miércoles, 14 de enero de 2015

Otelo




Otelo, el moro de Venecia es una obra teatral, en verso y en prosa, de William Shakespeare (1564-1616), quien la escribió hacia 1604. Es una tragedia. Shakespeare escribió Otelo probablemente después de Hamlet. Es posible que la primera representación de la obra tuviera lugar en noviembre de 1604 en el Palacio de Whitehall de Londres. La obra se publicó por primera vez en 1623. Se considera que la versión que conocemos de la obra se basa en esa primera edición y otra de 1630.
El personaje principal, Otelo, se presenta piadosamente a pesar de su raza. Esto era poco habitual en la literatura inglesa en tiempos de Shakespeare, que describía a los moros y otros pueblos de piel oscura como villanos. Shakespeare evita cualquier discusión respecto del Islam en la obra. Esta obra se ha destacado por su gran profundización en la retórica y la tragedia.
La fuente de la obra parece encontrarse en la colección de cuentos de los Hecatómitos de Giraldi (1504-1573), aunque en esta el capitán moro y el alférez carecen de nombre.

La obra consta de cinco actos divididos en escenas: el primer acto tiene tres escenas, situadas en las calles y la sala del Consejo de Venecia; el segundo acto también se divide en tres escenas que discurren en Chipre; el tercer acto se divide en cuatro escenas, localizadas en diferentes lugares del palacio en Chipre; el cuarto acto está compuesto por tres escenas, en el mismo palacio; y el quinto y último acto se divide en dos escenas en una calle de Chipre y en la alcoba del castillo, en la habitación de Otelo y Desdémona.

Los personajes principales que aparecen en la obra son Otelo, el moro valiente y de avanzada edad que está al servicio de Venecia, Desdémona, la bella esposa de Otelo e hija de Brabancio (un respetado senador veneciano), Yago, el alférez de Otelo y Casio, el teniente de Otelo.
Además de los mencionados, la nómina de personajes de cierta importancia en esta obra se completa con el Dux de Venecia (el cargo más alto de la ciudad), Brabancio y su hermano Graciano, Ludovico (que es pariente de los dos anteriores), el caballero veneciano Rodrigo, el anterior gobernador de Chipre, Montano, Emilia (esposa de Yago y sirvienta de Desdémona), y Blanca (que es la enamorada de Casio)
Aparecen también otros personajes de menor importancia, como los senadores, un marinero, un nuncio, un pregonero, alguaciles, músicos, criados, etc.

En el primer acto, Yago habla con Rodrigo, quien confiesa que está enamorado de Desdémona y le reprocha a Yago que sus consejos han sido inútiles para acercarse a su amada. Yago, a su vez, está furioso con Otelo, porque ha nombrado teniente a Casio y no a él. Rodrigo avisa a Brabancio, padre de Desdémona, de que la muchacha se ha escapado con Otelo. Poco después este acude ante el Senado veneciano para recibir el mando de una expedición a Chipre contra los turcos. En ese mismo lugar Brabancio le acusa de seducir engañosamente a su hija, pero Otelo cuenta toda su historia y hace llamar a Desdémona para que declare si no le sigue por su voluntad. Yago, después, incita a Rodrigo a reunir dinero y a seguir a Otelo para conseguir a Desdémona, cuando esta se canse de su "moro", algo que según afirma él es inevitable.
En el segundo acto, ya en Chipre, una tormenta ha destruido la flota turca antes de que los venecianos combatieran contra ella. Yago convence a Rodrigo de que provoque a Casio, que termina hiriendo a Montano. Otelo destituye a Casio como teniente. Yago le convence para que apele a Desdémona para poder recuperar el favor de Otelo.
En el tercer acto, Casio se entrevista con Desdémona. Se está despidiendo cuando llega Otelo y le ve irse. Yago suscita celos en Otelo a propósito de esa visita de Casio. Vuelve Desdémona, y encuentra perplejo a Otelo. Se le cae el pañuelo que le había regalado Otelo, con quien se va. Emilia recoge el pañuelo y se lo entrega a Yago, ya que este se lo había pedido reiteradamente y Yago lo deja caer luego en el cuarto de Casio. Vuelve Otelo, ya comido por los celos. Yago le dice que sus celos están bien fundados, y le promete pruebas. Otelo pedirá el pañuelo perdido a su esposa, creyendo que ella se lo ha regalado a Casio. Como Desdémona no lo tiene, se va furioso. Casio, que tiene el pañuelo de Desdémona (sin saber que es de ella, por haberlo encontrado en su cuarto), se lo da a una mujer con quien tiene amores, Blanca.
En el cuarto acto, Yago aumenta los celos de Otelo con insinuaciones y este sufre un ataque. Yago hace que Otelo se esconda para observar su conversación con Casio, llevada por él ambiguamente. En realidad, hablan acerca de Blanca, pero de modo que Otelo piense que se refiere a Desdémona. Blanca entra entonces y devuelve el pañuelo de Desdémona a Casio. Otelo queda convencido al ver el pañuelo: Yago impide que se incline a la compasión y al perdón, y le incita a estrangular a su esposa. Otelo habla de sus celos con Emilia, quien niega toda culpa por parte de la muchacha. Yago persuade a Rodrigo para que mate a Casio, ya que así no se podrá marchar Otelo. Luego, en una escena entre Emilia y Desdémona, esta canta la famosa canción del sauce, de tristes presagios y acepta su desvelo.
En el quinto acto, Yago acompaña a Rodrigo para que mate a Casio, pero este hiere a Rodrigo, mientras es herido por la espalda por Yago. Entra Otelo y alaba a Yago, creyendo que ha herido a Casio en atención a él mismo y a sus celos. Quedan heridos Casio y Rodrigo. Entra Yago, en camisa, como si se hubiera acostado. Casio le dice que un hombre le ha herido, sin saber que es el mismo Yago quien lo ha hecho. Yago remata a Rodrigo para que no descubra su intriga. Llega Blanca, y se llevan herido a Casio, quien declara no conocer al hombre que le atacó. Ante Emilia, Yago echa la culpa de la pelea a Blanca. En la alcoba de Desdémona, entra Otelo y la despierta. La acusa de infidelidad y, a pesar de sus negativas, la estrangula. Antes de que muera, entra Emilia para contar la riña en que fue herido Casio, pero la interrumpen los gritos finales de Desdémona ("¡injustamente asesinada!... Muero con muerte inocente"), y muere sin acusar a Otelo. Este declara a Emilia haberla matado y explica su motivo, la imaginada infidelidad. Emilia defiende la inocencia de Desdémona y afirma que Yago miente. Cuando Emilia aclara la historia del pañuelo perdido, Yago la mata. Se encuentran unas cartas en el cuerpo de Rodrigo que aclaran cómo fue engañado por Yago para atacar a Casio numerosas veces. Hacen prisionero a Yago y traen a Casio herido para que se aclare todo. Otelo, desesperado, hiere a Yago y se da muerte a sí mismo.


El tema dominante de la tragedia Otelo lo constituyen los celos. Y sobre ellos la obra está hábilmente construida. A pesar de ello, algunos señalan contradicciones en la psicología de los personajes y cierta inconsistencia en la duración de la acción. En primer lugar se señala que desde el desembarco de Desdémona y de Otelo en Chipre hasta la catástrofe final solamente transcurren treinta y seis horas; en cambio, muchas circunstancias requieren que la acción tenga un desarrollo más largo y dure algunas semanas.
Se ha intentado conciliar esa evidente incongruencia, por ejemplo suponiendo que la acusación de Yago contra Desdémona se refiere a una época anterior a su llegada a Chipre, ya que durante esa estancia no habría materialmente tiempo para esos supuestos amoríos. Pero esta explicación se opondría a lo que Yago dice de Desdémona. En el tercer acto la infidelidad de Desdémona se atribuye a un período posterior a la pasión que ella sintió hacia el moro, que había durado hasta poco tiempo antes. Por consiguiente, según las palabras de Yago, la infidelidad habría tenido lugar en una época muy reciente.
Por otra parte, se aprecian contradicciones en los caracteres, ya que Desdémona no parece darse cuenta de que Otelo está muy celoso y recomienda a Casio en el momento menos oportuno. También los demás personajes pueden parecer algo ingenuos por la manera en que se dejan engañar por Yago.
No debemos olvidar, no obstante, que esas confusiones y contradicciones en la psicología de los personajes, y las soluciones de continuidad entre sus caracteres y la manera que tienen de obrar, estaban a la orden del día en el teatro isabelino, en el que salvaban las deformaciones durante la representación. Y precisamente en este aspecto este drama de Shakespeare es uno de los más lúcidos del autor.
Podemos recordar por otra parte la visión de Schlegel, que consideró el drama de Otelo la tragedia de un bárbaro mal asimilado.
Otelo es una tragedia meridional por la pasión que constituye su argumento. Para la mentalidad inglesa y puritana el tema parecería más bien repelente. Pero es una tragedia acuciante y que no da respiro; un hecho de crónica negra que Shakespeare rodea con toda la riqueza verbal y la sutilidad conceptual de su tiempo. Es una tragedia en la que se expresa con fuerza el sentido de una pérdida angustiosa, la ruina espiritual del protagonista y el amor en una dimensión sobrehumana.


