sábado, 14 de abril de 2012

Muerte en Venecia





 “Muerte en Venecia” (en alemán “Der Tod in Venedig”) es una novela de Thomas Mann publicada en 1912. A pesar de no ser muy extensa, es una obra de gran densidad, llena de matices y reflexiones, en la que el autor describe la decadencia personal y la muerte de un escritor, Gustav von Aschenbach, el cual se obsesiona por un bellísimo adoles­cente al que conoce en un hotel del Lido de Venecia. Está considerada una obra maes­tra de la narrativa de Mann, un escritor que ha marcado decisiva­mente la novelística de la primera mitad del siglo XX. Par­tiendo de una anécdota aparentemente simple, el autor ahonda en la compleja psicología de un artista insatisfecho que de pronto contempla la belleza abso­luta, lo que le produce fascinación, placer, vértigo, angustia y miedo a la vez, porque, como dijo el propio Mann, la belleza nos hace sufrir tanto como el dolor.

El escritor en crisis Gustav von Aschenbach, hastiado del verano en Múnich, la ciudad donde reside, decide marchar a la costa del mar Adriático, pero, también descontento, se traslada a Venecia, para pasar unos días en un hotel del Lido. La llegada no resulta en principio agradable (discute con un hosco gondolero que no sigue sus indica­ciones), pero, ya acomodado en su hospedaje, se dispone a disfrutar de su estancia.
De pronto se siente sobrecogido por la belleza casi sobrenatural de un muchacho, un adolescente andrógino que atiende al nombre de Tadzio. Al ins­tante todo deja de tener sentido o interés para el escritor, salvo el jovencito, quintaesencia de la belleza absoluta, espiado compulsivamente por un Aschen­bach que, sin embargo, rehúye cualquier tipo de contacto físico y ni siquiera se atreve a hablarle. La contemplación del hermoso joven se produce en el comedor, en la playa y en los paseos por una ciudad de Venecia en la que las autoridades tratan de ocultar una epidemia de cólera para no ahu­yentar a los numerosos visitantes.
Aunque los huéspedes del hotel comienzan a marcharse, pues los ru­mores sobre la epidemia se extienden, Aschenbach se queda porque la familia de Tadzio no ha pensado aún en hacer las maletas. Un anecdótico episodio (la actuación de unos artistas ambulantes ante los clientes del hotel) y un extraño sueño jalo­nan las últimas horas de Aschenbach, el cual acepta ser maquillado por un barbero para ocultar los estragos de la edad.
Gustav morirá en la playa del Lido, consumido por la enfermedad, mientras cree ver al hermoso joven haciéndole señas desde el agua para que se reúna con él.    

PERSONAJES: Dos son los personajes fundamentales en la obra: el escritor Gustav von Aschenbach y el joven Tadzio. El narrador on­misciente bucea en la compleja personalidad de Aschenbach para ofrecer al lector una verdadera “disección” psicológica de este hombre solitario, misántropo, envuelto en una egoísta rutina, neurótico y lleno de ma­nías, que aspira a una perfección y una plenitud que cree hallar en la be­lleza andrógina del adolescente Tadzio. Ciertos sucesos que cualquiera consi­deraría insignificantes o incluso cómicos, provocan la angustia de este hombre que huye de sí mismo, sin ser consciente de ello: es significativo el episodio del barco que lo conduce a Venecia, en el que un viejo maquillado y con el pelo teñido de rubio acompaña a unos jóvenes, vestido como si fuese uno de ellos; el ridículo de personaje despierta en Gustav von Aschenbach[1] una angustia casi insoportable. Curiosamente él hará casi lo mismo días después, cuando trate de “rejuvene­cerse” en manos del barbero que lo maquilla, a fin de resultar más agradable y menos viejo ante los ojos de Tadzio.
Del joven Tadzio sabemos muy poco, pues es siempre contemplado a distancia y a través de la mirada de Aschenbach: se trata de un joven polaco, perteneciente a una familia acomodada, quizás aristocrá­tica; probablemente es de salud enfermiza; como buen polaco, odia a los rusos; sus hermanas están sometidas a una rígida disciplina, y le gusta jugar en la arena con otros amigos de su edad, de los que Aschenbach se siente celoso.
