sábado, 19 de octubre de 2013

Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández




            Los inicios poéticos de Miguel Hernández son los de un aprendiz de poeta que evoluciona hasta convertirse en un “genial epígono”, como lo llamara Dámaso Alonso. Su afición a la lectura de los clásicos, que imitaba en un principio, va dejando huella en su poesía hasta que encuentra su propia voz poética.
            La primera etapa se corresponde con la del pastor-poeta oriolano, observador agudo y perspicaz de su entorno más inmediato, especialmente del paisaje. En estos años Virgilio, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Góngora y Juan Ramón Jiménez, entre otros, influyen notablemente en el poeta. Miguel Hernández afirma que quien más le influyó hasta 1932 fue Gabriel Miró. También Ramón Sijé le inspira su amor a los clásicos y su militancia católica. Escribe versos de gran sonoridad a la manera de Bécquer, Darío o Vicente Medina.
            De su contacto con el grupo poético del 27 (podríamos decir que Miguel Hernández perteneció al grupo, pero no a la generación) nace su acercamiento a la poesía pura de Jorge Guillén y a los poemas gongorinos de Lorca, Gerardo Diego y Rafael Alberti. Versos endecasílabos en octavas reales con metáforas muy originales encontramos en Perito en lunas (1933), que Juan Cano Ballesta definió como “un titánico esfuerzo por superar su rudeza inicial”. Pedro Salinas se refirió a estos versos como “neogongorismo” que ha bebido directamente del original y de Cal y canto de Rafael Alberti, y a su vez lleno de elementos sensuales. Gerardo Diego los calificó de “acertijos poéticos”. Se podrían relacionar por último, aunque la crítica no insiste demasiado en ello, con las greguerías de Gómez de la Serna, si bien a las metáforas de Miguel Hernández les falta el humor.
            Objetos y escenas cotidianas son vistos por el poeta con iconografía lunar: toro, gallo, sandía, palmera, pozo, noria, cohete. Miguel Hernández se complace en la lenta y compleja observación de los objetos que son deformados estéticamente. Góngora, su maestro, hiperbolizaba esa realidad. Miguel Hernández acude al mundo real para proveerse de material poético.
            Siguiendo los consejos de su amigo Ramón Sijé, se acerca a Calderón y logra asimilar la estructura del auto sacramental en Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras. En este campo vemos a un Miguel Hernández perfecto conocedor del auto, de la Eucaristía y de la Redención. En 1934 la tragedia española El toro de más aire, de la que publica un par de escenas en la revista “Gallo crisis”, se acerca a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Asimismo, escribe una elegía al torero (Citación fatal), en la que mezcla clasicismo con contenido social, la rebelión del pueblo contra la injusticia (este poema coincide con el levantamiento de los mineros asturianos).
            En El rayo que no cesa (1936), aúna la influencia del amor por contrarios de Quevedo con el dolorido sentir garcilasiano y expresa su pasión de enamorado en magníficos sonetos. Es la expresión de un “desgarro afectivo”, de ahí la presencia de símbolos como cuchillos o rayos.
            Recibe ahora la influencia de Pablo Neruda (Residencia en la tierra) y su ideal de poesía impura, que publica en Caballo verde para la poesía: “Una poesía impura como un traje, como un cuerpo con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, profecías, vigilias, declaraciones de amor y de odio”. Junto a la poesía impura, un erotismo desinhibido. También Vicente Aleixandre dejará huella en estos años con La destrucción o el amor.
            Al poeta le interesa ahora la existencia humana, en concreto la suya. La pasión atormentada impregna sus mejores versos de pena y los llena de rayos, cuchillos o avisperos. Son poemas escritos en un momento de ruptura con Josefina Manresa, en el verano de 1935. Miguel Hernández está en Madrid alternando con los poetas del 27 y con la pintora Maruja Mallo, inspiradora junto a Josefina y María Cegarra de estos poemas.
            A propósito de la celebración del tricentenario de la muerte de Lope de Vega se aprecian en Miguel Hernández influencias del neopopularismo. Siguiendo la huella de Lope escribe el drama El labrador de más aire, utilizando romances y redondillas, con el que pretende recuperar la dignidad del campesino español. Esta obra marca el tránsito entre El rayo que no cesa y Viento del pueblo. Las metáforas surgen del mundo rural: campo, vino, fuente,…
            Con el estallido de la guerra civil su poesía da un giro radical y se convierte en poeta cronista, poeta luchador, que olvida al Miguel Hernández clásico y católico. Producto de esta transformación son dos libros de poesía, Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939), y algunas obras de teatro de corte antiburgués y revolucionario que publicó bajo el título de Teatro en la guerra. Son piezas poco elaboradas y de escaso valor literario, de entre las que destaca Pastor de la muerte.
            En septiembre de 1936 se alista en el quinto regimiento del bando republicano. Miguel Hernández es ahora el poeta-soldado. En Viento del pueblo estamos ante un poeta enraizado en el pueblo, que se hace eco de sus inquietudes con un marcado tono épico-lírico. Los poemas se pueblan de elementos metálicos y de armas, de guerreros medievales y de muerte. El toro es símbolo de fundiciones de hierro y bronce que sirven para matar. Las imágenes son surrealistas, cargadas de irrealidad y de tono social y elegíaco. Los símbolos animales aparecen ahora con fuerza: leones, toros y águilas frente al manso buey, que representan al pueblo en rebelión frente al pueblo manso. El poeta utiliza ahora silvas, cuartetas, sonetos alejandrinos, romances y serventesios de pie quebrado.
            El 19 de octubre de 1938 muere su primer hijo, Manuel Ramón, llamado así por su suegro (guardia civil fusilado) y su amigo Sijé. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, el hijo que le devuelve la ilusión a un Miguel Hernández que ve agravarse el conflicto bélico. De aquí surge El hombre acecha, una visión trágica y desalentada de la vida y de la muerte, de la violencia, de la crueldad, del odio. Predominan ahora los endecasílabos y alejandrinos. El tono es más pesimista que en Viento del pueblo, ya que Miguel Hernández poetiza la idea de que “El hombre es un lobo para el hombre”. El hombre combate contra el tiempo. El hambre ataca a los más pobres, las cárceles se pueblan, los trenes transportan muerte. Y en este clima de podredumbre y de muerte, Miguel Hernández invoca a los poetas para llevar al pueblo un mensaje de unidad, de solidaridad, de justicia y de fe en el ser humano. Sus deseos se concentran en el último poema, titulado “Canción primera”.
            Finalmente, Miguel Hernández hace un periplo por diversas cárceles. De su encarcelamiento surge Cancionero y romancero de ausencias, poemario inédito durante varios años, compuesto de 79 poemas que el autor entregó a su mujer, si bien los editores lograron recopilar algunos más para su publicación.
            Son poemas intimistas y resignados, que alternan episodios de vida y de muerte: muerte del primer hijo, nacimiento del segundo, separación de la amada, dureza de la guerra, condena a muerte. La metáfora se eleva a las cotas más altas de perfección y expresividad. Además, utiliza los paralelismos y las correlaciones por influencia neopopular de Lorca. Hay besos a la mujer amada, esa ausencia y distancia que acrecientan las tres heridas de Miguel Hernández: la de la vida, la del amor y la de la muerte.

No hay comentarios:

Publicar un comentario