sábado, 3 de enero de 2015

El mito de Madame Bovary






En 1995 el Instituto Nobel llevó a cabo una encuesta entre cien escritores de 54 países para seleccionar los cien mejores libros de la Historia. El primer puesto lo ocupó Don Quijote de la Mancha, y el segundo, Madame Bovary del francés Gustav Flaubert (Ruán, 1821-Croisset, 1880), el “buscador de la palabra justa”, pues se observa que corregía y pulía sus escritos de forma que sus manuscritos parecen campos de batalla. Tenía una gran capacidad de autocrítica y aceptaba los consejos de su círculo íntimo, como en el caso de su novela Salambó. Cuando la leyó a sus fieles, estos condenaron su lirismo, su intento de escribir un poema épico en prosa y Flaubert la rehizo por completo.
En 1851 Flaubert viajó por Grecia, Italia, Alemania y Bélgica y comenzó a escribir Madame Bovary, en la que trabajó hasta 1855. Madame Bovary se publicó entre octubre y diciembre de 1856 en seis entregas en La Revue de París. En 1857 fue procesado por ofensa a la moral y tras ser absuelto la novela fue publicada con gran éxito. En 1864 tuvo el “honor” de ser incluída en el Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum (Índice de libros prohibidos), un catálogo de libros perniciosos para los creyentes creado en 1559 por la Inquisición y suspendido en 1966. En él podemos hallar obras como la Vida de Teresa de Jesús, escrita por ella misma, los libros filosóficos de Descartes o Alemania. Un cuento de invierno de Heine y autores como Erasmo de Rotterdam, Balzac o Giordano Bruno, defensor de las ideas copernicanas, quien el 17 de febrero de 1600, con motivo del Jubileo, fue quemado en la hoguera en el Campo de Fiori de Roma por hereje. Aunque con notable retraso, en el Jubileo del año 2000 el Papa Juan Pablo II levantó la condena y pidió perdón.
El argumento de la obra es muy conocido. Charles Bovary, modesto médico de pueblo, se ha casado con Emma, hija de un agricultor acomodado, educada como una señorita de convento, con la cabeza llena de lecturas y sueños románticos. El enamorado marido y la sencillez de su vida no satisfacen a su mujer, a quien no llena ni siquiera el nacimiento de su hija Berta. Un pasante de notario, León, despierta su interés; al principio, ella se resiste, pero al marcharse del pueblo le deja cierta inquietud. Esta última circunstancia es aprovechada por un seductor de provincias, Rodolphe, quien  la conquistará fácilmente. Con él se inicia en el amor tan ansiado, haciéndole creer que se ha realizado su sueño. Piensa en escaparse con su amante, pero este, asustado, la abandona en el último momento. Emma cae en una enfermedad nerviosa hasta el borde de la muerte; una vez repuesta pasa por una crisis de misticismo. Volverá a encontrarse con León (ahora más atrevido), y se entregará a él de forma ruinosa. Esta aventura será sensual en extremo, pero fundamentada en continuas mentiras. Abocada en el lujo, va endeudándose cada vez más a espaldas de su marido, por los préstamos de un usurero sin escrúpulos. Desesperada, acude a León y a Rodolphe, para finalmente precipitarse en el suicidio con la ingesta de arsénico. Enterado Charles de sus desmanes, la perdona, ya que la ama a pesar de todo. Charles fallece al año. La hija queda huérfana, y es acogida por una tía para ser empleada como hilandera: “Como la tía es pobre, la manda, para que se gane la vida, a trabajar en una hilatura de algodón”, lo que supone un terrible castigo por los pecados de la madre.
La obra está estructurada en tres partes, de nueve, quince y once capítulos.
Dos son los temas principales que aparecen en la obra: la infidelidad de Emma, que no encuentra en su matrimonio lo que busca, y el remordimiento, la culpa y la frustración que siente por ser infiel a su esposo; y la ambición de poder y fama, ya que en la novela existen muchos personajes que sueñan y tienen como objetivo convertirse en alguien importante y con mucho dinero. Esta clase de personas, que pertenecen a la burguesía de la época, luchan incansablemente por este anhelo. Es tal su obsesión que no les importan las consecuencias y daños que puedan producir para conseguir ese objetivo, cometiendo así actos de gran frialdad. 
Uno de los personajes que reencarna esta ambición es Emma, quien desea que Charles se haga un médico famoso no porque lo ame, sino porque ella quiere ser reconocida en toda Francia. Para ello ella utiliza a Hyppolyte, sin importarle lo que pueda pasarle. Al morirse el padre de Charles, Emma no se interesa por la triste situación, solo le preocupa la herencia que pueda dejar a Charles. Anhela una vida junto a las personas más relevantes y famosas de Francia, lo que queda demostrado al maravillarse con las personas que acuden al castillo de Vaubyessard. Por último, la causa de su muerte es la consecuencia de estar en una situación económica muy delicada. Al ver que no encuentra una solución para evitar un juicio por endeudamiento, Emma termina por quitarse la vida, evidenciando así que su vida giraba en torno a ser rica e importante. Lleureux, el comerciante, también retrata a la ambición por el poder lucrativo. En su afán de obtener dinero, ofrece productos para venderlos de cualquier manera. Sus clientes se endeudan cada vez más con él, teniendo que pagarle intereses. 
Madame Bovary es un vehículo para expresar el desprecio que sentía Flaubert por su época, en la que observaba una trivialización general de la vida en Francia.
Respecto al estilo y lenguaje de la obra, excepto el principio que está escrito en primera persona por un alumno de una escuela que describe la llegada de un nuevo alumno a clase, el resto está escrito en tercera persona. El narrador es omnisciente, lo que es característico de la novela realista.
Flaubert era un maestro de la perfección descriptiva. El lenguaje cumple un papel vertebrador en esta novela. Flaubert trabajaba con las palabras como un afanado escultor, enmendaba, enriquecía y expandía incesantemente lo escrito hasta asegurarse de haber logrado el efecto esperado. El lenguaje define y construye a cada personaje. El estilo que predomina en Madame Bovary es el indirecto. El narrador se caracteriza por hacer largas y minuciosas descripciones de los ambientes en donde transcurren los hechos y de los sentimientos y acciones de los personajes. Existe también un tipo de lenguaje para cada estrato social en la novela. Hay grandes diferencias en el vocabulario empleado por la gente del pueblo (Posadera, Justin, Félicité) y el lenguaje de la burguesía. Por otra parte, el narrador utiliza la técnica del flash back para recuerdos de épocas felices de los personajes, de manera que sirve para mostrar el anhelo de volver a ella porque su existencia en el momento actual es desdichada. 
Madame Bovary es una de las mayores creaciones de la literatura moderna, convertida pronto en personaje recurrente. Es la historia de una pobre adúltera provinciana, que se ve arrastrada al suicidio, pero esta idea se amplifica y se prolonga hasta convertirse en la historia del alma humana afanada tras un ideal soñado, al que la realidad no puede equipararse nunca. Como Don Quijote, Emma Bovary, exaltada por las lecturas de novelas románticas, quiere vivir su sueño, pero no consigue superar la pobre realidad cotidiana, y todos los intentos por realizar su ideal solo llegan al adulterio, con sus consecuencias inevitablemente vulgares. Su fracaso aparece bajo la mirada de quien, aun condenando el mal, siente su belleza. “Madame Bovary soy yo”, declaraba Flaubert. Para muchos representa los inicios de los intentos de la mujer en su emancipación en el siglo XIX. No será una nueva Juana de Arco, el modelo ideal de una heroína épica, sino que su perfil resquebrajado y volátil le hace sucumbir en su propia destrucción, como en una tragedia clásica. Sin embargo ahora no es el destino insondable el que actúa, sino que son los pequeños aconteceres diarios con su monótona sordidez los que contribuyen a su perdición. El tema del adulterio es bastante antiguo y pertenece al anecdotario de la tradición semita, presente en la Biblia y otros libros sagrados como una trasgresión moral  (David es amante de Betsabé, la esposa de Urías; la mujer adúltera era lapidada; el islam aún hoy lo penaliza), o como refleja el teatro del Siglo de Oro, en la figura de santa Teodora, se ve como un pecado capital (por ejemplo, en la comedia de Moreto La adúltera penitente). Frente a ello, en la nueva moral de la Ilustración, aparecerá ensalzado en Las amistades peligrosas (1782) de Laclos,  o idealizado en Rojo y negro de Stendhal. Madame de La Fayette también escribió sobre el tema en la que es considerada por algunos críticos la primera novela francesa moderna (La princesa de Cleves). Pero el planteamiento desde la segunda mitad del siglo XIX es diferente: Madame Bovary de Flaubert no trata de mostrar el caso ejemplar de la mujer pecadora y/o arrepentida, sino cómo la mujer casada padece el desencanto vital en un ambiente que no la satisface.
 Partiendo de esta figura, Julio Gautier creó la teoría del “bovarysmo”, la tendencia y la actitud de concebirse y concebir las cosas de un modo distinto de como son en realidad. Este es el instinto profundo del progreso, pero en seres sin personalidad enérgica y con débil cultura puede conducir a la mísera tragedia de Emma. Para otros, el “bovarismo” es una forma especial de quijotismo, ya que ambos, Don Quijote y Emma, nacen del afán de gloria, de la necesidad de ser protagonistas de hechos importantes, lejos de la vulgar existencia cotidiana. Lo que los diferencia es que el caballero persigue un ideal colectivo, virtuoso y noble, con un final feliz, mientras que Emma vive obsesionada por su propia felicidad, centrada en la falsa gloria del adulterio con un horrible desenlace.
Con todos los significados con los que partía, así como con todos los que se le han añadido después, el personaje de Madame Bovary sigue vivo y rebosante de verdad y de dolor. Es la mujer de su tiempo, aún romántico: una pequeña heroína al tipo de George Sand (parecidas más por su vida que por su obra, ya que tuvo varios amantes haciendo gala de independencia y de un nuevo concepto de la mujer, lejos de la figura tradicional de esposa y de madre), con el encanto del estilo y la desolada catástrofe que supo narrar Flaubert. Y, sin embargo, aunque Madame Bovary es una mujer de su época, sus inquietudes y ansiedades se corresponden con los anhelos inconfesables del ser insatisfecho de todos los tiempos. “Mi pobre Madame. Bovary sufre y llora en este mismo momento en veinte ciudades de Francia”, decía su autor. El subtítulo de la novela (Costumbres provincianas) hizo creer a algunos que la crítica era realmente contra un lugar concreto, cuando la intención era más amplia: contra la vulgaridad y la mediocridad burguesas, cuya mezquindad pone en evidencia el autor en el personaje del boticario, Homais.
Tal vez el personaje de Emma como tipo existiera antes de Flaubert, pero fue él quien hizo de ella una figura profunda y relevante de la femineidad más común. Por ello volverá a aparecer en tantas otras mujeres de ficción, para mostrar su eterna verdad y las insondables carencias de su tragedia corriente. La historia de Emma es universal porque es real. Flaubert trata un tema de todos los tiempos: el triste destino del ser que cree liberarse de la humana miseria tomando su sueño por una realidad.

