miércoles, 20 de noviembre de 2013

El compromiso social y político de Miguel Hernández




            El compromiso político con los más desfavorecidos fue tal que llevó al poeta hasta la muerte. Miguel Hernández distribuyó en sus libros el mundo agrario que había conocido y se ha mantenido así como lectura popular. Hay que reconocer que tuvo “padrinos”. Era una persona muy curiosa y activa, de modo que pronto absorbió las nuevas ideas que había en Madrid. Él, un hombre de temperamento volcánico, llegó a Madrid y cambió allí su visión del mundo y su compromiso social (del catolicismo pasó al comunismo), aunque publicó al mismo tiempo en “El gallo crisis” y en revistas liberales (el primer poema, Sonreídme).
            Es un hombre al que le tocó una visión nueva de la sociedad. Miguel Hernández fue a Moscú cuando ya era un militante convencido. Perteneció al PCE cuando este era un partido pequeño. Quería que los campesinos no fueran explotados, que fueran tratados con dignidad (poema de Las abarcas desiertas). Hay que destacar que el poeta no era un hombre violento: en la guerra arengaba, no luchaba. Estuvo cerca de Palmiro Tolliati, de la Pasionaria, aunque él no era partidario de purgas. Era un hombre honesto, que creía en la gente y que tomó partido por los débiles.
            La vida literaria de Miguel Hernández está tocada por el signo de la intensidad. Entre 1932 y 1941 se produce una singular cosecha poética, que coincide con una serie de acontecimientos históricos muy conocidos.
            Los primeros años del siglo XX contemplaron la llegada del Modernismo, las vanguardias, lo existencial y el compromiso. Miguel Hernández acabó tomando partido y se vio arrastrado a la muerte, con la que pagó ese compromiso. Se arriesgó al apasionamiento en la poesía.
            Guillermo Carnero destaca que Miguel Hernández realiza poesía de guerra.
            Su trayectoria poética se inicia con la influencia del 27 y llega en la guerra a la poesía como propaganda.
            En su juventud, sus amigos (entre los que destaca Ramón Sijé) eran de tendencia conservadora. En 1931 realiza su primer viaje a Madrid para salir del ambiente provinciano de Orihuela. En 1934 le publican el auto “Quién te ha visto y quién te ve y sombra de lo que eras”. Participó en las llamadas “Misiones pedagógicas” y trabajó en la Enciclopedia Cossío sobre tauromaquia.
            En lo que se refiere al compromiso social y político del poeta, debemos centrarnos en la obra “Viento del pueblo”.
            Educado en un ambiente católico, tras viajar a Madrid en 1935, Miguel Hernández da un giro. Había conocido a Alberti, Neruda, Maruja Mallo… Surgen poemas como “Alba de hachas” (en él se sugiere la revolución de los leñadores con ese “A las hachas, compañeros”) y “Sonreídme”, en el que manifiesta su rechazo a su vida anterior con cierta violencia, sobre todo con imágenes eclesiásticas. Hay alusión al capital, todo ello con la antítesis al nuevo mundo al que decide adscribirse (“Vengo muy satisfecho”).
            En esta nueva época aparecen elementos surrealistas.
            En 1935 escribe a Juan Guerrero Ruiz diciéndole: “ha pasado algún tiempo desde la publicación del auto (Quién te ha visto y quién te ve…) y ni pienso ni siento muchas cosas de las que digo allí, ni tengo nada que ver con la política católica y dañina de Cruz y raya, ni mucho menos con la exacerbada y triste revista de nuestro amigo Sijé” que ya no tiene que ver con ese catolicismo ni con esa revista. En 1934 en la revista “Cruz y raya” se habían publicado los dos primeros actos del auto sacramental. La revista que dirigía Ramón Sijé era “El Gallo Crisis”.
            En 1934 en Madrid se encuentra con Pablo Neruda. Pero el cambio de Miguel Hernández puede deberse a diversos factores. Se crea en él una conciencia social a partir de una rebelión del hombre. Para él, la poesía y el teatro serán un arma ideológica con la que se puede cambiar el mundo.
            El compromiso de Miguel Hernández le lleva a defender a los indefensos y a difundir la cultura. En 1937 funda el semanario “Al ataque”, colabora por ejemplo en “Altavoz del frente sur” (con “Pasionaria” o “Cisneros”) y estas colaboraciones pasan a “Viento del pueblo”. El poeta denuncia las precarias condiciones de las mujeres campesinas en España y lo hace en prosa, hablando de elementos como el sol, el hambre, el trabajo… Miguel Hernández participa en congresos de hombres por la cultura. Fue invitado a Moscú para ver el teatro soviético.
            Hay que señalar no obstante que la militancia de Miguel Hernández ha sido puesta en duda. Parece cierto que perteneció al Partido Comunista de España (PCE), pero poseía una visión algo ingenua sobre la solidaridad. Sus ideas aparecen marcadas por la opinión del mencionado partido de que la guerra tenía su causa en una invasión extranjera y no era tanto una guerra civil. Aparece una visión unitaria de la patria y en uno de los poemas de “Viento del pueblo” une a los distintos habitantes de España (“asturianos de braveza, /vascos de piedra blindada” en “Vientos del pueblo me llevan”).
            Nutre su poesía la idea de la lucha proletaria (“Elegía a Pablo de la Torriente”), de la hermandad de los oprimidos. El poema “Recoged esta voz” está dirigido a los países de La Tierra, y supone un llamamiento internacionalista.
            En “España en ausencia”, Miguel Hernández utiliza la expresión “abrasadora España” para referirse a la guerra como esa invasión extraña que mencionábamos, una invasión provocada y que se refiere sobre todo a Italia y Alemania.
            Realiza también retratos diversos, como el de “Rosario la dinamitera” o el de “El quinto regimiento”.
            La hoz y el martillo, el color rojo de la sangre y las izquierdas aparece de forma recurrente.
            “Viento del pueblo”, de 1937, es el primero de los libros de Miguel Hernández en que se observa el cambio en las ideas del autor. Hay poemas dedicados al pueblo, y estos alternan con otros que son retratos. Hay fogosidad y optimismo. El romance aparece profusamente. Hay que recordar que esta composición podía fácilmente ser cantada, recitada, radiada… También fueron musicados (por ejemplo, “La guerra madre”).
            El libro está formado por 25 poemas, ocho de los cuales son romances, y en el que encontramos también silvas o serventesios. El libro se abre con la “Elegía a García Lorca”. En este panegírico lo relaciona con elementos agrícolas tan queridos para Miguel Hernández. Hay una enumeración laudatoria de los españoles que sirve como arenga.
            “Viento del pueblo” es un libro de optimismo vital y un canto emocionado a España (al estilo o comparable con la escuadra de españoles del capítulo XVII del Quijote). Así dice, por ejemplo, que “España no es España” (“Recoged esta voz”) o recoge la rebelión social (“Sentado sobre los muertos”).
            El pueblo aparece como entidad genérica. Es heroico y grandioso, tiene fuerza interna, y el poeta se convierte en “ruiseñor de desdichas”. Contra la insidia del enemigo, se defiende incluso la ley del Talión.
            El trabajador es rebajado, cada vez más animal o vegetal que criatura.
            Hay alusiones a batallas como la de Guadalajara, donde se venció a los italianos.
            En “Juramento de la alegría” el poeta se muestra optimista sobre el buen resultado de la contienda. La poesía rescatará al pueblo (ejército del sol y de la alegría) de su destino.
            Aparecen varios oficios, como marineros o mineros, más alejados de las vivencias del poeta.
            La liturgia del trabajo aparece en el sudor y el cansancio.
            Miguel Hernández defiende a los débiles (El niño yuntero), la pobreza está contenida en las abarcas.
            Se ha estudiado una variante épica en esta poesía (Los cobardes): la aparición de recursos satíricos que denigran al enemigo. La sátira hernandiana aparece en la ironía, la hipérbole y la burla (“hijos de puta”, “mariconazos”…). Hay animalización (“gallinas”) y cosificación de los enemigos, y aparece la antítesis de las manos trabajadoras frente a las manos ociosas (obreras y capitalistas). De la delicadeza literaria, Miguel Hernández ha llegado a esta escatología que ayuda a que los receptores comprendan mejor ese mensaje, aunque bien podría ser influencia de Quevedo.
            La “Canción del esposo soldado” es un gesto comunista, el grito del desarraigado y el anhelo de un futuro mejor.
            El yugo y las cadenas hablan de esclavitud y el destino que deben tener es la desaparición.
            Hay un inmenso caudal de símbolos en “Vientos del pueblo”. Hay animales que encarnan la valentía, la libertad (leones, toros, etc.)
            El trabajo aparece como actitud de nobleza. En la poesía de Miguel Hernández el trabajo es una actividad que pone al hombre en comunión con la naturaleza. El sudor es una bella forma de agua, dignifica y es un signo de igualdad entre los hombres (“sudor silencioso”).
            El alba es símbolo de un nuevo día lleno de prosperidad. Arados, martillos, hoces tienen ahora un alcance espiritual ya que serán armas vengadoras (Elegía a García Lorca). El martillo romperá las cadenas y será instrumento de liberación (El niño yuntero).
            La fealdad de algunas expresiones puede explicarse por el público a que se destinaban los poemas.
            En El hombre acecha hay una caída de esos sentimientos, se reflexiona sobre la maldad de la guerra. Decae el compromiso por el signo de derrota que iba adquiriendo la contienda.
            En esta obra glorifica a Lenin. Termina con los “ojos del hombre abiertos al desastre”.
            En el último libro, Cancionero y romancero de ausencias, ya está ausente este compromiso, se diluye ese entusiasmo.