El resto de personajes de la obra quedan en un segundo plano, aun­que casi todos ellos son necesarios por la relación que mantienen con el protagonista.

ESTRUCTURA: El tiempo es lineal. Toda la acción transcurre en un verano. La localización geográfica se desplaza desde la ciudad de Múnich a la de Venecia, donde sucede casi toda la novela, pasando por una brevísima estancia intermedia en una localidad del Adriático que no se nombra (se trataría de un pueblo de la costa croata bajo soberanía del Imperio Austro-húngaro). La acción se relaciona con las reflexiones y sensaciones del prota­gonista. En Múnich y la localidad adriática el personaje experimenta una angustia que no decrece en el barco por culpa del vejete pintarrajeado; Venecia le parece un espejismo de belleza, pues la ciu­dad a la que regresa después de unos años defrauda sus bellos recuerdos: cielo nublado, un bochorno sofocante, unas aguas pútridas, una epidemia que se extiende silenciosa aunque inexorablemente. Sin embargo Venecia es también el lugar en donde encuentra su ideal de belleza ab­soluta.
La realidad se contrapesa también con el extraño sueño que tiene poco antes de morir, e incluso con la alucinación previa a su muerte en la playa del Lido.

ESTILO: Todos los elementos de la novela sirven para trasladar al lector el mundo interior del personaje principal, el escritor Gustav von Aschen­bach. La antítesis “euforia – malestar”, tan frecuente en la obra, describe la personalidad fuertemente contradictoria de Aschenbach y explica su comportamiento a lo largo de la historia: Presa de febril excitación, con el aire triunfal de quien posee la verdad y, a la vez, con un resabio de disgusto en la lengua y un terror delirante en el corazón, el solitario recorría... Los pensamientos del personaje se intercalan durante toda la obra con las descripciones, los párrafos narrativos y los diálogos.
Las reflexiones del personaje (mundo interior) hallan con­trapeso en las sensaciones (mundo exterior). Destaca la vista, sobre todo por el juego de miradas que en algunos momentos se cruzan entre Aschenbach y Tadzio: al pasar junto a ese hombre canoso y de frente alta, el mucha­cho bajó modestamente los ojos y volvió a alzarlos al instante en dirección a él, abrién­dolos con la gracia y suavidad que le eran propias. Pero el resto de los sentidos también están presentes: un siniestro bochorno oprimía las callejas; el aire era tan espeso que los olores procedentes de las casas, tiendas y fondas – vaha­radas de aceite, nubes de perfume y muchos otros – flotaban inmóviles sin di­siparse. Y también abundan las sensaciones sonoras, especialmente las re­lativas a la voz humana, y concretamente a la de Tadzio.


Son evidentes en la novela las referencias al mundo clásico grecolatino y particularmente al pen­samiento griego. El amor que siente Aschenbach hacia el jovencito es de natu­raleza platónica, y la naturaleza de esa pasión está basada en las páginas del diálogo “Fedro”, sobre el amor y la belleza, identificadas como la misma cosa. Aschenbach ve en el joven un reflejo de la belleza absoluta, capaz de elevarlo a una dimensión casi divina.
El desagradable gondolero que lo conduce al Lido es un símbolo de Ca­ronte, el barquero de los muertos, y la laguna véneta, de aguas fétidas, un trasunto de la laguna Estigia. Lo apolíneo y lo dionisíaco van a enfrentarse a lo largo de la novela, pues si Tadzio representa lo luminoso, lo claro, y el propio As­chen­bach propende hacia lo apolíneo también (él, un amante del orden, es un hombre cuyo pensamiento siempre había estado dominado por la razón y la lógica), el sueño que padece es una representación de lo dionisíaco: en unos densos bosques, una horda salvaje realiza un extraño y grotesco ritual, que repugna a Aschenbach, aunque también ejerce sobre él una incomprensible atracción. Lo dionisíaco fascina a este hombre cere­bral y meticuloso, a quien deprime todo aquello que carece de orden o proporción.