Si nos situamos en el terreno de la literatura relacionada con el mito de Madame Bovary, debemos recordar una vez más que se ha comparado Madame Bovary con Don Quijote. Emma Bovary idealiza el amor y don Quijote idealiza la vida. También en las dos novelas hay dos personajes antagonistas: el farmacéutico Hosmais y Sancho Panza. Pero la primera huella literaria de la obra de Flaubert fue de Dostoievski, quien se inspiró en Madame Bovary para su Eterno marido (1870), donde el escritor ruso trata del adulterio descubierto por el marido después de morir la mujer, con las consecuencias que ese descubrimiento lleva consigo. Comparten ambas obras la idea de que al adulterio le sigue la expiación. La diferencia está en que el enfoque de Dostoievsky se desplaza hacia los efectos del adulterio y no se recrea en él, como hace Flaubert. 
 Más importante es la novela Ana Karenina (1877) del ruso León Tolstoi. Ana Karenina pierde la felicidad aparente de su hogar al conocer al joven Vronski. Ahora se ofrece una perspectiva moral, ya que Tolstoi nos ofrece el destino trágico de la joven aristócrata, casada con un hombre mayor que ella y cómo va derrumbándose. Ni los hijos consiguen llenar el vacío de su existencia insatisfecha. Enamorada profundamente del joven militar y tras su abandono, al no poder mantener la relación en una sociedad encorsetada y tradicional, pone fin a su vida arrojándose a las vías del tren.
 El primo Basilio del portugués Eça de Queirós (1878) es otra novela realista que aborda el tema del adulterio cometido por una joven, Luisa, casada con un arquitecto que no la ama. Pasa la mayor parte del tiempo sola y hastiada de su existencia provinciana, así que establece relaciones con su primo Basilio. El asunto cae en conocimiento de Juliana, criada que se aprovecha de la situación mediante el chantaje doméstico. El marido se entera de su infidelidad, por lo que ella enferma y cae en un estado lamentable, sin posible recuperación. Esta novela representa la vida falsa e inmoral de la burguesía lisboeta de su época.
 La segunda gran interpretación del personaje la tenemos en La Regenta de Clarín (1884). La protagonista de la novela, Ana Ozores, comparte con Emma las circunstancias vitales (es joven, está casada con un marido que no la satisface, vive en un ambiente provinciano,…), también el sentimiento de continua insatisfacción y el adulterio. Clarín leyó la obra de Flaubert y supo recrear su propio mundo novelesco en torno a la mujer del Regente, la ciudad de Vetusta y el Magistral Fermín de Pas. En ambas hay influencia de su infancia, de su educación y de sus lecturas. Como Emma, Ana pasa su niñez en un convento, con un padre extravagante, una gobernanta amoral y unas tías viejas. Pero el personaje de Ana Ozores resulta más complejo, variado y con una mayor riqueza de matices que el de Emma. La vulgaridad y el hastío de la vida de pueblo aparecen en las dos novelas. Clarín quiso ir más allá que Flaubert, pues era consciente del valor sociológico de la historia.
“La adúltera” del alemán Theodor Fontane (1882) completa el cuadro de los tipos que el realismo consagró en torno al personaje de la mujer infiel. El título proviene de un cuadro de Tintoretto (Cristo y la mujer adúltera). Ambientada, como la mayor parte de la obra de Fontane, en el Berlín de la segunda mitad del siglo XIX, La adúltera es una de las grandes “novelas de mujeres” de su autor. Melanie de Caproux, descendiente de una familia de la nobleza suiza, está en apariencia felizmente casada con el acaudalado consejero comercial Van der Straaten, muchos años mayor que ella. Cuando en su vida aparece el joven Ebenezer Rubehn, Melanie no puede evitar comparar los refinados modales y la cultura de este con los de su rudo marido. Lentamente, su creciente inclinación hacia Rubehn la empuja al divorcio, que en aquella época traía aparejado el rechazo de la sociedad y de los propios hijos. A partir de esta historia, Fontane traza el retrato de una mujer que es capaz de descubrir en su cómoda y convencional existencia burguesa una gran trampa vital y que se decide a dar el paso que la alejará de esa sociedad “para rehacerse a sí misma” y desprenderse así del “sentimiento mezquino que va asociado a toda mentira”.
            Podemos mencionar también la obra de teatro que José Martí escribió durante su primer destierro de Cuba en España, entre 1871 y 1875. Se titulaba Adúltera y en ella el autor cubano retrataba a la especie humana a través de personajes alegóricos.
En las novelas decimonónicas, el adulterio es en general producto de una sociedad que alienta unas aspiraciones difícilmente plenas; las vanas ilusiones de la burguesía chocan con el pobre ambiente provinciano. La mujer que busca su liberación se comporta  como un caso anómalo. Posteriormente, estas obras analizan el caso de la mujer adúltera en una sociedad hipócrita que consiente las relaciones fuera del matrimonio siempre que permanezcan ocultas.
Ya en el siglo XX, D.H.Lawrence escribe su novela El amante de lady Chatterley (1928). La obra causó escándalo y fue prohibida, debido a las escenas donde se describen relaciones sexuales de manera explícita. La heroína de la novela es Constance, casada con un hombre de clase alta (sir Clifford Chatterley), parapléjico a raíz de una lesión en la guerra. Además de ello, el esposo no era cariñoso con ella, lo que produce un alejamiento en la pareja. Constance Chatterley mantiene un romance con Oliver Mellors, el guardabosques de la mansión familiar (es decir, un hombre de la clase obrera), debido a su frustración sexual.
Por último, hay que recordar la presencia de este tema en la novela romántica o “rosa”, que tiene sus raíces en la novela sentimental del XIX, y que en el siglo XXI continúa dando sus frutos, dentro de la llamada  “literatura para mujeres”, repleta de los tópicos de la feminidad más arquetípica (mujer cenicienta, o bella durmiente, cuya meta en la vida es el amor), que explota la fuerza de los sentimientos con técnicas fáciles de composición.
 
En Psicología se ha acuñado el término bovarismo (a partir de la teoría de Julio Gautier que mencionábamos) como el estado de insatisfacción crónica de una persona, producido por el contraste entre sus ilusiones y aspiraciones (a menudo desproporcionadas respecto a sus propias posibilidades) y la realidad, que suele frustrarlas. Alguien ha dicho que el bovarismo es estar enamorado del amor porque idealizas el amor.