jueves, 14 de noviembre de 2013

La Literatura de la Ilustración




         El S. XVIII, comienza para España con el fin de la Guerra de Sucesión (1714), tras la cual los Borbones acceden al trono español. Este conflicto pondrá veto a las intenciones expansionistas de Francia. Será un siglo de relativa paz, lo que influirá en el desarrollo del movimiento intelectual que llamamos “Ilustración”.
El comercio y el tráfico trasatlántico conducen a la burguesía a su apogeo, que culminará con la primera tentativa industrial. Todo esto va a generar una reflexión generalizada que conducirá a un cambio importante: la desaparición de la sociedad estamental y la aparición de la sociedad de clases.
            De la mano de la prosperidad económica, vendrá la voluntad de progreso, y esto conducirá al avance en las ciencias, al auge de la investigación y el rechazo de religiosidades supersticiosas y fanáticas, de la superchería intelectual y del oscurantismo moral. Este es el llamado “siglo de las luces”, por el afán de iluminar hasta el último rincón del conocimiento y la vida con la razón de carácter crítico. Es el siglo de la confianza en la humanidad.
            De todo lo dicho se desprenden dos características fundamentales de la literatura de este siglo: El criticismo, (no debe aceptarse lo que se nos ofrece, sea materia política, religiosa, social, etc. sin tamizarlo con la razón y  la cultura), que es herencia del racionalismo del S.XVII, para el que el origen de la certeza es la duda; y el didactismo, (debe poder enseñarse todo avance que tenga lugar, la instrucción de la población asegura la cultura y prosperidad de un estado).