 Se ha identificado al per­sonaje principal de “La muerte en Venecia” con el compositor Gustav Mahler. Además de la coincidencia del nombre propio, sabemos que Mahler era perfec­cionista, maníaco-depresivo y llegó a estar obsesionado con la idea de la muerte. Una foto del compositor podía haber inspirado al complejo Aschenbach. Sin embargo en otros aspectos difiere, pues nada hace sospechar que Mahler llegara a sentir una pasión obsesionante hacia un ado­lescente como la que agita los últimos días de la vida del personaje de Mann. Quizás la poderosa e inquietante música de Mahler que ilustra la versión cine­matográfica ha favorecido que asociemos al compositor austríaco con el perso­naje de Mann, aunque hay que señalar que Mahler murió días antes de la visita que en 1911 Thomas Mann hizo a Venecia y que inspiró su novela.
Según su esposa Katia, en unas declaraciones realizadas tras la muerte del autor, el mismo Thomas Mann habría sido Aschenbach, dado el carácter fuertemente autobiográfico que según ella tiene la novela. La obra parte de una estancia del matrimonio Mann en Venecia, más concreta­mente en un hotel del Lido, donde se hospedaba también una familia polaca. Mann quedó fascinado por un adolescente cuyos rasgos describe el autor tan minuciosa y magistralmente. Incluso la epidemia de cólera fue un hecho verídico tal como refleja el relato, si bien no afectó ni a Mann ni a su es­posa.
Al parecer, el personaje que inspiró a Tadzio fue el barón polaco Wladislaw Moes, al que de adolescente vio Mann en un hotel-balneario del Lido de Venecia. Moes contaba once años de edad cuando lo conoció el autor. Su familia lo llamaba afectuosamente Wadzio o incluso Adzio, así que Mann reprodujo el hipocorís­tico casi literalmente en su novela. Estos da­tos los conocemos gracias al traductor polaco Andrej Dolegowski, responsable de la traducción a la lengua polaca de estas y otras obras de Mann. Este hecho se publicó en la prensa alemana en 1965, diez años después de la muerte del novelista. Se da la circunstancia de que Wladislaw Moes tardó mucho tiempo en conocer que él había inspirado el personaje de la novela.
Asociado al tema de Tadzio estaría la polémica sobre la homosexuali­dad. En una entrevista que Mann concedió al cineasta y escritor Luchino Vis­conti en 1951, el novelista alemán negó que en “La muerte en Venecia” exis­tiera el relato de un amor homosexual. Mann quiso reflejar de algún modo la fascinación que un Goethe de sesenta años sintió hacia la jovencita Ulrike von Leventzow en Marienbad. Sin embargo decidió orientar la historia hacia un amor prohibido para someter a Aschenbach a una lucha interior aún mayor, y ejercer sobre el personaje una vuelta de tuerca más. Por lo demás, Thomas Mann confirmó la veracidad de muchos de los episodios de la novela.

Thomas Mann nació en la ciudad alemana de Lü­beck en 1875. Pertenecía a una familia burguesa que se trasladó a Múnich, en donde el autor cursó estudios universitarios. Comenzó su carrera literaria escri­biendo relatos para la revista “Simplicissimus”, siendo su primer cuento “El pe­queño señor Friedermann” (1898). La obra que lo lanzó a la fama fue “Los Buddenbrook”, historia de la decadencia de una familia burguesa.
En 1905 contrajo matrimonio con Katia Pringsheim, una mujer de ori­gen judío perteneciente a una familia de intelectuales. Tuvieron seis hijos.
Tras la Primera Guerra Mundial abordó la realización de “La montaña mágica”, una de sus creaciones literarias más importantes. La obra transcurre en un sanatorio antituberculoso y en ella podemos ver a la vez la talla de Mann como novelista pero también su dimensión de pensador.
En 1929 la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura.
El ascenso del nazismo obliga a exiliarse a un Thomas Mann compro­metido con los valores de la democracia y que además estaba casado con una mujer de origen judío. Residió en Suiza desde 1933 hasta 1938 y de allí pasó a Esta­dos Unidos, en donde vivió durante la Segunda Guerra Mundial. Ob­tuvo la nacionalidad norteamericana. Su literatura del exilio, revestida de espiritualismo, está llena de referencias bíblicas, como se puede apre­ciar en “José y sus hermanos”. Su admiración hacia Goethe le lleva a escribir “Doctor Fausto” (1947), la historia de un músico que vende su alma al diablo: algunos han querido ver un símbolo del pueblo alemán vendiendo su alma a los nazis. Mann ya había escrito “Carlota en Weimar” (1939), continuación del “Werther” de Goethe, aunque sin el personaje del joven suicida. La protagonista ahora es Carlota, que recuerda su relación con el infortunado Werther.
