jueves, 12 de abril de 2012

La lírica de Quevedo




Quevedo: Clasificación de su obra poética.

            La distribución temática es casi la única posible. Siguiendo a Blecua, nos centraremos en cuatro apartados:
            -Poemas metafísicos, morales y religiosos.
            -Poemas de tema amoroso.
            -Poemas burlescos y satíricos.
            -Poemas de circunstancias.

             Poemas metafísicos, morales y religiosos.

            Un conjunto de textos quevedescos tienen como tema central la reflexión sobre el sentido de la existencia, la muerte y el paso del tiempo. El tema de la vida como muerte cruza toda la obra del autor y tiene su expresión más apretada y definitiva en estos versos. Significativo es el soneto Contiene una elegante enseñanza de que todo lo criado tiene su muerte de la enfermedad del tiempo. En su comentario de este texto, Cossío sostiene que existe aquí una serenidad y esperanza de raíz cristiana. Pero no encontramos en estos versos ni al sabio estoico ni al cristiano esperanzado. Estamos ante el hombre, con su carga cultural e ideológica, que contempla cómo “muere la vida”.
            En sus poemas morales, Quevedo labora por “desengañar” a los mortales, para que no caigan en el error de esperar la muerte como algo futuro, siendo un presente continuo desde la cuna a la sepultura. El poeta ve una continua advertencia en cuanto le rodea. Ése es el tema del soneto Miré los muros de la patria mía. El poema es un “desengaño” para el lector ingenuo, una demostración de que “todas las cosas avisan de la muerte”.
            El tema de la huida del tiempo está íntimamente ligado a la problemática anterior. En el soneto ¡Ah de la vida!... logra uno de sus mayores aciertos en la expresión vertiginosa de la existencia. Las impresiones más subrayadas son el abandono y la impotencia. Se encuentra ante la vida como ante un caserón abandonado en el que nadie acude, o como un militar que llama a la guardia que lo acompaña para percatarse de que está solo e impotente, de que las fuerzas en que confiaba (salud y edad) han huido, y lo único que queda de la vida son recuerdos y ruinas.
            La palabra poética está al servicio de la expresión del paso imparable del tiempo. En el soneto ¡Fue sueño ayer... se ha logrado abolir la atemporalidad abstracta del lenguaje y transmitir al lector la sucesión temporal que se da mientras se emite un enunciado: hoy pasa, y es, y fue con movimiento,.
            El poeta rectifica el tiempo verbal: lo que era presente al concebir la frase es ya pasado al fijarla en la estructura de la lengua. El tiempo aparece a menudo como un ladrón que saquea, huye y se esconde. Todo desaparece y cambia ante su paso arrollador. Esta impresión inspira el soneto Buscas en Roma..., en el que solo la corriente del Tíber permanece.
           
            En lo que atañe a los poemas morales, la primera obsesión del poeta es reducir las experiencias externas a su auténtica dimensión. Por este proceso reductor pasarán todas las realidades humanas y especialmente aquellos estados más favorecidos por la Fortuna. Algunos de estos poemas tienen ribetes existenciales. El más bello ejemplo es Verdugo fue el temor: el texto descubre la fragilidad del hombre. Toda una muchedumbre muere al precipitarse para escapar de algo que no existe.
            La obsesión del poeta en sus versos morales es evidenciar que en nuestro comportamiento diario nos movemos, luchamos y morimos por cosas que no existen. Tal es el caso del poder político, que Quevedo describe como un gran vacío relleno de los materiales más deleznables. De especial interés es Desconoces, Damocles... por subrayar el carácter íntimo de la soledad del poderoso que no halla interlocutor en sus cortesanos, pues todos repiten cuanto dice. El tema de la inconsistencia del poderío mundano aparece en la silva A los huesos de un rey que se hallaron en un sepulcro. El contraste entre el pasado esplendor y los restos presentes ofrece la lección moral de recogimiento que el poeta quiere transmitir.
            (Otras ambiciones no estrictamente políticas merecen también la censura de Quevedo: el ansia de riquezas, la usura, etc... Se ceba el poeta en los individuos que pretenden asociar a Dios a sus empresas injustas: Ciegas peticiones de los hombres a Dios, Para comprar los hados más propicios...)
            (La respuesta al mundo falso de las ambiciones en la búsqueda de la auténtica vida en el apartamiento. Por un lado, se huye de los peligros del poder. Por otro, se persigue la única vía para conseguir la paz: la renuncia.
            El tema de la renuncia y la conformidad con el destino es de los más importantes en el pensamiento moral de Quevedo.)
            (El tópico del Beatus Ille alcanza una afortunada expresión en el soneto Dichoso tú...).
            Algunos de los poemas morales están dedicados a la decadencia española. La advertencia más directa la tenemos en el soneto Un godo, que una cueva en la montaña... La otra composición político-moral es la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes en los castellanos.