La Ilustración en España
            Reflejo de esta preocupación cultural son las instituciones que se crean en nuestro país durante el Siglo de las luces:
·         Real Academia Española. Inaugurada por Felipe V en 1713. Su primer presidente fue el Marqués de Villena, don Juan Manuel Martínez Pacheco. La finalidad de la Academia es velar por la pureza del idioma, de ahí que su lema sea "Limpia, fija y da esplendor".
·         Biblioteca Nacional. Fue fundada en 1712 por el mismo monarca, con libros de antiguas bibliotecas y colecciones que se trajeron de Francia. La Biblioteca recibe un ejemplar de todos los libros que se publican en España.
·         También se fundaron en este siglo la Real Academia de la Historia (1738), el Jardín Botánico (1755, por el rey Fernando VI) y el Museo del Prado (el proyecto fue aprobado en 1786).
Aparte de esta apuesta institucional, la burguesía busca sus propios medios de acceso al conocimiento mediante tertulias, premios literarios, reducción en el precio de los libros, reducción del analfabetismo, o la edición de diarios con suplementos literarios. 

Los cambios y el panorama literario
           
Se pueden distinguir tres etapas o movimientos estéticos que se suceden en el siglo XVIII:
·         Reacción contra el Barroco, que parte de una perpetuación de un estilo ya decadente, en formas y temas. La producción literaria es escasa. Como autor destaca Fray Benito Jerónimo Feijoo.
·         Triunfo de la  Ilustración. La literatura se somete al imperio de la razón.  Los escritores aceptan el estilo nuevo, más severo y moderado que apostará por la claridad, y que recibe el nombre de Neoclásico. La producción literaria es escasa: apenas se escriben novelas, la prosa se destaca en los ensayos; la poesía no ofrece interés y muy pocas obras de teatro tuvieron éxito. Esta etapa ocupa desde mediados del siglo hasta las últimas décadas. Autores importantes de esta etapa, en sus diferentes géneros fueron José Cadalso, Gaspar Melchor de Jovellanos, Leandro Fernández de Moratín, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte.
·         Prerromanticismo. A finales de siglo comienza un movimiento de rechazo hacia las rígidas normas neoclásicas que traerá a principios del siglo XIX el Romanticismo. Se define por sus ambientes lúgubres y sombríos, sus temas sentimentales o filantrópicos, su angustia ante la existencia, y su sintaxis peculiar: repeticiones, exclamaciones e interrogaciones retóricas. Un autor como José María Blanco White es representante de esta etapa.
            En lo que se refiere a la prosa en esta época, es importante insistir sobre el carácter didáctico de la literatura, ya que esto explica el auge de géneros como el ensayo, destinado a la difusión de las nuevas ideas y a las mentalidades curiosas de la burguesía, ya que son los escritores y lectores principales. Este género nuevo es impulsado desde Francia, concretamente con la figura de  Michel de Montaigne, quien en el siglo XVI recoge sus reflexiones e ideas bajo el título de Essais (ensayos, intentos), de ahí su nombre.
El ensayo encuentra su mejor representante en Fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Su primera obra relevante fue el Teatro Crítico Universal editado en Madrid en 1726. La palabra “teatro” del título equivale a exposición global, no a arte escénico.
José Cadalso Vázquez (1741-1782), redacta las Cartas Marruecas entre 1768 y 1774. Aparecen periódicamente en el Correo de Madrid. Forman una colección de 90 cartas, en las que escribe Gazel (marroquí amigo del embajador de su país en España) a su maestro africano Ben Beley. Nuño, amigo español de Gazel, bajo el que reconocemos rasgos del autor, será su guía. Estas cartas tratan de varios temas: el estúpido orgullo español, la nobleza sin mérito, la decadencia de España, el lujo superfluo, los galicismos de nuestra lengua, etc. Vemos un precedente de los Artículos de Larra. Sus Noches lúgubres se publican por vez primera en el Correo de Madrid.
Gaspar Melchor de Jovellanos (1744-1811) trató a autores, como Feijoo y Cadalso, y a políticos como Campomanes y Olavide, que impulsó su obra literaria. Se dio a conocer por sus discursos, en la línea ilustrada y reformista de su tiempo. Entre sus obras destaca el Informe sobre la ley agraria (1784), que pretendía que las leyes garantizasen la libertad económica en la transmisión y cultivo de tierras y productos. En este punto sigue la escuela de Quesnay (pensador francés), deudora del liberalismo de Adam Smith, cuya obra leyó Jovellanos.