La última novela de Thomas Mann fue “Las confesiones de Félix Krull”, en la que desarrolla un inteligente e irónico análisis de la condición humana. Murió en Zurich (Suiza) en 1955.

              En el caso de esta novela se da el fenómeno curioso de que, en la actualidad, nos cuesta mucho trabajo desligar la novela de Mann de la extraordinaria versión cinematográfica dirigida por el director italiano Luchino Visconti en 1971. La adaptación de la novela es de una gran fidelidad, salvo en el hecho de que Gustav von Aschen­bach es aquí un compositor en crisis. La belleza de las imágenes y la música obsesiva y obsesionante de Mahler contribuyen a transmitir al espectador el espíritu de la obra de Mann. El actor británico Dick Bogarde encarna a la perfección la compleja psicología de As­chenbach. Visconti, tras una ardua tarea de búsqueda y selección, escogió a un muchachito sueco llamado Bjorn Andresen para el papel de Tadzio


[1] Aschenbach significa “torrente de ceniza”.

Edgar Allan Poe. Cuentos




                Edgar Allan Poe fue un escritor romántico estadounidense, reconocido como uno de los grandes maestros universales del relato corto. Fue renovador de la novela gótica y es recordado especialmente por sus cuentos de terror. Su figura y su obra marcaron profundamente la literatura de su país y del mundo.

                Para hablar sobre los relatos de Edgar Allan Poe parece necesario acercarse primero a los pormenores biográficos de este autor de Boston. Podemos leer los cuentos de Cortázar o los de Borges sin conocer nada de su vida. Pero la peripecia existencial de Poe está indisolublemente unida a la textura de sus obras literarias.
Nació en 1809, hijo de actores de poca categoría, que jamás lograron salir de la pobreza y que lo dejaron huérfano cuando aún no contaba tres años. Entonces fue cuando Frances Allan, una mujer muy caritativa y que adoraba a los niños, lo recogió en su casa. Su amiga, la señora MacKenzie, se llevó en las mismas condiciones a su hermana Rosalie. El padre adoptivo de Edgar, John Allan, no mostró tanto entusiasmo por la irrupción del niño en su hogar. De hecho, mantuvo siempre con él una relación “tensa”.
Cuando Edgar tenía seis años, la familia se trasladó a Inglaterra y este período no fue agradable para el niño. Sabemos que con apenas ocho años era azotado en el colegio, y se le encomendaban tareas peculiares como copiar epitafios de las tumbas, para luego enseñárselos a su maestro. Es la primera aproximación que conocemos de Edgar al mundo de los cementerios, la muerte y lo tenebroso, que tan importante papel iban a jugar en su vida.
De vuelta a los Estados Unidos, Edgar compone con once años sus primeros poemas, que le enseña a su padrastro. Éste los mira con desdén, porque desea que siga estudios universitarios... Edgar conoce a los catorce años a Jane Stanard, que tiene treinta. Es el primer amor de su vida. La dama muere pocos meses después y el corazón del adolescente se centra entonces en Elmira Royster, con la que comparte edad. La relación se inicia fuerte (Edgar le escribe larguísimas cartas de amor), pero se viene abajo a gran velocidad: el padrastro de Edgar lo hace ingresar en la universidad de Virginia y los padres de Elmira la prometen a otro joven con un futuro más halagüeño que el de Edgar.
En esa etapa de universitario, Edgar se vuelve díscolo y conflictivo. Se endeudó jugando a las cartas por un valor de 2500 dólares, una cantidad equivalente a la que costaba financiar toda su carrera. Ante la negativa de John Allan de seguir pagándole una vida de juerga y póker (los resultados académicos de Edgar no eran brillantes), el muchacho se alista en el ejército en 1827. Es la época en que muere su madre adoptiva. Y el viudo John Allan vuelve a casarse poco tiempo después. Durante unos años, Edgar se encuentra dando tumbos entre la academia de West Point, la escritura, la bebida y un mariposeo de mujeres a las que ronda con poco éxito.