            En el terreno artístico, encontramos principalmente la obra de Albert Fourié, La muerte de Madame Bovary (1883), que se centra en el final de Emma y en el dolor de su esposo:


Tanto Albert Fourié como Alfred de Richemont, ilustraron ediciones de Madame Bovary:


            Joan Vilagrau realizó en 1962 un retrato de Madame Bovary:
 

            En el terreno musical destacan una ópera, un drama lírico, dos musicales, además de las distintas bandas sonoras de las adapataciones cinematográficas de la novela.
           Madame Bovary es una ópera en tres actos con libreto de René Fauchois (1882- 1962) y música de Emmanuel Bondeville (1898-1987). Fue estrenada el 1 de junio de 1951 en la Opéra-Comique de Paris.
También titulado Madame Bovary es el drama lírico en tres actos y ocho cuadros, con libreto de Vittorio Viviani y Guido Pannain (Nápoles, 1891-1977) y música de este. Fue estrenada en el Teatro de San Carlos de Nápoles el 16 de abril de 1955.
Paul Dick realizó el musical Madame Bovary, que adaptaba la novela de Flaubert, en 2007 (en Broadway se mantenía en cartel en 2013).
El musical The Bovary Tale, con música de Anne Freier y libreto de Laura Steel, fue estrenado en septiembre de 2009 en Londres en el Gatehouse Theatre, Highgate Village.
Entre las bandas sonoras de las películas que se han realizado sobre la figura de Madame Bovary (con obras de Darius Milhaud o Matthieu Chabrol) podríamos destacar la música del compositor húngaro Miklos Rosza (1907-1995).

            En el terreno cinematográfico encontramos numerosas adaptaciones de la obra de Flaubert.
            De 1933 es la película francesa Madame Bovary, dirigida por Jean Renoir e interpretada por Alice Tissot y Daniel Lecourtois.


            En 1937 el cineasta alemán Gerhard Lamprecht dirigió una versión de la novela con Pola Neri y Ferdinan Marian.


            La Madame Bovary de 1947 es una película argentina dirigida por Carlos Schlieper.


            Pero una de las versiones más relevantes de la novela es la película americana Madame Bovary, de 1949, dirigida por Vincente Minnelli e interpretada por Van Heflin, Louis Jourdan, Jennifer Jones y James Mason.


            En 1970, La hija de Ryan, dirigida por David Lean supone una adaptación parcial de la novela de Flaubert.
En 1977 hubo una película sobre el mismo personaje dirigida por el director polaco Zbigniew Kaminski, de corte erótico, al igual que otra adaptación anterior, de 1969 (El pecado de Madame Bovary), realizada por Hans Schott-Schöbinger.
Otra de las versiones más destacadas de este mito es la película francesa Madame Bovary, de 1991, dirigida por Claude Chabrol e interpretada por Isabelle Huppert:


Por último, destacaremos la película del director hispano-mexicano Arturo Ripstein, titulada también Madame Bovary, que fue estrenada en 2011.
Madame Bovary ha sido versionada también en series de televisión, en diversos países europeos desde 1953. La última de estas versiones fue dirigida en 2000 por Tim Fywell y fue una producción de la BBC.
           


viernes, 2 de enero de 2015

La épica medieval (ciclo artúrico, cantares de gesta, poemas caballerescos)




            Durante la Edad Media (476-1453) hubo continuas luchas y cambios sociales. En Europa se instala el feudalismo, un régimen basado en la desigualdad. Con respecto a la cultura, solo los monjes en los monasterios custodian, reproducen y estudian los restos del antiguo saber, casi todos escritos en latín. Por otra parte, en esta etapa nacen las lenguas germánicas y románicas y se desarrollan las diversas literaturas nacionales.
            Debemos distinguir entre la literatura oral (cantares de gesta, lírica tradicional, representaciones teatrales) que surgen entre el pueblo y que se expresa en las lenguas romances; y la literatura escrita en esas lenguas románicas, a partir de los siglos XIV y XV, que permite que se consoliden las literaturas nacionales.
            Los géneros literarios son los mismos que existían en las literaturas clásicas (épico, lírico y dramático), pero reinventados.
            En la Edad Media, cada género se relaciona con uno de los estamentos en que está dividida la sociedad:
-         Los cantares de gesta recogen los ideales de la primitiva nobleza. Más tarde, al convertirse en nobleza cortesana, aparecerán los poemas caballerescos, que son relatos fantásticos que transmiten su idea del mundo y de la vida.
-         La iglesia optará por una literatura moral y religiosa.
-         La burguesía plasmará su espíritu práctico en relatos humorísticos y satíricos en prosa.
-         El pueblo llano creará cancioncillas líricas.
            Un rasgo que caracteriza la literatura medieval es la sustitución de los mitos por las leyendas a la hora de tomar temas y argumentos. Se combinan personajes y acontecimientos auténticos con otros que no lo son. Pero las leyendas no se refieren a tiempos primigenios y no intentan responder a los grandes interrogantes del ser humano. Formaron primero parte de la literatura oral y luego se adaptaron a la escrita en forma de poemas épicos, romances o relatos en prosa. Sus protagonistas podían ser héroes (como el Cid, Roldán o el rey Arturo) o santos.
            En la Edad Media europea se cultivan principalmente cuatro géneros literarios:
-         La poesía épica, con los cantares de gesta, que se basan en antiguas leyendas germanas, y los poemas caballerescos, que giran en torno a la corte del rey Arturo.
-         La poesía lírica, cuyas primeras manifestaciones son fruto de situaciones sociales concretas (como las jarchas mozárabes y las canciones provenzales).
-         El teatro, religioso o profano, que nacerá de las festividades religiosas de las ceremonias cristianas.
-         La narración (fábulas, apólogos, cuentos o ejemplos) que recogen tradiciones orientales principalmente.

            En esta época encontramos, dentro de la literatura épica, dos formas: los cantares de gesta y los poemas caballerescos.

Cantares de gesta

            Eran largos poemas que contaban hechos gloriosos del pasado. El pueblo, que no sabía leer, aprendía así la historia fabulada de su país y se enteraba de los acontecimientos más importantes. La transmisión oral, a cargo de los juglares, permitía añadir, quitar o reelaborar pasajes de acuerdo con el gusto del público. Cabe considerarlas, por tanto, creaciones colectivas. Sobre un fondo histórico, a veces muy leve, se sobreponía la ficción literaria.
            Los cantares de gesta más importantes son Los Nibelungos en Alemania, la Canción de Roldán en Francia, y el Cantar de Mío Cid en España. Todos ellos datan de entre los siglos XI a XIII.

Los Nibelungos

La leyenda de los Nibelungos y de Sigfrido es la creación más importante de la epopeya germánica, y, gracias a la ópera de Wagner, es universalmente conocida.
Sigfrido, invulnerable por haberse bañado en la sangre de un dragón (excepto en una parte de la espalda que le cubrió una hoja), se enamora de la princesa Crimilda. El rey Gunter, hermano de esta, le pide que le ayude a conquistar a la reina Brunilda, quien sometía a sus pretendientes a duras pruebas físicas. Sigfrido se hace invisible y ayuda a Gunter, que vence a Brunilda, por lo que acaban celebrándose las dos bodas. Años después, durante una discusión, Crimilda descubre a Brunilda el engaño de que fue objeto. Ella se venga haciendo que el guerrero Hagen hiera a Sigfrido en su punto vulnerable y lo mate. Años después, Gunter y Hagen visitan la corte de los hunos donde vive Crimilda, que se ha casado con Atila. Sufren una emboscada donde mueren varios guerreros. También Crimilda muere, tras decapitar a Gunter y Hagen.
Los núcleos originarios de esta leyenda derivan de tradiciones mitológicas, que adquirieron la primera forma literaria en edda (composiciones narrativas breves de carácter didáctico) creadas a partir del siglo VIII, transmitidas oralmente y escritas en el XII o el XIII. Esta labor, realizada en Islandia, Groenlandia y Noruega, se basa en temas legendarios sobre Sigfrido (Sigurdh en los textos nórdicos), y en leyendas sobre la figura de Gunter, trasunto del histórico Gundakar, rey burgundio que en 437 fue vencido por los hunos. Por otra parte, el tema legendario de Sigfrido es independiente en estas versiones del tema de los Nibelungos, y ambos se unirán por tener personajes y escenarios comunes.
Entre 1160 y 1170 esta leyenda es narrada en verso por un poeta austriaco que titula su poema La ruina de los Nibelungos, fase literaria intermedia entre los cantares de los edda y el Cantar de los Nibelungos. Este poema fue escrito entre los años 1200 y 1205, y es la reelaboración de la materia legendaria con unos nueve mil quinientos versos distribuidos en treinta y nueve cantos, estructurada para dotarla de unidad y homogeneidad y amoldada a los gustos refinados de las cortes, en la que se introducía la moda de los cantares de gesta, de las novelas y de la lírica románica.
Los Nibelungos desarrollan la trama con innovaciones. La más importante es la interpretación favorable de Atila y los hunos, presentados como pacíficos y justos, siendo así que el personaje de Crimilda corresponde, según una antiquísima tradición, a la histórica princesa Hildiko, la cual, para vengar a los germanos, se habría casado con Atila y lo habría asesinado en la noche de bodas. Por otro lado, en la antigua versión nórdica Sigfrido, antes de conocer a Gunter, había realizado un viaje a Islandia y había salido victorioso de las pruebas impuestas por Brunilda, lo que da más intensidad al posterior odio de esta.
El autor del Cantar de los Nibelungos combinó varias tradiciones, que fue amoldando a la estructura y ordenación del poema, donde el concepto de la venganza, personificado en Crimilda, adquiere un patetismo heroico y una implacabilidad obsesionante. Crimilda es, de hecho, la figura central del poema: delicada, tierna e ingenua en su juventud, mientras vive Sigfrido; brutal y sanguinaria en su madurez y empeñada en el duelo con Hagen, que no cesará hasta que ella colme sus deseos de venganza. Quien leyera escenas aisladas del principio y del final de los Nibelungos creería que se trata de dos figuras distintas; pero cuando se sigue el poema se advierte que el autor ha hecho que tal transformación sea natural, matizada con rasgos que justifican la evolución del carácter. La escena de la discusión entre Crimilda y Brunilda es un acierto en la captación de la psicología femenina.
El anónimo manifiesta su espíritu cortesano, y, a pesar de la sencillez de su estilo, su arte es refinado y culto, como indica la estrofa de cuatro versos largos con dos rimas, lo que da al poema una perfección y una regularidad formales que no encontramos en los cantares de gesta románicos.
El poema alemán fue objeto de nuevas adaptaciones en la Edad Media y en el Renacimiento, y su influjo se deja notar en algunos cantares de gesta franceses tardíos y en la leyenda castellana del cerco de Zamora, donde la muerte del rey don Sancho a manos de Bellido Dolfos parece inspirada en la de Sigfrido por Hagen. También influyó en Los siete infantes de Lara, que no se conserva.

