe pasarlo también a la 6ª, pudiendo quedar átona la 8ª.
            Tipo B3: requiere acentos en la 4ª y 7ª sílabas. Hay que distinguir:
1)      La variante pura italiana del tipo B3 que tiene los acentos en la 4ª, 7ª y 10ª sílabas y que consta por tanto de tres pies. Se le denomina endecasílabo dáctilo y anapéstico.
2)      El tipo B3 gallego-portugués, con los acentos en la 1ª, 4ª, 7ª y 10ª sílabas de cuatro pies. Se denomina endecasílabo galaico-portugués, de gaita gallega, de arte mayor. El endecasílabo gallego antiguo fue empleado como tipo autónomo solo en la Balada laudatoria de Valle Inclán de Rubén Darío:
Del país del sueño, tinieblas, brillos,
donde crecen plantas, flores extrañas,
entre los escombros de los castillos,
junto a las laderas de las montañas;
donde los pastores en sus cabañas
rezan, cuando al fuego dormita el can,
y donde las sombras antiguas van
por cuevas de lobos y raposas,
ha traído cosas muy misteriosas
don Ramón María del Valle-Inclán.
Cosas misteriosas, trágicas, raras,
de cuentos oscuros de los antaños,
de amores terribles, crímenes, daños,
como entre vapores de solfataras,
caras sanguinarias, pálidas caras,
gritos ululantes de pena y afán,
infaustos hechizos, aves que van
bajo la amenaza del gerifalte,
dice en versos ricos de oro y esmalte
don Ramón María del Valle-Inclán.
Sus aprobaciones diera el gran Will,
y sus alabanzas el gran Miguel,
a quien ya nos cuenta cuentos de abril
o poemas llenos de sangre y hiel.
Para él la palma con el laurel
que en manos de España listas están,
pues mil nobles lenguas diciendo van
que han sido ganadas en buena lid
por el otro manco que hay en Madrid,
don Ramón María del Valle-Inclán.
Señor, que en Galicia tuviste cuna,
mis dos manos estas flores te dan,
amadas de Apolo y de la Luna,
cuya sacra influencia siempre nos una,
don Ramón María del Valle-Inclán.


Sobre la mutua relación en los distintos tipos

            Esta variedad de ritmos se reduce a la predilección patente de dos tipos: el sáfico (B2) y el heroico (A2). Al lado de estos, los demás tipos tienen menos importancia y solo la adquieren en determinadas formas poéticas.
            El endecasílabo español tiene un carácter rítmico más fijo que su modelo italiano.
            Al lado del tipo A2 los otros tipos del grupo A se encuentran casi solo como versos de combinaciones ocasionales de importancia limitada.


martes, 4 de octubre de 2016

La curiosa leyenda del conde de Gleichen



(Aportación de Fernando Pérez Cárceles)
El 19 de junio de 1827, según figura en la partitura autógrafa conservada en la Biblioteca Municipal de Viena, Franz Schubert comenzó la composición de la que sería su última ópera (ya había compuesto quince anteriormente, acabadas o incompletas). El libreto había sido escrito por el escritor Franz von Bauernfeld, gran amigo de Schubert. En julio del año anterior se lo había entregado al compositor austriaco, pero en octubre recibieron una respuesta que no esperaban, pues la censura impuesta por el régimen policial de Metternich prohibió la obra. No obstante, Schubert tomó la decisión de escribir la ópera. Así es que, a intervalos, nuestro compositor trabajó en ella durante los diecisiete meses que todavía vivió. Desgraciadamente la obra quedó sin acabar, de hecho no hay final. Esta obra fue publicada en 2006.
            El libreto recoge la leyenda del conde de Gleichen que, como es lógico, con el paso del tiempo se fue suavizando y embelleciendo. En síntesis es la siguiente:
            El conde de Gleichen participó en el siglo XIII en la Cruzada a Tierra Santa con el emperador Federico II. Fue hecho prisionero tras una batalla y, como el sultán supo de su noble rango, le encargó las tareas de jardinero y hortelano. Un día, la hija del sultán, Melechsala, lo conoció y en una cita secreta le comunicó su amor, así como su decisión de ayudarlo a escapar con la promesa de que se casarían. Pese a que él estaba casado, le dijo que sí. Escaparon hacia Venecia y de allí fueron a Roma, para exponerle el caso al Papa. Este dijo que era necesario que Melechsala se convirtiera al cristianismo, lo que ella aceptó. El propio Papa la bautizó con el nombre de Angelika y permitió la boda de ambos. Regresaron a su castillo de Gleichen en Wandersleben, en el Estado de Turingia y su esposa, agradecida a Angelika por haber liberado a su marido, aceptó el ménage à trois, así que el conde vivió feliz con sus dos mujeres.


(Regreso del conde de Gleichen. Pintado por Moritz von Schwindt en 1864)

En el cementerio de Erfurt se puede leer en una lápida sepulcral: “Aquí reposan los restos del conde Ernest de Gleichen y sus dos esposas. Descansen en paz”. Por lo tanto, hay una base para que se forjara la leyenda.


(Vitral de la iglesia de Sankt Viti en Wechmar, Turingia)
            Podemos destacar un hecho muy curioso. La leyenda fue esgrimida por el landgrave[1] de Hessen, Felipe I el Magnánimo, en un encuentro con Martín Lutero y Philipp Melancthon, pues aunque estaba casado con Cristina de Sajonia, quería desposarse morganáticamente con Margarita de Saade y solicitaba la aprobación para justificar la bigamia. Se le concedió, pues a fin de cuentas Felipe de Hessen era uno de los mayores defensores de la Reforma Luterana. Con la presencia de Melancthon, el 4 de marzo de 1540, Felipe de Hessen se casó con Margarita en Rotenburgo.
            Hay que añadir la descendencia, pues su primera esposa tuvo diez hijos, los tres últimos después de la segunda boda. Con Margarita tuvo nueve.  


[1] LANDGRAVE. Título nobiliario del Sacro Imperio Romano Germánico. Land-Graf significa “conde de un Land”. Dependía solamente del emperador y era igual que un príncipe, pues ejercía la soberanía total sobre todos los nobles y prelados de su territorio que podía ser muy extenso.