Muere su padrastro, sin dejarle ni un céntimo en la herencia. Cuando cumple veinticinco años Edgar se casa con su prima Virginia (a la que siempre llamó Sissy), que apenas tenía trece. Su inclinación a la bebida y su adicción al opio van en aumento. Su mente se llena con proyectos que no llegan jamás a realizarse como él pensaba: sobre todo, la fundación de revistas literarias. Colabora en publicaciones ajenas, realiza crítica de libros y artículos de opinión, imparte charlas... pero lo único que consigue es acrecentar su fama de maldito.
Imaginó revistas y suscriptores; se dedicó a buscar mecenas; cultivó polémicas que le dieran notoriedad... pero no consiguió nada.
En 1842, Edgar recibe otro mazazo: su esposa Virginia padece tuberculosis en un estado avanzado y las dificultades económicas se vuelven cada vez más agobiantes. Si hasta ahora Poe se ha dedicado a malvender sus obras o a alquilar su talento para publicaciones mercenarias, ahora se encuentra con que tiene que pagar las medicinas y la alimentación de una enferma delicada. Él, que ha sobrevivido en ocasiones durante semanas con solo pan y melaza, tiene que multiplicar sus esfuerzos para cuidar de Sissy. En esta época compone su poema “El cuervo”, que le da fama y que es reproducido en muchos periódicos de Europa y de América. Durante ese tiempo, varias mujeres se acercan a Poe, seducidas por su misterio y por la parafernalia que lo rodea (siempre con ojeras, vestido de negro, misterioso). Edgar Allan Poe, al que le encanta sentirse admirado, se deja agasajar.
Es el tiempo en que compone el célebre poema de Annabel Lee, donde nos da un retrato lírico de la relación que siempre ha mantenido con su prima... Pero Virginia apenas puede gozar de ese éxito, porque muere en 1847.
Poe, destrozado y necesitado de que alguien lo quiera, declara su amor inmediatamente a Marie-Louise Shew, la enfermera que cuidó a Virginia durante sus días finales. Y no es la única mujer a la que ronda: también está Nancy Richmond, casada, a la que escribe una patética carta anunciándole que, viendo que no le presta atención, ha tomado láudano para suicidarse. Este chantaje emocional revela lo desesperado que andaba Edgar por aquel tiempo. Jordi Sierra i Fabra en la biografía de Poe lo describe como “un náufrago en busca de una isla”.
En 1849 vuelve a encontrarse con Elmira Royster, aquella novia de la que fue separado por la familia y la universidad. Le pide matrimonio, alegando que siempre ha sentido algo muy especial por ella, y que el destino quiere que terminen juntos. Elmira, embriagada por la labia de Edgar, acepta el compromiso... Pero la boda no se llega a celebrar porque dos meses después, en octubre de 1849, Edgar Allan Poe muere en Baltimore, en medio de circunstancias misteriosas. Se dijo que lo habían emborrachado para hacerlo votar en las elecciones y que luego lo habían abandonado en un callejón; se dijo que se trataba de un ajuste de cuentas (Edgar se  había creado montones de enemigos); se habló de la peste, la rabia, incluso de suicidio... No es probable que lleguemos nunca a enterarnos de la verdad.
Esta es, resumida, la vida de Edgar Poe (o Edgar Allan Poe, si añadimos su apellido de adopción), el hombre que escribió los 67 cuentos que revolucionaron la narrativa breve norteamericana y mundial.
Desde un punto de vista literario, existen tres visiones posibles sobre el autor: primero el Poe macabro, que se deleita en los temas de la muerte, el dolor y la ultratumba; el segundo bloque es el Poe humorístico; el tercero sería el de los relatos que pueden gustar más a todas las edades.