            Casi en los albores del siglo XIX escribió José María Blanco White (1775-1841). Afincado en Londres, allí firma en El Español (1810-14) unas “Reflexiones generales sobre la Revolución Española”, varios artículos con el seudónimo de “Juan Sintierra”. Escribe también en la revista Variedades o mensajero de Londres (1823-1825) otra serie de artículos, Impresiones de Inglaterra, comentarios sobre La Celestina, o breves ensayos narrativos (Las intrigas venecianas por ejemplo). Es un escritor prerromántico por su visión más emocional que racional de su tiempo y de su propia peripecia interior.
Desde finales del siglo XVII, encontramos una literatura de viajes. Escritos de Moratín, Jovellanos o Iriarte en forma de cartas, diarios y libros, que defienden valores hispánicos en materia de arte, literatura, cultura en general o incluso sus peculiaridades geográficas.
Algunos cultivan la novela utópica, como la anónima Descripción de la Sinapia, península en la tierra austral, donde Sinapia es anagrama de Hispania. Pudo escribirse a fines del siglo XVII o en el último tercio del XVIII, y apareció entre los papeles de Campomanes. Pinta un país dividido en nueve zonas, donde no existe propiedad privada y donde la sociedad se jerarquiza tras elegir sus gobernantes. Toda una fantasía política para la época que nos da una muestra de las metas ideológicas de la Ilustración.
Por otra parte, hay que señalar que los poetas de este movimiento adoptan dos grupos de temas: el bucólico o pastoril y la fábula. Las características de la literatura en verso de esta época son la sencillez en la forma, frente a las exuberancias postbarrocas y la elevación estilística sin excesos ornamentales así como la utilidad de los temas. Esta es la característica esencial: la utilidad. Así los autores cultivan la poesía didáctica.
En la poesía bucólica o pastoril se ensalza la naturaleza, un entorno del que se resalta lo que la razón aprecia y gusta: valora “lo ameno”. Se canta a la amistad o al vino, como en Ocios de mi juventud, de José Cadalso.
Juan Meléndez Valdés (1754-1817) Conoció a Cadalso y a Jovellanos quienes pusieron a su alcance las ideas ilustradas e hicieron de guía en su labor de escritor. Pronto aparecen los temas ilustrados: la crítica de la aristocracia, la autenticidad de la vida del campo, la figura de Dios como creador, el progreso social, etc. Destaca de esta etapa su epístola El filósofo en el campo. El neoclasicismo de Meléndez Valdés se refleja en odas como la IX A la Fortuna.
En el siglo XVIII se cultivó la fábula con el objetivo de formar al lector. La fábula se define como relato muy breve, de intención moral o filosófica; es un género didáctico en general, que remata con una sentencia o consejo, y que frecuentemente es puesta en boca de animales para acentuar la enseñanza, ya que se caracteriza en estos los vicios y virtudes humanas.
Tomás de Iriarte (1750-1791), además de las fábulas literarias,  escribió otras obras e hizo traducciones literarias del francés. Sus Epístolas son un buen ejemplo de la poesía al servicio de la trasmisión de conocimientos.
Félix María Samaniego (1745-1801) es conocido por su obra Fábulas Morales, 157 relatos distribuidos en nueve libros, que escribió para los alumnos del seminario de Vergara. Samaniego ridiculiza los defectos humanos imitando a los grandes fabulistas Fedro, Esopo y La Fontaine.  Aunque las fábulas de Samaniego están escritas en verso, su carácter es prosaico, dados los asuntos que trata y su finalidad didáctica.
En lo que se refiere a la producción dramática, no es una etapa muy fértil, a pesar de los intentos de “contrarreformar” las libertades y excesos del teatro barroco. La mayoría del público está hecho a lo espectacular del teatro precedente, y este nuevo arte escénico, mucho más moderado, didáctico y moralizante no es muy popular, a pesar del apoyo que institucionalmente recibe. Su cronología lo lleva desde la desintegración de la comedia nacional barroca hasta el teatro prerromántico. Por un lado tendremos la recuperación de una tradición escénica, la Tragedia, y por otro lado un teatro que pretende renovación y reforma. Entre ambas formas aparecen una serie de géneros menores que tratan de hacerse con el favor del público: comedia de figurón (que perpetúa el modelo de comedia de enredo), de santos (teatro religioso), de magia (de tema fantástico), de jaques y bandoleros (de aventuras más o menos ficticias), mitológicas (al estilo barroco, ya en decadencia), musicales (zarzuelas y melodramas), etc.
            A imitación del modelo clásico, hay un intento de retomar la Tragedia, pero la empresa es un fracaso. Al carácter puramente formal, y a la ausencia de un público demandante de tales muestras escénicas, se suma el acceso a la literatura de mentes teóricas, no puramente artísticas, que desconocen todo de la construcción dramática eficiente. El didactismo  no puede por sí solo interesar desde un escenario. Sin embargo la Tragedia dará sus frutos en el teatro histórico romántico con la recuperación de los personajes heroicos del pasado histórico: Don Pelayo, Guzmán el Bueno, etc. La mejor pieza de este estilo es  La Raquel, de Vicente García de la Huerta (1734-1787).
            El gran logro de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), por otra parte, fue la creación de una comedia genuina y original que se conoce como comedia Moratiniana. Este logro resulta de la fusión entre la comedia sentimental (de excesos emotivos), y la comedia urbana (que incorpora la sátira de costumbres). La sátira de raíz intelectual vertebrará el planteamiento y nudo de sus obras, y el componente sentimental actuará como catalizador del desenlace.
El tema central de toda su obra será la hipocresía como forma de vida. Divide este asunto en dos: los casamientos impuestos o concertados (donde destacan sus obras La Mojigata, El viejo y la niña, y su composición maestra El sí de las niñas) y el estado del teatro de su propio tiempo (donde destaca La comedia nueva, o el café).
            Además, el siglo XVIII asiste a la conversión de los entremeses, forma de teatro breve, de tono cómico en Sainetes. El sainete se construye en verso octosílabo y con préstamos de canciones al estilo de las zarzuelas. Este género, el más popular, tiene un representante de excepción en Ramón de la Cruz, (1733-1794). Definido por él mismo como “pintura exacta”de la cotidianeidad y de las costumbres, nos ofrece sus retratos en piezas como El fandango del candil, El sarao, Manolo, La cesta del barquillero, etc., ambientadas en el Madrid castizo de la época.