Cantar de Roldán

La más antigua de las conservadas y la más bella de las gestas francesas es el Cantar de Roldán (la Chanson de Roland, nombre dado modernamente a la obra, sin título en el manuscrito original), que conocemos a partir de un texto de entre 1087 y 1095.
            Cuenta un ataque de los vascos a la retaguardia del ejército de Carlomagno en el valle pirenaico de Roncesvalles. El suceso histórico es del año 778, el Cantar de tres siglos después. Antes de este, circularon narraciones orales. La acción se estructura en cuatro partes: traición de Ganelón, derrota y muerte de Roldán, victoria de Carlomagno y castigo de Ganelón.
La gesta narra los acontecimientos históricos, pero deformados de tal manera que queda un relato profundamente novelizado, con exageraciones y personajes históricos que nada tuvieron que ver con la batalla de los Pirineos, y que da una visión inexacta de España y del mundo musulmán. Lo que fue una imprevisión estratégica se convierte en el drama de una pasión surgida de la pugna entre Roldán y su padrastro Ganelón, que condiciona la traición por parte de este; y vemos que el desastre militar es vengado en una batalla que a orillas del Ebro mantienen Carlomagno y el emir Baligán, señor feudal del reyezuelo de Zaragoza, que ha acudido desde Egipto para ayudarlo; vemos también que la traición es castigada tras un proceso y un combate judicial a que es sometido Ganelón, a quien se condena a morir descuartizado.
La deformación legendaria ya se hace patente en el proemio del Cantar, en que habla de Carlos como emperador. Carlos, rey de los francos, no fue emperador ni denominado Carlomagno hasta la coronación de las Navidades del año 800. Los errores de bulto vienen inmediatamente: Carlos no estuvo aquí siete años, sino tres meses; no conquistó toda España, sino que dominó pasajeramente la ruta de Roncesvalles-Pamplona-Tudela y Zaragoza, ciudad que no está en una montaña, sino en llano. Es incongruente que un rey moro se llame Marsilie (tomado del nombre latino Marcilius) y más que no ame a Dios (Alá). Se afirma que los moros adoran a ídolos, contra los preceptos del Corán, y se imagina una trinidad mahometana, en la que se cuentan la divinidad de la mitología latina Apolo y un inexplicable Tervagán. Este es el «tono» del Cantar de Roldán, donde el residuo histórico queda ahogado por la fantasía, aunque esto no supone una interpretación negativa del cantar francés. Tanto él como sus derivaciones, imitaciones y traducciones a otras lenguas ofrecieron a Europa una versión errónea de la expedición de Carlomagno y de lo que fue la reconquista española, y no faltaron, en la Edad Media, eruditos españoles que protestaran con acritud, así como leyendas, como la de Bernardo el Carpio, que opusieron otras fantasías «nacionalistas» a las fantasías francesas. Pero el Cantar de Roldán es una gesta de extraordinaria belleza.
Debemos recordar la elaboración de esta obra de arte. Hacia el año 1000 existía un primitivo Cantar de Roldán, tan divulgado y celebrado que en gran parte de la Europa románica aparecen parejas de hermanos llamados Roldán y Oliveros, lo que supone que sus familiares sentían entusiasmo por un relato en el que estos dos personajes eran admirados por su valor. Es posible que este primitivo Cantar de Roldán únicamente se divulgara mediante el recitado. Entre 1054 y 1076 un monje de San Millán de la Cogolla, en la Rioja, copiaba en un manuscrito una síntesis de un Cantar de Roldán en versión castellana; y el 14 de octubre de 1066, cuando en la batalla de Hastings Guillermo el Bastardo, duque de Normandía, vencía a los anglosajones, antes de iniciarse la acción un juglar llamado Taillefer entonó versos del Cantar de Roldán para enardecer a los que iban a luchar. Nada podemos saber del contenido, de la extensión ni del estilo de estas gestas sobre Roncesvalles que se conocían en la Rioja.
Los normandos establecidos en Inglaterra conservaron la gesta sobre Roncesvalles. Unos treinta años después de la conquista, un clérigo que se llamaba Turoldus llevó a cabo la refundición del Cantar de Roldán que hoy leemos según el manuscrito de Oxford. Turoldus no es el creador de la gesta, la recogió de la tradición y la redactó, la estructuró a su modo y le dio notas eruditas, como corresponde a un culto hombre de Iglesia. Turoldus refundió ente los años 1087 y 1095 el Cantar para proporcionar a los juglares de su entorno o a su servicio un libreto para que aprendieran una versión que suponía más bella y más moderna que la que cantó Taillefer al poner los pies en tierra inglesa y la hicieran conocer mediante el recitado o el canto.
En el Cantar de Roldán se considera magnífico el trazado de los personajes. La ordenación episódica del Cantar obedece a una simetría calculada, ya que unas partes de la gesta corresponden equilibradamente a otras. Los jerarquizados conceptos feudales contribuyeron al logro de esta armónica estructura. El público medieval comprendía que al ser muerto Roldán en Roncesvalles, a consecuencia de una traición y luchando contra el reyezuelo sarraceno de Zaragoza, no podía vengarlo en él Carlomagno, jefe supremo de la Cristiandad, sino que tenia que hacerlo en Baligán, emir de todos los sarracenos, único ser en la tierra digno de oponerse al emperador. De ahí el episodio de Baligán, en el cual el emperador cristiano lucha contra el emir y lo vence, porque tiene la razón de su parte, y la lucha entre ambos es un combate judicial, en el cual Dios da la victoria al que defiende lo justo, concepto definido con un verso lapidario: «La injusticia es de los paganos y de los cristianos la razón.».
El juglar está compenetrado con estas ideas de jerarquía feudal y acepta la manifestación de la justicia por medios sobrenaturales, lo que le sirve para conseguir inspirar a los caballeros que puedan oír sus versos el afán de combatir contra los enemigos de la fe, en la confianza de que, siendo la causa justa, Dios la hará suya.
Los personajes que intervienen en el Cantar de Roldán constituyen una gran comparsería de guerreros de ambos bandos, a veces de aparición fugaz. La gesta menciona a cincuenta y seis personajes cristianos y a cincuenta y seis personajes sarracenos, lo que supone cierta intención de proporcionalidad. Carlomagno aparece muy anciano (los paganos, exageradamente, creen que tiene más de doscientos años), de larga barba blanca que se mesa al reflexionar, de cuerpo muy vigoroso y de porte altivo, y Dios lo protege como el señor a su vasallo, y lo auxilia y aconseja en momento de peligro o de vacilación por medio del arcángel San Gabriel. Es poco locuaz, medita sus decisiones y ama tiernamente a los que componen su consejo. Su hieratismo se quiebra cuando, al final del cantar, tras siete años de campaña militar en España, de haber derrotado a las fuerzas de Baligán y de haber castigado a Ganelón, y al disponerse a gozar de reposo en su palacio de Aquisgrán, se le aparece San Gabriel y le ordena que reúna nuevamente sus huestes y parta a defender a un rey cristiano que está sitiado por los musulmanes. Y el cantar se acaba así: «El emperador no quisiera ir: "¡Dios!, -dijo el rey-, ¡qué trabajosa es mi vida!" Sus ojos lloran, tira de su barba blanca.» El Cantar de Roldán cierra la acción con un verso que recuerda el primero conservado del Cantar del Cid: «De los sus ojos tan fuertemientre llorando», aplicado a Ruy Diaz de Vivar.
Roldán es un personaje maravillosamente pintado. Nadie lo supera en valentía ni en fuerza física, pero es temerario: ama el peligro, y en él perece. Su testarudez al negarse a sonar el olifante para pedir auxilio a la hueste de Carlomagno, cuando se ve atacado por fuerzas superiores, parece una fanfarronada. Pero ello procede de su orgullo, pues le parecería vergonzoso pedir socorro, lo que cree que supondría deshonor para él, para su linaje e incluso para Francia. Sabiendo que él y todos los suyos han de morir, lucha y al final hace sonar el olifante para que acuda Carlomagno y, hallando muertos a él y a sus compañeros, sea testigo de su heroísmo. Roldán es un muchacho belicoso, altivo, que interrumpe los consejos imperiales con bravatas y carcajadas y que comete actos de indisciplina militar, como cuando conquistó Nobles sin autorización del emperador. El acierto del Cantar de Roldán es no haber presentado a su héroe como un dechado de virtudes o un paradigma de la caballería, sino como un ser desmesurado y cuyas fanfarronadas son expuestas con simpatía.
Oliveros es el contraste o complemento de Roldán. Es valiente y fuerte, pero es disciplinado, discreto y prudente, y su mayor virtud es la mesura. En los diálogos entre ellos, en plena batalla, unas veces discutiendo, otras animándose y preparándose para morir, hallamos las escenas más emocionantes de la gesta.
El traidor Ganelón, padrastro de Roldán, es una figura acertadamente diseñada. No es un personaje repugnante y dechado de todos los defectos y vicios, como lo presentaría una concepción más popular. La gesta hace de él un hombre de gran prestancia física y que viste con elegancia. Tiene un corazón tierno (como le reprocha Carlomagno), y se acuerda con afecto y dulzura de su mujer y de su hijo, que han quedado en Francia (esta es una nota sentimental que no se advierte en ningún otro guerrero franco). Pero Ganelón es ofendido por los desplantes de Roldán y se propone vengarse. El afán de venganza y el odio a su hijastro llevan a Ganelón a la traición al confabularse con los moros de Zaragoza. Acepta presentes del enemigo y trama la perdición de la retaguardia franca para satisfacer sus deseos de venganza. En el juicio de Aquisgrán sostiene que lo que ha hecho es vengarse de las injurias de Roldán, pero que no ha cometido traición, de modo que los jueces fallan que no encuentran culpa en él. Es preciso que Terrin de Anjou, paladín de la memoria de Roldán, venza en un juicio de Dios a Pinabel de Sorenza, pariente y paladín de Ganelón, para que se demuestre que este fue un traidor y sea condenado y descuartizado.
Entre los grandes guerreros es notable el arzobispo Turpin, clérigo matamoros, valiente, animoso y decidido, que pelea como un león en Roncesvalles y da a sus compañeros ánimos y esperanza en la salvación de sus almas. Cuando absuelve colectivamente a los guerreros que van a combatir con los mahometanos les impone la penitencia de golpear. Muerto por el enemigo, presentado con las entrañas que le salen del vientre y los sesos que se le derraman por la frente, el cantar llama la atención sobre las bellas y blancas manos del arzobispo, que saben manejar la espada y la lanza, pero que consagran y bendicen.
El mundo femenino tiene pocas pero muy emotivas notas. Un personaje visto con simpatía es la reina mora Bramimonda, mujer de Marsil, reyezuelo de Zaragoza. Durante los preparativos de la acción guerrera y después de esta anima a su marido y es para él una buena consejera. Cuando Carlomagno entra en Zaragoza y obliga a los moros a convertirse al cristianismo so pena de ser ahorcados, simpatiza con Bramimonda y se la lleva a Francia para que se convierta; en efecto, después de haber recibido preparación cristiana, la reina mora es bautizada y recibe el nombre de Juliana.
La hermosa Alda tiene una fugaz y sobria aparición en el Cantar de Roldán. Es la hermana de Oliveros y novia de Roldán, y cuando la hueste ha regresado a Francia cae muerta fulminada al enterarse de que el héroe ha perecido en Roncesvalles. Todo el dramatismo del episodio se expresa en dos sobrias estrofas.
Con respecto al estilo del Cantar, los momentos de mayor dramatismo son expresados con concisión. La sencillez en la expresión es la principal característica de la gesta, porque logra evitar la ampulosidad y el prosaísmo. Los versos aparecen despojados de ornato; las frases son breves y tajantes, y el vocabulario es preciso y determinante. Evita el lenguaje figurado. Las comparaciones no son frecuentes, y se reducen a uno o dos versos o a una sencilla adjetivación, y la frase sintáctica suele ser paralela a la rítmica.
Las repeticiones, los paralelismos y el recurso de las series gemelas dan al Cantar de Roldán, en sus episodios culminantes, un singular estilo iterativo, que se convertirá en una característica del estilo épico románico. Las series gemelas suponen que siempre variando la asonancia, en una estrofa o serie de versos, se repite lo que se ha narrado en la anterior con expresiones iguales o similares en varios momentos, de modo que el auditor percibe lo mismo otra vez. En episodios de gran dramatismo, con las series gemelas la acción queda detenida y la narración se reitera como si fuera contemplada desde otro ángulo.
Debemos recordar que el Cantar de Roldán ha influido en obras literarias de diferentes tipos y lenguajes. En la segunda mitad del siglo XII fue objeto, en francés, de una transposición a la rima consonante y de ampliaciones, y antes fue adaptado al provenzal en el cantar llamado Rencesvals, con episodios y personajes nuevos, que recogía la leyenda que suponía que Roldán era hijo incestuoso de Carlomagno y su hermana Gisla. Hacia 1140 un relato similar a la gesta aparece en una crónica latina inserta en el Libro de Santiago; y alrededor de 1170 un clérigo bávaro llamado Konrad traducía el cantar al alemán en verso. Del siglo XIII es el Roncesvalles navarro. En Italia aparecen las versiones originales y renacentistas que ofrecen los Orlandos de Boiardo y de Ariosto.