El más conocido es el Poe macabro, a quien Juan Perucho llamó “tenebroso príncipe” en su edición de los Cuentos para Planeta en 1983. Son muchas las ocasiones en que Edgar adereza o construye sus historias con elementos que provienen del mundo de la muerte: calaveras, tumbas, enterrados vivos, momias, cadáveres emparedados... Poe escribió sobre el terror y la muerte “para satisfacer los gustos del público de la época”. Pero también porque ese universo tétrico ejercía sobre él una fascinación constante. A Poe lo perturbaban las imágenes de los cementerios, de los seres enterrados prematuramente. En un soneto Jorge Luis Borges lo llama “constructor de pesadillas”, y así retrata con acierto una parte del alma de Poe. El autor construyó un universo de horrores para ver si así se liberaba de sus propios miedos, pero lo hizo tan bien que se convirtió en el inaugurador de un camino, y por ese camino luego circularon muchos otros autores.
Veamos un ejemplo: “La verdad sobre el caso del señor Valdemar”. El narrador de esta historia, deseoso de llevar a la práctica sus experimentos hipnóticos con personas cercanas a la muerte, sugiere al señor Valdemar, un hombre al que la tuberculosis tiene carcomido, que lo podría hipnotizar justo en el instante de su muerte y detener el proceso. Valdemar acepta la idea y, cuando faltan apenas unas horas para que se cumpla el plazo de vida dado por los médicos, el narrador y sus colaboradores llegan hasta la casa de Valdemar, lo hipnotizan... y logran detener a la muerte. Al menos aparentemente. Durante siete meses, el trance hipnótico se prolonga, y el señor Valdemar murmura cada vez con más angustia que lo despierten o que lo dejen morir. Cuando por fin se animan a sacarlo del trance, el cuerpo de Valdemar se pudre en apenas un minuto, dejando a todos consternados. Y ahora recordemos un detalle autobiográfico: Poe se entera de que su esposa tiene tuberculosis en el año 1842, y ella muere de esa enfermedad en 1847. El relato del señor Valdemar fue escrito en 1845, justo en mitad del proceso. ¿Es casualidad que Poe escriba sobre un intento de detener a la muerte, cuando precisamente él hubiera deseado poder hacerlo? Por detalles como este decimos que la vida y la obra de Poe están unidas. Otras veces directamente se nos habla de un ser que ha regresado de la muerte. Es lo que nos cuenta en “La caída de la casa Usher”. El protagonista visita a su viejo amigo Roderick Usher, que vive con su hermana Madeline en una inmensa casona familiar. Ella, aquejada por una desagradable enfermedad, termina muriendo. Y los dos amigos la entierran en una cripta, en los sótanos de la casa. En los días que suceden, Roderick da muestras de estar perdiendo la razón, porque insiste en que los ruidos que se escuchan en la casa los hace su hermana, a la que han enterrado viva. Durante una noche de tormenta, Madeline aparece en el umbral de la puerta y se abalanza sobre su hermano. El narrador huye presa del terror y tiene tiempo de contemplar cómo la casa se derrumba a su espalda.
También encontramos las historias más famosas. Está ese personaje que, encontrándose al borde de la muerte en un barco misterioso, escribe la historia de lo que le está pasando y la lanza al mar, cuando la embarcación está a punto de ser engullida por un gran torbellino negro. Se trata de “Manuscrito hallado en una botella”. También “El corazón delator”, donde un asesino se dedica a contarnos en primera persona todo el proceso que lo llevó a matar y descuartizar a un anciano (del que le molestaba una telilla que tenía sobre uno de sus ojos). Cuando acuden unos agentes de policía, alertados por los vecinos (que han escuchado un grito del anciano), él les invita a que registren todo. Y les pide que se sienten a charlar justo en la habitación donde está el cadáver (estupidez que le acabará costando cara). Al fin, escucha cada vez con más fuerza en su mente los latidos del corazón sepultado, y acaba confesando su culpa.
 “Los crímenes de la calle Morgue” es uno de los cuentos más conocidos de Edgar Allan Poe. El narrador es buen amigo de Auguste Dupin, aficionado a desentrañar enigmas, juegos de ingenio y otras gimnasias mentales. Cuando se producen dos atroces asesinatos en la rue Morgue, ambos se dedican a leer los periódicos para recabar informaciones sobre los detalles monstruosos de estos crímenes y Dupin va deduciendo que el asesino no ha podido ser un ser humano, sino un enorme orangután de Borneo. Al final, Dupin y el narrador ponen un anuncio en el periódico diciendo que se ha encontrado al animal y que su dueño puede pasar a recogerlo. Cuando llega le hacen confesar que, efectivamente, el animal cometió la atrocidad.