domingo, 3 de noviembre de 2013

Vida y muerte en la poesía de Miguel Hernández





            En el poema “Llego con tres heridas” de Cancionero y romancero de ausencias se resume el ámbito temático de Miguel Hernández: vida, amor y muerte. La biografía del poeta va íntimamente ligada a su creación poética, especialmente en los últimos años de su vida. Va incorporando vivencias a la poesía y su vida se va nutriendo de poesía.
            Hasta El rayo que no cesa se impregna de vitalismo y optimismo, de ahí su amor a la naturaleza, que es fuente de experiencia. Los lugares levantinos de su infancia (la colina de San Miguel, el huerto de su casa oriolana,…) son exaltados con lo que se ha llamado animismo o personificación de esa naturaleza (“la espiga aplaude al día”). Esta naturaleza, adornada de bucolismo virgiliano es un tópico de Miguel Hernández. Aquí no hay muerte, tan solo el atardecer que termina con la belleza del paisaje de la tarde. Si hay algo de pena aquí es más literaria que fingida. Estamos ante una vida contemplada, ajena. Solo cuando conoce la muerte de forma directa con la pérdida de amigos o familiares y con los horrores de la guerra, existe una verdadera relación vida-muerte en su poesía. Es entonces cuando Miguel Hernández concibe la vida como pena, como herida. Es un hombre a caballo entre la luz y la sombra, entre la alegría y la pena, pero siempre lleno de vitalismo y queriendo alcanzar la alegría. De ahí la identificación del poeta con el símbolo del toro y su destino trágico (“Como el toro he nacido para el luto”). En Viento del pueblo afirma “Varios tragos es la vida/y un solo trago es la muerte” (Sentado sobre los muertos), lo que define muy bien el vitalismo trágico de Miguel Hernández.
            En El rayo que no cesa la muerte es el amor (cuchillo, rayo), que es fuerza destructora contra la que lucha constantemente por tener plenitud por cuanto viva. La muerte le llega al poeta cuando se le niega el amor. Estamos ante un poemario de desamor, del amor como destino trágico del hombre, de ahí la cercanía de la muerte. Con la muerte de su amigo Ramón Sijé conoce la muerte de cerca y es entonces cuando su poesía se llena de rabia inconsolable y otorga lirismo a conceptos nada líricos. Es una muerte quevedesca, un morir a cada instante (“Hoy se está yendo sin parar un punto:/ soy un fue, y un será, y un es cansado”). La diferencia es que para Miguel Hernández la muerte es tragedia y para Quevedo tragicomedia.
            A raíz de la muerte de sus tres hermanas, de algunos amigos como Sijé y sobre todo de su primogénito y de la muerte como consecuencia de la guerra, hablamos ya de muerte real en la poesía de Miguel Hernández. Sirven de ejemplo los poemas de El hombre acecha como El tren de los heridos. En el Cancionero le dice a su hijo muerto “Te has negado a cerrar los ojos, muerto mío” (A mi hijo), coincidencia trágica con el hecho de que el poeta muriera con los ojos abiertos, ejemplo de la vida trágica del poeta.
            Cuando pasa la guerra, los poemas se oscurecen con la tristeza. Conoce la cárcel, la soledad y la enfermedad (dice en el Cancionero, Ausencia en todo veo), pero no provocan en él el odio, sino que canta con nostalgia y melancolía al hijo (Hijo de la luz) y a la esposa. Miguel Hernández es ahora un hombre resignado (“Todo lo he perdido, tierra,/ todo lo has ganado” afirma en Suave aliento suave). Sus últimos poemas son más tiernos y melancólicos. El poeta vuelve al amor porque no hay redención si no se ha querido. El amor pone alas al poeta, que se pregunta en Vuelo: “solo quien ama vuela. Pero ¿quién ama tanto/ que sea como el pájaro más leve y fugitivo”).
 

domingo, 27 de octubre de 2013

El amor en la poesía de Miguel Hernández




            En Miguel Hernández hay una estrecha relación entre su biografía amorosa y su obra poética. Su gran amor, desde muy joven, fue Josefina Manresa, con la que se casó y tuvo dos hijos. José Luis Ferris apunta que no debió ser su único amor, pues en un segundo viaje a Madrid mantuvo relaciones con Maruja Mallo, que pertenecía al círculo de Pablo Neruda, y posteriormente en Murcia con María Cegarra, poeta de La Unión, que pertenecía al círculo cartagenero de Carmen Conde. Con esta última mantuvo un nutrido intercambio epistolar y una profunda amistad, de la que se dice que pudo ser algo más. También apunta José Luis Ferris que algunos de los poemas de El rayo que no cesa podrían estar dedicados a María Cegarra por algunos símbolos de carácter minero.
            Si comparamos la poesía amorosa de Miguel Hernández con la de otros poetas coetáneos como Pedro Salinas o Pablo Neruda, no podemos hablar de intensidad de una relación amorosa proyectada en la poesía, pero sin duda el amor es uno de los tres grandes temas de su poesía.
            El amor es un tema permanente en toda su obra. Su vida, muy corta pero intensa, está directamente relacionada con su poesía. De ahí que junto al amor aparezcan en ella otros dos núcleos temáticos: la vida y la muerte. Estos temas lo invaden y determinan todo. Es por eso que el poema de Cancionero y romancero de ausencias, “Llegó con tres heridas”, es una síntesis de toda su labor poética. La herida es un elemento simbólico presente en Miguel Hernández.
            Los poemas de Perito en lunas, El rayo que no cesa y Cancionero y romancero de ausencias reflejan la trayectoria amorosa del poeta.
            En Perito en lunas nos encontramos con poemas influenciados por Góngora y la Generación del 27, especialmente por Guillén y Lorca. Miguel Hernández utiliza un lenguaje hermético donde prima la palabra poética. En las octavas que lo componen hay una pasión amorosa nutrida de representaciones eróticas mediante la utilización de símbolos que pertenecen a la naturaleza cercana al poeta (el paisaje levantino: palmeras, sandías, higueras…) y que son referentes de humana vitalidad, de sensualidad y sexualidad reprimidas (Negros ahorcados por violación).
            El rayo que no cesa es el gran poemario amoroso de Miguel Hernández. Coincide su año de publicación (1936) con la de otros grandes poetas del amor del 27, como son Razón de amor de Pedro Salinas y Cántico de Jorge Guillén. Podemos afirmar que estamos ante un momento de máximo esplendor en la lírica amorosa, si bien Miguel Hernández es un poeta más original y atrevido porque dota de lirismo a palabras o expresiones no habituales en la poesía amorosa.
            A esta obra incorpora Miguel Hernández el hermetismo y simbolismo anterior y la herida cobrará aquí un nuevo significado. El amor es para Miguel Hernández cuchillo, rayo, que le provoca la herida y la pena. De ahí que podamos decir que no estamos ante poemas de amor, sino de desamor.
            Finalmente, en Cancionero y romancero de ausencias, Miguel Hernández parece abandonar el hermetismo anterior con su vuelta a la lírica tradicional, especialmente a la estructura paralelística del romance, si bien estamos ante una sencillez aparente, pues quien ha sido tan hermético y simbolista como él, no puede volverse un poeta sencillo.
            Cancionero y romancero de ausencias es un libro escrito durante su estancia en la prisión de Ocaña (Toledo), en mayo de 1941 (el poeta muere en marzo de 1942), por lo que ahora el amor es ausencia. La amada es inalcanzable, recordada y deseada desde la soledad del poeta. Es frecuente en esta obra la antítesis luz (libertad)/ sombra (cárcel). Para el poeta nunca hay luz, solo oscuridad y muerte.
            El poeta tiene tres heridas de amor: lunas, rayos que no cesan y ausencias.