            En lo que respecta a los poemas religiosos, el Heráclito cristiano es una breve colección de poemas que Quevedo escribió en 1613 en la Torre de Juan Abad y la dedicó a su tía, Margarita de Espinosa. El libro se compone de 28 salmos cuya temática oscila entre lo religioso y lo existencial. El poemario, subtitulado Lágrimas de un penitente es una reflexión sobre la propia existencia. 
            Los 28 salmos son un diálogo directo con la Divinidad y una contemplación desengañada de la existencia pasajera. Se abre con un soneto (Un nuevo corazón...) que refleja una honda ansia de regeneración y un amargo desencanto. El modelo es el verso de Garcilaso Cuando me paro a contemplar mi estado que Quevedo aplica a lo moral y divino.
            Lo más célebre de este libro son los sonetos Miré los muros de la patria mía, ¡Cómo de entre mis manos te resbalas! y Bien te veo correr, tiempo ligero.

             Poemas de tema amoroso.

            Quevedo era profundamente misógino. Su matrimonio con Esperanza de Mendoza resultó un fracaso y acabó en separación.
            De su poesía satírica en que ridiculiza el sentimiento amoroso y ofrece desengaños a ingenuos entusiastas, no cabe esperar un profundo poeta del amor. Pero Quevedo es un intenso poeta erótico. Blecua incluye 220 poemas en el apartado de los amorosos.
            (Estos poemas no parecen tener un destinatario inmediato. En parte, lo que el poeta reproduce son tópicos amatorios de la época, a los que dota de nueva expresividad. Por otro lado, surgen en ellos los temas que le preocupan hondamente).
            (La concepción amorosa de Quevedo parte de una tradición cultural. Green opina que los orígenes están en el amor cortés y la lírica de los trovadores. Pozuelo señala como fuentes más próximas el petrarquismo y el neoplatonismo. Quevedo parte de una forma de entender la lírica amorosa. El primer hito de esa corriente es Petrarca. Tras él, los petrarquistas italianos y españoles, en especial Garcilaso, Herrera y Lope. Quevedo revitalizará el lenguaje poético con la introducción de voces extrapoéticas, imágenes hiperbólicas, etc...).
            Lo que caracteriza el erotismo lírico de Quevedo es la violencia. Dámaso Alonso habla del “desgarrón afectivo” como imagen totalizadora de su poesía. En los poemas amorosos se adivina esa afectividad represada que salta violentamente en sus versos. Pozuelo señala el papel marginal de la amada en el petrarquismo y, particularmente, en Quevedo. La introspección psicológica convierte el objeto erótico en disculpa retórica del autoanálisis. Pero esa mera disculpa retórica tiene importancia en Quevedo por cuanto le permite expresar una parte de su personalidad que no cabe en una epístola o en un poema moral: la necesidad afectiva de la comunicación íntima.
            Como tributo a la vida cortesana y a la poesía de la época, Quevedo dedica muchos poemas a describirnos, con todas las galas del petrarquismo, las gracias de una muchacha o una breve escena cotidiana en la que interviene una dama. Entre estos versos galantes y aquellos en que la pasión amorosa se expresa con mayor autenticidad hay una gradación. Abundan los juegos conceptistas. En el soneto Ceniza en la frente de Aminta pone en relación el fuego metafórico de los ojos y los incendios de amor con la ceniza que ostenta la dama sobre la frente. El mismo género de juego conceptual y galante aparece en la silva A un bostezo de Filis.
            Dámaso Alonso apunta la transición desde el colorido alegre y luminoso de estos versos al más sombrío de los auténticamente amorosos, y destaca la gracia del soneto dedicado A una dama bizca y hermosa y los que cantan A una dama tuerta y A otra dama de igual hermosura.
            La galantería a veces roza una expresión erótica más intensa. Así, en el soneto Celebra a una dama.
            (Pozuelo señala que los poemas más sensuales esconden “un movimiento de desengaño al que no es ajena la existencia de una alusión a la Muerte”. El tema del Carpe diem presenta “un tono de acritud y venganza sobre las bellas tiranizadas por la edad”.)
            Entre los poemas amorosos, existen algunos que expresan con mayor intensidad la desazón a que conduce el sentimiento amoroso. Curiosamente, no contienen nombre, no cantan las bellezas de la amada y el epígrafe es Soneto amoroso. Los que más nos interesan son A fugitivas sombras y Dejad que a voces diga. En ellos el poeta se ha deshecho de los cánones del petrarquismo y emplea una expresividad iracunda y desmesurada.
            Los poemas dedicados a Lisi constituyen el último de los grandes cancioneros del petrarquismo. En él nos encontramos numerosos débitos no sólo a Petrarca, sino a toda la tradición que de él desciende. Dámaso Alonso señaló algunas de estas deudas. Obligados son los contrastes entre el amor (“fuego”) del poeta y el desdén (“hielo”, “nieve”) de la amada. La espiritualidad neoplatónica aparece con renovada fuerza en sonetos como Puedo estar apartado y Lisi, por duplicado. Añadamos que todo el Cancionero de Lisi, excepto un poema en redondillas, está escrito en endecasílabos y que la mayor parte de los poemas son sonetos, rasgo que lo entronca con la tradición petrarquista.
            Hay dos aspectos en este cancionero muy característicos de Quevedo:
            -La agudeza conceptista de los sonetos de ocasión
            -El tema del dolor y la muerte en confluencia con la experiencia amorosa.