Cantar de Mío Cid

Solo ha llegado hasta nosotros una exigua manifestación de la épica medieval española: el Cantar del Cid y los cien versos del fragmento del Roncesvalles en su forma genuina, a lo que podemos añadir el tardío Rodrigo, la refundición culta del dedicado a Fernán González y fragmentos del que versa sobre Los siete infantes de Lara, aislados en la prosa de Alfonso X el Sabio.
Rodrigo Díaz de Vivar, personaje histórico sobre cuya vida y hechos existe amplia documentación, fue tan famoso en vida por sus hazañas que, poco antes de morir, en 1098, un monje del monasterio de Ripoll, para conmemorar la boda de su hija María Rodríguez con el conde Ramón Berenguer III de Barcelona, compuso una poesía en versos sáficos latinos en la que empieza afirmando que muchos son los que han cantado a Paris, a Pirro y Eneas, pero que él se propone cantar a Rodrigo, héroe moderno. Ya desde finales de su existencia, Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid (en árabe «el señor»), era considerado un héroe que las personas cultivadas no dudaban en parangonar con Eneas.
En 1099, cuando Rodrigo Díaz de Vivar moría en Valencia, ya existía el texto del Cantar de Roldán firmado por Turoldus, y hacía treinta años que la leyenda de Roncesvalles era conocida en España. El Cid, héroe épico, oyó de boca de juglares cantares de gesta parecidos a aquellos que luego narraron sus propias hazañas, y hablaba el romance castellano en un punto de evolución próximo al del Cantar del Cid.
Hay en el Cantar de Mío Cid algo singular en la epopeya tradicional y rarísimo en la románica: la gran proximidad entre la existencia del héroe y la aparición de su gesta. Rodrigo Díaz de Vivar es el más moderno de los héroes épicos de las literaturas neolatinas, de ahí el carácter inmediato y real del Cantar del Cid, en el que un momento de la historia española de fines del siglo XI se transfigura en poesía épica, sin que cedan en sus principios fundamentales ni la historia ni la poesía, que se combinan y armonizan de modo singular. Es una gesta especial en la epopeya románica, pues los acontecimientos que constituyen su trama narrativa y los personajes que aparecen acaecieron y vivieron en este mundo cuando ya existía y se divulgaba una epopeya similar a la que generaron. Si existe algún ejemplo claro de que la poesía heroica nace al calor de los hechos, este es el Cantar del Cid, cuyos versos pudieron ser escuchados por ancianos que en su mocedad conocieron al héroe en persona.
El Cantar del Cid se fue transmitiendo en diversas versiones y refundiciones. Una de estas se conserva en un manuscrito juglaresco del siglo XIV, que transcribe una copia que en 1207 verificó un amanuense llamado Per Abbat, que no es autor del cantar ni de ninguna de sus versiones. Las crónicas generales castellanas prosifican diversos estados del cantar en la tradición juglaresca. El contenido de nuestra epopeya fue considerado un testimonio histórico digno de crédito. Todo ello revela la gran vitalidad del Cantar del Cid, que, hasta el siglo XIV, perduró en arreglos y refundiciones en verso, recitado y leído en público por juglares y aprovechado, prosificándolo, por redactores de obras históricas.
La mayor parte de la biografía de Rodrigo Díaz de Vivar está ausente del Cantar, que la da como sabida y conocida, así como su juvenil intervención en la batalla de Graus; su mocedad como alférez de Castilla; su victoria sobre Jimeno Garcés, que le valió el dictado de Campidoctor, o «campeador»; su campaña contra Zaragoza; sus batallas a favor de Sancho de Castilla contra Alfonso de León; su participación en el cerco de Zamora, y su intervención en la jura de Santa Gadea, episodios que no aparecen en el cantar porque ya existían otras gestas en las que el Cid desempeñaba un papel decisivo. El Cantar del Cid ni siquiera alude a estos hechos
El Cantar del Cid ha tomado una parte de la biografía de este personaje correspondiente al final de su vida, acontecimientos ocurridos entre 1081 y 1094, y los ha convertido en gesta. El Cid entra en escena cuando sobre él han caído la desgracia y la miseria: en el destierro injusto impuesto por el rey don Alfonso, aquel contra el cual el mismo Cid había luchado años atrás y al que ahora se proponía servir lealmente. El dramatismo del principio del cantar lo advierte en toda su intensidad el que sabe que el desterrado Rodrigo Díaz de Vivar cuenta con un historial lleno de hazañas y de victorias, y que años atrás venció a aquel mismo rey Alfonso que ahora lo expulsa de los límites de sus reinos. El Cid, con un puñado de fieles, tiene que luchar contra moros y cristianos; pero, como es un héroe épico, su desdicha se trueca en triunfo y su miseria en poderío, lo que culmina con la conquista de Valencia, que pone a castellanos, por vez primera, frente al Mediterráneo. En plena gloria militar, y apaciguadas las relaciones con el rey, la desgracia cae de nuevo sobre el Cid en la deshonra de sus hijas por parte de los infantes de Carrión. El cantar ha matizado antes la ternura familiar del Cid, su amor a su mujer y a sus hijas, a fin de que se pueda medir mejor la nueva desgracia del guerrero, herido en lo que más vale, el honor, y en lo que más quiere, sus hijas. Al final, su actitud en las cortes de Toledo y la victoria en combate singular que Dios otorga a su causa, porque es justa, dan el necesario y cumplido final feliz al cantar, que acaba resaltando que las hijas del Cid, antes denostadas por los infantes castellanos, ahora son «señoras de Navarra y de Aragón», y hoy, cuando el juglar recita, «los reyes d'España vos parientes son».
El Cantar del Cid narra las campañas de Rodrigo Díaz de Vivar y su mayor empeño se manifiesta en la conquista de Valencia, que queda como corte del guerrero. Parte de la trama se centra en las bodas de las dos hijas, menospreciadas y envilecidas primero por los infantes castellanos, honradas y encumbradas después cuando son pedidas «por seer reinas de Navarra e de Aragón». Estas segundas bodas honran al Cid.
Sobre la historicidad del Cantar se mantienen opiniones contradictorias, y se han querido oponer los conceptos de «poema épico» y «crónica rimada». Hay que tener en cuenta que los juglares que divulgaban el Cantar del Cid no disponían de la libertad de que disfrutaban los que divulgaban el Cantar de Roldán. Los que difundían la versión firmada por Turoldus trabajaban en el norte de Francia o en la Inglaterra normanda del siglo XI, distanciados ochocientos kilómetros y trescientos años del lugar y de la fecha de la batalla de Roncesvalles. La lejanía y la antigüedad les permitían describir una España fantástica, con una geografía en parte irreal y ficticia, y unos acontecimientos opuestos a la verdad histórica. Este alejamiento en el espacio y en el tiempo hizo posible que el Cantar de Roldán se difundiera profusamente sin que el auditorio se escandalizara ante sus dislates. El Cantar del Cid, que se escuchaba en el siglo inmediato al que vivió el guerrero, y que hace transcurrir la acción por las mismas tierras por donde lo divulgaban los juglares, no podía inventar ni la historia ni la geografía si pretendía ser escuchado con atención y seriedad. Los sarracenos del Cantar de Roldán, llamados con frecuencia e impropiamente «paganos», no creen en Dios, adoran una trinidad de raros ídolos, y llevan nombres pintorescos, ya que ni los juglares que cantaban la gesta francesa ni el público que la escuchaba tenían ni idea de la sociedad musulmana. Los moros que figuran en el Cantar del Cid, unos enemigos de los cristianos, otros amigos, son como eran los que todo español de los siglos XI y XII estaba acostumbrado a ver y a tratar, y se llaman Yúçef, Fáriz, Galve, Abengalbón, como cualquier moro de veras. La mayoría de los personajes, tanto cristianos como moros, que aparecen en el Cantar del Cid no solo son rigurosamente históricos, sino que actuaron y se desenvolvieron como narran los versos. No se interfieren en la acción seres fabulosos ni personas que vivieron en otras épocas, como ocurre en el Roldán al hacer intervenir en Roncesvalles a Ogíer de Dinamarca, que murió años antes de darse la batalla, o a Ricardo de Normandía y a Godofredo de Anjou, que vivieron uno y dos siglos más tarde. Estas incongruencias históricas serian inexplicables e intolerables en el Cantar del Cid.