sábado, 26 de octubre de 2013

Imágenes y símbolos en la poesía de Miguel Hernández




            La poesía de Miguel Hernández es rica en imágenes y símbolos ya desde los primeros poemas que escribe en su etapa de aprendizaje (1924-1931). En estos años proceden de su entorno natural más cercano. El poeta convierte en materia poética lo que a priori no tiene nada de poético: limonero, pozo, higuera, pita, patio, lagarto, mosca, grillo, sapo…
            En estos primeros poemas se adelantan temas e imágenes que serán constantes en los libros posteriores, fundamentalmente el amor y el deseo. El poema Lujuria nos muestra las ansias de realización sexual bajo apariencia bucólica y Es tu boca dibuja un retrato de mujer mediante la sinécdoque. La boca será retomada en el poema La boca de Cancionero como elemento sensual y con imágenes referidas al color rojo (clavel, amapola, corazón) y a la frialdad, la dureza y lo cortante (“rubí en dos dividido”, “mas si cae dulcemente un beso/ a la mía se torna en puñal).
            En Perito en Lunas, poemario de aire gongorino, en los que utiliza la octava real a la manera del Polifemo, se va acentuando el simbolismo de Miguel Hernández, de ahí que estemos entrando en su etapa más hermética. Gerardo Diego calificó estos poemas de “acertijos líricos”, cuya solución se halla en los títulos que le puso el crítico Juan Cano Ballesta.
            Son poemas de arriesgadas metáforas y aires vanguardistas. Los símbolos están tomados del paisaje de su cercana Orihuela: palmera, camino, veleta, noria, mar, río y toro. Este último símbolo será muy importante en su libro posterior. Estos poemas nos hablan del deseo erótico insatisfecho, de ahí que los símbolos se refieran al sexo masculino (Sexo en instante, I; perpendicular morena). En otros poemas de la misma época dice ser preso del remordimiento por este deseo erótico que choca con la moral católica del poeta (Mi desgracia/ entre los dedos tengo).
            El rayo que no cesa es un poemario compuesto por un poema largo, trece sonetos, un segundo poema largo, trece sonetos, una elegía y un soneto final. El tema principal es el amor en sus tres facetas: ansia, realización y dolor.
            El rayo es fuego, elemento de la naturaleza, que enlaza en la tradición literaria con Llama de amor viva de San Juan de la Cruz. El amor es dolor simbolizado en el rayo (“Una querencia tengo por tu acento”), es herida (“un carnívoro cuchillo”) provocada por un cuchillo “cortante y homicida”. Este simbolismo se remonta en la tradición literaria a la literatura romana que nos ofrecía el amor como flecha (Cupido) y llega a la literatura española de la mano del Arcipreste de Hita con el Libro de Buen Amor. También lo utilizaron Quevedo en su definición del amor por contrarios (“Es hielo abrasador, es fuego helado”), Bécquer en su rima XLVIII (“Como se arranca el hierro de una herida”), Antonio Machado en Soledades (“En el corazón tenía la espina”) y los autores del 27 como Aleixandre en Espadas como labios o Luis Cernuda en Donde habite el olvido (“Ángel terrible en mi acero”).
            La sangre, símbolo del deseo sexual (dulce pasó a una ansiosa calentura/ mi sangre), el limón de los pechos femeninos (Me tiraste un limón, y tan amargo) y la pena por la esquivez de la amada (Umbrío por la pena, casi bruno) le llevan al desencanto, a la frustración y a la soledad.
            Asimismo encontramos la insatisfacción, el deseo frustrado (No me conformo). El poeta es toro (Como el toro he nacido para el luto), es muerte, dolor, virilidad, corazón desmesurado y libertad.
            Otro símbolo utilizado es el de la carta como intercambio con la amada y que luego retomará en El hombre acecha evocando el “amor más allá de la muerte” de Quevedo. En su etapa final de la cárcel paliará así la ausencia física de la amada.
            La amada suele identificarse con imágenes naturales antitéticas: nardo/cardo o zarza (suave/áspero, esquivo). Las ondas del mar aluden al carácter de la amada, con ecos garcilasianos (soneto XXIII), con la identificación de la mejilla con una flor (te me mueres de casta y de sencilla).
            El rayo que no cesa rompe con la idea de cancionero petrarquista dedicado a una sola amada, de ahí que encontremos poemas de amor platónico dedicados a María Cegarra (No cesará este rayo que me habita) y de amor carnal a Maruja Mallo (Me llamo barro, aunque Miguel me llame), aunque la mayor parte se la dedicara a su esposa Josefina Manresa.  El poema “Me llamo barro…” ocupa un lugar axial, que se hace notar con el cambio de estrofa, del soneto a la silva. Aparecen imágenes de sumisión, simbolizada en el buey y que pasarán a Viento del pueblo.
            Con ese Viento del pueblo Miguel Hernández llega a una poesía de urgencia, de guerra, a una poesía efímera en consonancia con la idea de Gabriel Celaya de que la poesía es “un arma cargada de futuro”. El poeta oriolano afirmaba en Teatro en la guerra que “todo teatro, toda poesía, todo arte ha de ser, hoy más que nunca, guerra”.
            Aquí el viento simboliza la voz del pueblo, un pueblo manso, que es buey, pero que se rebela, que lucha, que es inconformista. El buey se convierte entonces en león.
            La mirada del poeta se vuelve hacia los que sufren y los que trabajan, especialmente a los niños que han visto robada su infancia (El niño yuntero).
            Es, asimismo, frecuente la alusión a las dos Españas de la guerra, en la línea de Machado: ricos/pobres, opresores/oprimidos (Las manos: manos puras/ manos oscuras y lucientes).
            A raíz de su matrimonio con Josefina Manresa ya no canta tanto el deseo de la amada como a la maternidad, de ahí la imagen del vientre. Miguel Hernández empieza a forjar la figura del hijo, por quien lucha por la paz y por un mundo mejor.
            En El hombre acecha, Miguel Hernández hace suya la máxima Homo homini lupus (“El hombre es un lobo para el hombre” de Plauto, que retomará Hobbes). Los símbolos tienen ahora que ver con la animalización regresiva del hombre a causa de la guerra y del odio (Canción primera). Colmillos, garras, fieras, tigres, lobos, chacales y bestias pueblan ahora los poemas de Miguel Hernández.
            El poeta defiende el progreso basado en el trabajo (tractores), en el amor (manzanas), en la comida (pan) y en la juventud (Rusia).
            Vuelve a aparecer la idea de las dos Españas en El hambre (hambre frente a barrigas satisfechas) y la sangre del Rayo, que sufre un cambio semántico y se convierte ahora en dolor (Son dos los años de sangre). Con el símbolo de la sangre enlaza el del tren, imagen de muerte (El tren de los heridos). También aparecía el símbolo del tren en Mujer con alcuza de Dámaso Alonso. El símbolo del toro sufre en este poemario un cambio semántico, ya que ahora se refiere a la patria.
            La Canción última prepara el camino de su último y póstumo libro: el deseo del poeta de que se acabe la guerra y regrese a la casa con la esposa, lo que recuerda el soneto de Quevedo Miré los muros de la patria mía. El poeta mira ahora esperanzado al futuro (Dejadme la esperanza).
            Finalmente, Cancionero y romancero de ausencias es la mejor muestra de depuración hacia la sencillez, evolución natural en poetas que escriben bajo diferentes estéticas (Cernuda, por ejemplo). Miguel Hernández busca ahora lo esencial, lo sustantivo.
            Leemos poemas dedicados a la muerte del primer hijo con imágenes etéreas e intangibles (ropas con olor) y de frialdad (lechos sin calor). La esperanza renace con la llegada de su segundo hijo, al que dedica la que es probablemente la canción de cuna más triste, las Nanas de la cebolla. En la posguerra el hijo simboliza la pervivencia y la esperanza. La guerra solo queda en el recuerdo, en la sombra, y estos poemas quedan muy lejos de la ideología combativa de los dos poemarios anteriores.
            Recupera para estos poemas la imagen de la carta, que simboliza la tristeza y la ausencia de la amada y las del sexo femenino convertido en materia poética, en la línea de Baudelaire o Neruda (túnel por el que apenas me acerco a tus entrañas).
            El presentimiento de muerte se va haciendo certeza. De ahí la imagen manriqueña del mar, que es el morir. Así se va apagando el que había sufrido tres heridas: la de la vida, la del amor y la de la muerte. En palabras de Neruda en Confieso que he vivido: “El ruiseñor no soportó el cautiverio”.