            El más célebre y apasionado de los poemas eróticos de Quevedo, Amor constante más allá de la muerte, funde el tema del amor de ultratumba y el de la ceniza enamorada. El poema tiene una estructura perfecta, clásica. Dámaso Alonso ha dicho de este soneto que “es seguramente el mejor de Quevedo, probablemente el mejor de la Literatura española”.

             Poemas satíricos y burlescos.

            Quevedo dedica un buen número de textos a describirnos una visión de la existencia caracterizada por la aversión a las grandes empresas, el desprecio del lujo artificioso y la exaltación del vino y de la vida zarrapastrosa de mendigos y pícaros.
            La mayor parte de los poemas que integran la serie de la “vida poltrona” son sonetos con rasgos formales que los unifican: el vocabulario caprichoso y de germanía, el juego de rimas extrañas, que a menudo se mantienen en todo el soneto con el solo cambio de la vocal tónica. Ejemplo de estos rasgos es el soneto Prefiere la hartura y el sosiego mendigo a la inquietud magnífica de los poderosos. Los mismos rasgos aparecen en otros sonetos donde los temas habituales en quevedo (desvalorización de la existencia, inanidad de lo real, paso destructor del tiempo) surgen en un tono más desolador, más agresivo y áspero que en los poemas morales.
            El aspecto que más atrae al Quevedo satírico es el contraste entre la apariencia y la realidad de los comportamientos sociales. El poeta aprendió en las letrillas de Góngora algunos de los recursos que emplea. Por ejemplo, el uso de estribillos alternos. En esencia, los personajes y situaciones son los mismos: los médicos, la justicia, el poder del dinero, los viejos teñidos, etc... Quevedo insiste en las putidoncellas, cornudos, sastres, pasteleros, calvos,...
            Especial interés merece el poder del dinero, causa y raíz de todas las falsedades. Varias letrillas lo tienen como protagonista: La pobreza. El dinero, Poderoso caballero es don dinero. Hay un conjunto de letrillas misóginas alusivas al interés de las mujeres en contraste con una falsa espiritualidad masculina. Síntesis de todo ello es la redondilla Si queréis alma, Leonor. La Corte está satirizada en el romance Desde esta sierra morena que es una manifestación de la animadversión poética contra los médicos.
            (La mujer y con ella el matrimonio es blanco predilecto de la sátira de Quevedo).
            Dedica una extensa sátira de 448 endecasílabos a enumerar los “riesgos del matrimonio a los ruines casados” y en numerosos textos alude a maridos pacientes y casamientos prostituidos de raíz.
            En otros poemas se exalta maliciosamente a cornudos, prostitutas y rufianes, y tendrán un lugar junto a las jácaras. El motivo que con mayor frecuencia da pie a las sátiras misóginas es el dinero, el interés. La mujer es pedigüeña y el hombre busca gozar de sus favores sexuales sin pagar (Ejemplo: Quiero gozar, Gutiérrez).
            A veces, la mujer es una disculpa para engarzar ingeniosidades, hipérboles y chistes. Es el caso de las silvas A una mujer pequeña, A una mujer flaca y del soneto Mujer puntiaguda con enaguas. Un tono esperpéntico y agrio empapa estos poemas. El ejemplo lo tenemos en los sonetos A una fea espantadiza de ratones y A una Roma, pedigüeña además. Pero las víctimas de los epigramas más crueles son las viejas.
            (Como ha dicho Dámaso Alonso, no hay que esperar piedad de estos versos. También aparece aquí el juego engaño-desengaño. Son varios los poemas dedicados a encarecer Los años de una vieja niña).