Personas que se hallan al borde de la muerte; seres que ya han muerto y que vuelven bajo envoltura fantasmal; obsesiones sobre enterramientos prematuros; cadáveres que aparecen flotando en ríos (como en el cuento “El misterio de Marie Rogêt”); misteriosas muertes en la ciudad de Venecia (en “La cita”); cementerios bajo la luz de la luna; tormentas aterradoras que inoculan el pánico en las personas que las padecen... Poe sintió un enorme interés por los temas relacionados con la muerte.
Pero hay otro Edgar Allan Poe humorista. El autor cultivaba las variantes del humor amargo, sarcástico, brutal, ácido, irónico o negro.
“La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall” no es su historia más célebre, pero tiene una gracia especial. Sobre Amsterdam se observa un extraño globo fabricado con periódicos, y en él viaja un enanito vestido estrafalariamente, que arroja una carta sobre el burgomaestre. El autor de la carta dice ser Hans Pfaall, un artesano de fuelles que desapareció de la localidad hace cinco años. Y explica en ella, con todo lujo de detalles, que, agobiado por las deudas, concibió la locura aparente de fabricar un globo aerostático con el que viajar a la Luna (aquí, Poe introduce un buen número de erudiciones científicas, que hoy sabemos inexactas, pero que otorgaban a su relato un aire serio). La carta de Hans Pfaall incorpora una oferta (revelar a los humanos todo lo que ha aprendido de la Luna y de sus habitantes) a cambio de ser perdonado de sus deudas y errores, si vuelve. El alienígena que ha arrojado la carta desde el globo le llevará la respuesta a la Luna. Al final todo es una ingeniosa broma tramada de principio a fin por Pfaall, con la complicidad de un malabarista enano, para volver a la ciudad famoso y sin deudas.
En su cuento “Conversación con una momia” el profesor Ponnonner y el narrador consiguen que una momia resucite después de aplicarle una corriente eléctrica. Tras la recuperación absoluta (a la momia le cuesta unos minutos centrarse), la momia sostiene con vehemencia que los tiempos del Antiguo Egipto fueron mucho mejores que los actuales en cuanto a política, ciencia o arte, pero está conforme en aceptar que en el siglo XIX se lleva una ropa más bonita. En eso es en lo único que la Humanidad ha mejorado. La broma se completa cuando el narrador le dice al profesor Ponnonner que, tras ver la facilidad con la que se puede resucitar a un cadáver, pedirá ser embalsamado tras su muerte y así conseguirá enterarse de quién será presidente de los Estados Unidos en el año 2045.
El “Cuento de Jerusalén” es una obra de juventud, primeriza. Unos hebreos han conseguido que los romanos que cercan la Ciudad Santa se compadezcan de ellos y, a cambio de dinero, se comprometan a entregarles unos corderos para sus sacrificios rituales. Pero cuando los israelitas alzan la cuerda gracias a una polea descubren que los romanos les envían un enorme cerdo. La burla no puede ser más sangrante.
“Los anteojos” produce algunas sonrisas. En síntesis, se trata de un joven apellidado Simpson que se enamora de una bella dama y consigue casarse con ella a los pocos días de haberla visto por primera vez. El problema es que la dama en cuestión, frente a los 21 años de Simpson, tiene 82. El joven se ha dejado engañar por su extrema miopía. Por fortuna, la anciana ha comprendido todo desde el principio, y, sin querer aprovecharse de la ridiculez de la situación, ha logrado que un amigo de su novio oficie una boda falsa para ver si de una vez por todas se convence de ponerse anteojos.
Tampoco falta humor en “El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether”. El narrador de la historia desea conocer el funcionamiento de una clínica mental que ha encontrado durante un paseo, y es invitado a visitar sus dependencias. Pero descubre que todo los enfermeros y los cuidadores que lo atienden muestran notables extravagancias en su forma de actuar. Al final descubrirá que se trata de los locos que han tomado el poder del manicomio y han reducido a médicos y cuidadores a las mazmorras del mismo, untándolos con alquitrán (tar, en inglés) y plumas (feather, en el mismo idioma).