Pero el Cantar del Cid no es una crónica rimada. El refundidor que lo ha estructurado ha escogido un momento de la biografía de Rodrigo Díaz de Vivar que no podía ni deformar demasiado ni fantasear exageradamente para convertirlo en una gesta; y ha actuado como «poeta» y no como «historiador», pues busca suscitar emociones en el público e informarlo «popularmente» de cosas que los doctos podían leer en libros en latín. La epopeya es la historia popular, y por eso el Cantar del Cid dramatiza la acción contrastando la miseria del destierro con la opulencia de la conquista de Valencia, la gloria del Cid victorioso con la amargura de un padre afrentado en la deshonra de sus hijas.
Pero la intencionalidad artística obliga al Cantar del Cid a amoldar la realidad histórica a una eficacia artística y expresiva; y así reduce a uno los dos destierros del protagonista, y a uno los dos apresamientos del conde de Barcelona; inventa el episodio de los judíos y las arcas de arena, así como el episodio del león escapado de la jaula (útil para mostrar la cobardía de los infantes de Carrión), y posiblemente el de la afrenta del robledo de Corpes. Que en el Cantar del Cid se intercalen episodios de pura invención o tomados de elementos folklóricos no mengua el mérito literario de la gesta, que se abstiene de aceptar todo lo que pueda rozar lo maravilloso o inverosímil, y esto último separa el cantar castellano de la mayoría de los franceses, ya que incluso en el de Roldán hay notas de tipo sobrenatural (como es el sol parado para que Carlomagno pueda derrotar a los sarracenos antes de que anochezca). Los elementos no históricos que se encuentran en el Cantar del Cid no dañan la verdad histórica, ni están en contradicción con la realidad ni el ambiente social, pero contribuyen a darle el peculiar estilo de epopeya.
Lo épico, en el Cantar del Cid, no hay que buscarlo solo en las descripciones realistas de batallas y combates y los movimientos del lidiar caballeresco, sino también en lo íntimo, familiar, cotidiano, y que a veces puede perderse en la insignificancia, como la despedida del guerrero de su mujer y sus hijas, su mirada a la catedral de Burgos, los diálogos con sus compañeros de armas, el detalle fugaz que ha sido inventado para transmitir una emoción al auditorio, no tendría lugar ni sentido en un libro que tuviera exclusivamente un propósito de información histórica.
Se ha discutido el problema de la unidad del Cantar del Cid, pues hay quienes la niegan y quienes la defienden. Es preciso no dejarse desorientar por nuestros conceptos de estructura de la obra literaria escrita para ser leída, que supone un autor que puede corregirse y revisarse y un lector que puede releer, volver atrás y saltarse lo que le aburra. El Cantar del Cid ha de mantener siempre tensa la atención del auditorio y ha de suscitar el interés de aquel que se incorpora al corro de los oyentes en pleno recitado. En el cantar de gesta genuino no hay suspenso: el auditor que ha llegado tarde sabe quién es el Cid, que estaba enemistado con el rey de Castilla, que este lo desterró, que el guerrero conquistó Valencia y que recobró la gracia de su señor. Lo que el auditor ignora son los elementos imaginados, como la afrenta de Corpes, episodio que mueven la curiosidad y la intriga. La unidad narrativa del Cantar del Cid se ve acrecentada por los dos hilos de la trama que unen los versos: el de la trama fiel a la historia y el de la trama fiel a la fantasía. El primer hilo de la trama lo constituye el problema del Cid ante el rey: destierro, victorias del desterrado, presentes al monarca y reconciliación con este. El segundo lo constituye el drama de sus hijas: las bodas con los infantes, la afrenta de Corpes y el castigo de los de Carrión. Ambos hilos se enlazan hábilmente, pues del primero deriva el segundo (el rey Alfonso, para reforzar su afecto al Cid, propone las bodas con los infantes de Carrión), y el conjunto queda equilibrado.
De todo esto nos podemos dar cuenta leyendo el Cantar del Cid, que tuvo por finalidad ser escuchado en tres sesiones, denominadas «cantares». El verso 2276 dice: «Las coplas deste cantar aquí's van acabando»; termina el segundo, el de las bodas, y en seguida empieza el tercer cantar, el de Corpes.
La variedad es necesaria en toda gesta; y así vemos que en el Cantar del Cid el paisaje y las incidencias dan a la epopeya aspectos diversos: la desolación del destierro, el empuje de los combates, el dramatismo de la afrenta de Corpes o el aparato jurídico de las cortes de Toledo, que ofrecen eficaces contrastes.
La primera impresión que produce el estilo del Cantar del Cid es que nos hallamos ante unos materiales algo informes que parece que esperan una definitiva elaboración, impresión que acrecienta la métrica de las gestas castellanas, en las que el cómputo de las sílabas del verso es vario y libre. Un verso que parece exigir una difusión recitada y no cantada, pide especiales dotes en los juglares, que deberían suplir la regular cadencia que produce una métrica uniforme mediante el matizado de la voz, la rapidez en las escenas que la aconsejan, los cambios de voz en el diálogo y la solemnidad de entonación para destacar los versos clave. El juglar tenía que ser muy diestro al recitar un texto en que los parlamentos a veces no son introducidos con el verbo dicendi y ello obliga a inflexiones de la voz, para dar sentido a oraciones que van unidas sin partículas y dejan los versos aparentemente sin enlace ni soldadura.
En el Cantar del Cid aparece el recurso juglaresco de las series gemelas, un recurso intencionado y eficaz, por ejemplo cuando el Cid envía mensajeros a los reinos cristianos para reunir combatientes que quieran acudir al cerco de Valencia. El cambio de enfoque ofrece muchas posibilidades a un buen juglar, que abandona su tono normal narrativo para sacudir la atención del auditorio con versos de estilo de «pregonera».
Hay un intencionado arte en la individualización de los personajes que pueblan el cantar. Dejando aparte las figuras más destacadas, como las del Cid, doña Jimena, los infantes de Carrión, también quedan perfectamente retratados Álvar Fáñez, valeroso y prudente; Pero Bermúdez, impetuoso y tartamudo; Martín Antolínez, hábil en la treta con que engaña a los judíos; Félez Muñoz, sobrino del Cid y que recoge a sus primas después de la afrenta de Corpes, etc. Hasta el más pequeño detalle, el gesto, la indumentaria, aparece para causar un determinado efecto.
La originalidad del Cantar del Cid no queda menoscabada por sus paralelismos con la épica románica europea y con los cantares de gesta franceses. Seria lógico, ya que la épica francesa se había divulgado por toda la Europa cristiana y se conocía muy bien en España antes de que nacieran las primitivas versiones de la gesta castellana. Por ejemplo, el tan conocido y tantas veces citado verso 20 del Cantar del Cid (¡Dios, qué buen vassallo si oviesse buen señor!), lo encontramos en el Cantar de Roldán del manuscrito de Oxford (Deus! quel baron s'oüst chresfientet! (verso 3164)).