            Las bodas de viejos aparecen grotescamente caricaturizadas en Epitalamio. Otras veces, Quevedo se ceba en las dueñas; a una de ellas dedica un hiperbólico Epitafio. El tema del carpe diem aparece en la más agria de sus versiones. El soneto Pinta el aquí fue Troya de la hermosura recurre a imágenes repugnantes para describir el estado de la pasada belleza.
            (Son escasas las sátiras personales. Rivalidades literarias son la chispa que inicia la sátira en la mayor parte de las ocasiones y Góngora es la víctima más importante).
            La publicación del Polifemo y las Soledades dio origen a una durísima polémica entre los dos poetas. Las críticas de Quevedo se dirigen por igual al estilo y a la vida privada de Góngora. La agudeza se une a la íntima antipatía. Entre las parodias destaca Este cíclope, no siciliano y entre las críticas personales sobresale el Epitafio: Éste que, en negra tumba.
            Por otra parte, Quevedo es el creador del género de las jácaras, en que se cantan las proezas de un delincuente entre ladrón y rufián. El mundo prostibulario y de germanía es fuente de un humor esperpéntico y macabro. El género tiene sus raíces en algunos poemas de Rodrigo de Reinosa.
            La más célebre muestra es la Carta de Escarramán a la Méndez. Como ha dicho Blecua, Quevedo dotó de calidad literaria a estos poemas prostibularios y acuñó un lenguaje donde el vocabulario de germanía se aúna con el más alambicado de los conceptismos.
            (Las jácaras son, por lo común, cartas que se cruzan entre un jaque (rufián) y su marca (prostituta), o la relación que hace un delincuente. En algunas ocasiones, por ejemplo la Vida y milagros de Montilla, el relato en tercera persona sirve para introducir el parlamento autobiográfico del protagonista).

             Poemas de circunstancias.

            Conjunto de poemas escritos para celebrar acontecimientos de la época. Entre ellos encontramos relaciones de festividades en las que el autor ostenta su capacidad para el concepto y el chiste. En el romance Celebra el tiro con que dio muerte a un toro el Rey nuestro señor hallamos una muestra de ese arte chispeante e insustancial, donde no faltan imágenes atrevidas y sugerentes.
            Los epitafios y elogios fúnebres obedecen a circunstancias externas del poeta, a veces ligadas a su intimidad. Muchos son versos de compromiso con los tópicos consoladores del estoicismo y los motivos sobre la grandeza del finado (Epitafios a Felipe III, al Duque de Lerma, al príncipe Don Carlos y otras figuras de la aristocracia). Los momentos álgidos, poéticamente, se alcanzan en los epitafios a los personajes históricos (Belisario, Escipión,...) o contemporáneos (Enrique IV) a los que le unía algún tipo de afinidad. Superiores a los demás son los cuatro sonetos dedicados a su amigo y protector el Duque de Osuna.

             Estilo.

            El esfuerzo creativo de Quevedo es estilístico. Toda su filosofía procede de fuentes ajenas; él sólo ha contribuido con la organización verbal del pensamiento.
            En sus obras el que resplandece siempre es el artífice de la palabra.
            Los versos de Quevedo buscan una expresividad conceptual y afectiva. Su preocupación fundamental era poner en marcha la mente del lector planteando graves cuestiones, o proponiendo un trivial acertijo verbal. Pero aparecen recursos fónicos como el uso estilístico del encabalgamiento, la aliteración, la anáfora, etc...

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