domingo, 20 de octubre de 2013

Modernismo y 98 (esquema)




Rasgos comunes:

            -Reacción contra la crisis de fin de siglo

            -Espíritu de rebeldía

            -Deseo de cambio

            -Algunos escritores cultivan ambos estilos literarios, por lo que no pueden considerarse movimientos cercanos

            -Renuevan y modernizan la literatura

Diferencias:

98
MODERNISMO
Centrado en España, especialmente en Castilla
Cosmopolitismo: influencias de otros países
Predominio de la prosa
Predominio del verso
Objetivo: analizar la realidad
Objetivo: crear belleza
Interés por temas sociales y políticos
Interés por temas mitológicos y exóticos
Estilo sobrio y austero
Estilo refinado y aristocrático
Escasez de recursos retóricos
Abundancia de recursos retóricos
Recupera localismos y arcaísmos
Inventa neologismos y utiliza cultismos
Precisión y exactitud
Imprecisión y vaguedad


Símbolos del Modernismo:

CISNE: Perfección, belleza, elegancia, sensualidad, poesía
PAVO REAL: Altivez, soberbia, elegancia
MARIPOSA: Libertad, espíritu del poeta
LIBÉLULA: Sueños, imaginación
LO AZUL: Lo infinito, lo ideal, lo etéreo