Poemas caballerescos

            A mediados del siglo XII triunfa en Francia un tipo de narraciones cultas en verso llamadas roman courtois (novelas cortesanas), que pronto serían traducidas a todas las lenguas cultas europeas. Los autores fueron enlazando unos relatos con otros y redactándolos en prosa, con lo que fue configurándose un tipo de relato de aventuras (novelas de caballerías), que llegarán hasta el siglo XVII. El protagonista es un caballero que se enfrenta a grandes peligros para lograr la fama, la perfección moral y el amor de su dama. Estos poemas caballerescos se diferencian de los cantares de gesta en varios rasgos:
            - Sus héroes no acaudillan grandes ejércitos, sino que actúan individualmente y por motivos personales.
            - La mujer es una pieza fundamental en el desarrollo de la acción.
            - Son obras cultas, destinadas a la lectura y no a la recitación.
            Los poemas caballerescos pueden agruparse en tres ciclos, según su argumento: el ciclo clásico, en el que se narran las aventuras de Alejandro Magno y sus caballeros o de otros héroes grecolatinos y cuyo héroe es Alejandro Magno; el ciclo carolingio, con las aventuras de Carlomagno y los doce pares de Francia y cuyo héroe es Carlomagno; y finalmente el llamado ciclo bretón, en el que los argumentos giran en torno a esa región francesa, o ciclo del rey Artús, porque sus protagonistas (los caballeros de la Tabla redonda) pertenecen a la corte de este rey fabuloso que debió vivir en el siglo V o VI. El autor más destacado fue Chrétien de Troyes (hacia 1135- hacia 1183), que elaboró uniendo fuentes célticas el mundo artúrico en sus obras en verso, fechadas en los años 70 y 80 del siglo XII.
            La materia de Bretaña consta de varios núcleos temáticos legendarios entrelazados, entre los que destacan:
- los amores de Lanzarote con la reina Ginebra (esposa del rey Arturo): en Lanzarote o el caballero de la carreta se cuenta el ciego y trágico amor que siente Lanzarote por Ginebra, que ha sido secuestrada y trata de rescatarla. Es una reivindicación del amor trágico frente a los valores del matrimonio y la caballería.
- los amores de Tristán e Iseo o Isolda: de autor desconocido es Tristán e Iseo, una obra de mediados del siglo XII, hoy perdida, que tiene como asunto los amores adúlteros de Tristán e Iseo la rubia, esposa del rey Marc de Cornualles, tío de aquel. El amor surge contra la voluntad de los amantes, por efecto de un hechizo. Se presenta como una pasión irracional, de ahí que triunfara en el Romanticismo. El éxito de la historia persistió hasta el siglo XX.
- la búsqueda del santo Grial (el cáliz de la última cena, en que José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en la cruz): Perceval o el cuento del Grial versa sobre este tópico caballeresco.
El llamado ciclo artúrico se inicia con la obra de Geoffrey de Monmouth, escrita en latín en 1136, Historia regum Britaniae, de enorme éxito en su tiempo. Fue traducida al francés por el normando Wace bajo el título de Geste des Bretons o Roman de Brut. El gran éxito de esta materia se debió a la elaboración que realizó, uniendo fuentes célticas, Chrétien de Troyes. Él es el autor del mundo artúrico en sus obras en verso del siglo XII.
En el siglo XIII se produce el paso a la prosa y se muestra una tendencia a agrupar las novelas en ciclos. Aquí destaca la Vulgata artúrica de Robert de Boron que tuvo cinco partes: Historia del Grial, Merlín, Lancelot, Búsqueda del Grial y Muerte de Arturo.
Las principales características de las novelas del ciclo Artúrico se explican por ser un género literario nacido en las cortes medievales para un público cortesano. Los autores utilizarán los relatos mitológicos celtas para crear textos donde desarrollar su imaginación literaria (el roman courtois aparece como un género que será el precedente de la novela moderna, ya que es el primero que se libera de la historicidad de la épica y de los relatos hagiográficos del Mester de Clerecía):
- Se trata de una estructura cerrada: siguen un modelo que evoluciona, pero sin cambiar.
- Los personajes son planos y fijos: el rey, los caballeros y las damas. El rey prototipo es Arturo, caracterizado como generoso, valiente y cortés. Está por encima de todos y su corte es un marco que envuelve las aventuras de los caballeros: Lanzarote, Ivain, etc. El caballero se mueve por afán de gloria personal y para conquistar el amor de su dama. Está idealizado: es valeroso, magnánimo, leal y abnegado.
- El tiempo y el espacio son irreales, pasados: se sitúan en una lejana edad dorada, en un paisaje celta o imaginario.
- Es un amor caballeresco que, dentro del amor cortés, exige recompensa por parte de la dama, llegando al adulterio si la dama es casada.
- Aparecen elementos maravillosos: magia, personajes mitológicos, etc.
- El lenguaje es arcaico, producto de la nostalgia medieval.

            La literatura del ciclo artúrico pervivió en España en los romances del ciclo bretón (aunque dentro de los ciclos temáticos del romancero son los menos abundantes, quizás por sus elementos simbólicos o fantásticos). En el siglo XIX Wagner resucitó esta temática en óperas como Tristán e Isolda y Parsifal. Y en el siglo XX el cine ha llevado a la pantalla estas aventuras.