sábado, 19 de octubre de 2013

Tradición y vanguardia en la poesía de Miguel Hernández




            Los inicios poéticos de Miguel Hernández son los de un aprendiz de poeta que evoluciona hasta convertirse en un “genial epígono”, como lo llamara Dámaso Alonso. Su afición a la lectura de los clásicos, que imitaba en un principio, va dejando huella en su poesía hasta que encuentra su propia voz poética.
            La primera etapa se corresponde con la del pastor-poeta oriolano, observador agudo y perspicaz de su entorno más inmediato, especialmente del paisaje. En estos años Virgilio, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, Góngora y Juan Ramón Jiménez, entre otros, influyen notablemente en el poeta. Miguel Hernández afirma que quien más le influyó hasta 1932 fue Gabriel Miró. También Ramón Sijé le inspira su amor a los clásicos y su militancia católica. Escribe versos de gran sonoridad a la manera de Bécquer, Darío o Vicente Medina.
            De su contacto con el grupo poético del 27 (podríamos decir que Miguel Hernández perteneció al grupo, pero no a la generación) nace su acercamiento a la poesía pura de Jorge Guillén y a los poemas gongorinos de Lorca, Gerardo Diego y Rafael Alberti. Versos endecasílabos en octavas reales con metáforas muy originales encontramos en Perito en lunas (1933), que Juan Cano Ballesta definió como “un titánico esfuerzo por superar su rudeza inicial”. Pedro Salinas se refirió a estos versos como “neogongorismo” que ha bebido directamente del original y de Cal y canto de Rafael Alberti, y a su vez lleno de elementos sensuales. Gerardo Diego los calificó de “acertijos poéticos”. Se podrían relacionar por último, aunque la crítica no insiste demasiado en ello, con las greguerías de Gómez de la Serna, si bien a las metáforas de Miguel Hernández les falta el humor.
            Objetos y escenas cotidianas son vistos por el poeta con iconografía lunar: toro, gallo, sandía, palmera, pozo, noria, cohete. Miguel Hernández se complace en la lenta y compleja observación de los objetos que son deformados estéticamente. Góngora, su maestro, hiperbolizaba esa realidad. Miguel Hernández acude al mundo real para proveerse de material poético.
            Siguiendo los consejos de su amigo Ramón Sijé, se acerca a Calderón y logra asimilar la estructura del auto sacramental en Quién te ha visto y quién te ve, y sombra de lo que eras. En este campo vemos a un Miguel Hernández perfecto conocedor del auto, de la Eucaristía y de la Redención. En 1934 la tragedia española El toro de más aire, de la que publica un par de escenas en la revista “Gallo crisis”, se acerca a la muerte del torero Ignacio Sánchez Mejías. Asimismo, escribe una elegía al torero (Citación fatal), en la que mezcla clasicismo con contenido social, la rebelión del pueblo contra la injusticia (este poema coincide con el levantamiento de los mineros asturianos).
            En El rayo que no cesa (1936), aúna la influencia del amor por contrarios de Quevedo con el dolorido sentir garcilasiano y expresa su pasión de enamorado en magníficos sonetos. Es la expresión de un “desgarro afectivo”, de ahí la presencia de símbolos como cuchillos o rayos.
            Recibe ahora la influencia de Pablo Neruda (Residencia en la tierra) y su ideal de poesía impura, que publica en Caballo verde para la poesía: “Una poesía impura como un traje, como un cuerpo con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, profecías, vigilias, declaraciones de amor y de odio”. Junto a la poesía impura, un erotismo desinhibido. También Vicente Aleixandre dejará huella en estos años con La destrucción o el amor.
            Al poeta le interesa ahora la existencia humana, en concreto la suya. La pasión atormentada impregna sus mejores versos de pena y los llena de rayos, cuchillos o avisperos. Son poemas escritos en un momento de ruptura con Josefina Manresa, en el verano de 1935. Miguel Hernández está en Madrid alternando con los poetas del 27 y con la pintora Maruja Mallo, inspiradora junto a Josefina y María Cegarra de estos poemas.
            A propósito de la celebración del tricentenario de la muerte de Lope de Vega se aprecian en Miguel Hernández influencias del neopopularismo. Siguiendo la huella de Lope escribe el drama El labrador de más aire, utilizando romances y redondillas, con el que pretende recuperar la dignidad del campesino español. Esta obra marca el tránsito entre El rayo que no cesa y Viento del pueblo. Las metáforas surgen del mundo rural: campo, vino, fuente,…
            Con el estallido de la guerra civil su poesía da un giro radical y se convierte en poeta cronista, poeta luchador, que olvida al Miguel Hernández clásico y católico. Producto de esta transformación son dos libros de poesía, Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939), y algunas obras de teatro de corte antiburgués y revolucionario que publicó bajo el título de Teatro en la guerra. Son piezas poco elaboradas y de escaso valor literario, de entre las que destaca Pastor de la muerte.
            En septiembre de 1936 se alista en el quinto regimiento del bando republicano. Miguel Hernández es ahora el poeta-soldado. En Viento del pueblo estamos ante un poeta enraizado en el pueblo, que se hace eco de sus inquietudes con un marcado tono épico-lírico. Los poemas se pueblan de elementos metálicos y de armas, de guerreros medievales y de muerte. El toro es símbolo de fundiciones de hierro y bronce que sirven para matar. Las imágenes son surrealistas, cargadas de irrealidad y de tono social y elegíaco. Los símbolos animales aparecen ahora con fuerza: leones, toros y águilas frente al manso buey, que representan al pueblo en rebelión frente al pueblo manso. El poeta utiliza ahora silvas, cuartetas, sonetos alejandrinos, romances y serventesios de pie quebrado.
            El 19 de octubre de 1938 muere su primer hijo, Manuel Ramón, llamado así por su suegro (guardia civil fusilado) y su amigo Sijé. El 4 de enero de 1939 nace Manuel Miguel, el hijo que le devuelve la ilusión a un Miguel Hernández que ve agravarse el conflicto bélico. De aquí surge El hombre acecha, una visión trágica y desalentada de la vida y de la muerte, de la violencia, de la crueldad, del odio. Predominan ahora los endecasílabos y alejandrinos. El tono es más pesimista que en Viento del pueblo, ya que Miguel Hernández poetiza la idea de que “El hombre es un lobo para el hombre”. El hombre combate contra el tiempo. El hambre ataca a los más pobres, las cárceles se pueblan, los trenes transportan muerte. Y en este clima de podredumbre y de muerte, Miguel Hernández invoca a los poetas para llevar al pueblo un mensaje de unidad, de solidaridad, de justicia y de fe en el ser humano. Sus deseos se concentran en el último poema, titulado “Canción primera”.
            Finalmente, Miguel Hernández hace un periplo por diversas cárceles. De su encarcelamiento surge Cancionero y romancero de ausencias, poemario inédito durante varios años, compuesto de 79 poemas que el autor entregó a su mujer, si bien los editores lograron recopilar algunos más para su publicación.
            Son poemas intimistas y resignados, que alternan episodios de vida y de muerte: muerte del primer hijo, nacimiento del segundo, separación de la amada, dureza de la guerra, condena a muerte. La metáfora se eleva a las cotas más altas de perfección y expresividad. Además, utiliza los paralelismos y las correlaciones por influencia neopopular de Lorca. Hay besos a la mujer amada, esa ausencia y distancia que acrecientan las tres heridas de Miguel Hernández: la de la vida, la del amor y la de la muerte.