En “Tres domingos por semana” el roñoso tío Rumgudgeon le niega a su sobrino el permiso para casarse con Kate (y entregarle así su dote matrimonial) hasta que una semana contenga en su seno tres domingos. La joven pareja, desesperada por esa condición tan cruel, consigue que dos marinos de gran fama acudan a la casa del tío Rumgudgeon: uno ha viajado hacia el este y otro hacia el oeste, con lo cual uno cree que mañana es domingo y otro cree que lo fue ayer. Como resulta que hoy es domingo, se produce la esperada conjunción de tres domingos en una semana.
“Autobiografía literaria de Thingum Bob” nos habla de un personaje que construye su fama literaria plagiando versos de John Milton y logrando ser publicado en revistas y premiado en concursos, ante la ignorancia de los encargados.
Por otra parte, hay cuentos de Poe que no suelen ser citados en la primera línea de sus logros, aunque son adecuados para todas las edades. Algunos estudiosos consideran que  hay algunas historias especialmente seductoras.
1) La primera es El pozo y el péndulo, donde se nos cuenta la historia de un condenado por la Inquisición, en Toledo, que está en una celda a la espera de su ejecución. El terror lo anonada y paraliza. Durante mucho tiempo camina por la celda, que está a oscuras,  tratando de calibrar sus dimensiones y su forma. Y descubre que en el centro hay un pozo, en el que está a punto de  precipitarse. Un tiempo después, tras despertar de un sueño inducido (lo han narcotizado con el agua), se encuentra atado a una especie de camilla, sobre la cual oscila un péndulo con una alarmante cuchilla que baja lentamente. Pese a la indecible angustia, consigue liberarse. Entonces le espera una nueva tortura: las paredes empiezan a calentarse (son metálicas) y a estrecharse. Pretenden achicharrarlo y que se lance al pozo... Cuando está a punto de hacerlo todo se detiene: los enemigos de la Inquisición han conseguido vencer. El general Lasalle ha entrado en Toledo.
Es una atmósfera opresiva, con esa escena de paredes estrechándose, pero con el alivio de que el protagonista se salva.
2)  La segunda es El gato negro. Un hombre que desde siempre ha sentido pasión por los animales se casó y su mujer consintió que la casa familiar estuviera llena de animales. Entre ellos, un gato. Un día de borrachera, le salta un ojo deliberadamente; otro día, sin que exista ninguna razón, lo ahorca. Un incendio devasta después su casa, y se dibujan las imágenes de un gato y de un patíbulo en la pared calcinada... Al poco, se hace con otro gato de similares características al anterior (negro, grande, tuerto), y crece también inexplicablemente su odio hacia él. Pero no se atreve a hacerle daño. Un día en que está a punto de descargar un hacha sobre la cabeza del animal, su mujer lo detiene y él la mata, lleno de ira. Luego la empareda en el sótano. Acabada la tarea, intenta matar al gato, pero no logra dar con él... Durante unos días, los investigadores tratan de localizar el cadáver de su esposa. Y él, tras dar un golpe en la pared para hacerles ver que es sólida, provoca que se escuche un aullido infernal. Cuando los policías rompen la pared, encuentran el cadáver de la mujer y el gato sobre su cabeza.
En este relato llama la atención la psicología del personaje, esa forma de odiar o de sentir furia sin saber por qué, además del final.
3) El tonel de amontillado es otra de esas atmósferas opresivas e inquietantes que tanto le gustaban a Poe. El narrador, que tiene una cuenta pendiente con el injurioso Fortunato, ha decidido vengarse de él. En pleno carnaval lo encuentra en la calle y le asegura que ha comprado un barril de amontillado, pero que no está seguro de que se trate de un vino de calidad. Fortunato, ebrio y ansioso, decide ir con él para darle su opinión. Mientras avanzan por la extensa bodega subterránea del narrador (que tiene huesos humanos en sus paredes, por ser una antigua catacumba), le va ofreciendo vinos, con lo que aumenta la embriaguez de Fortunato. Llegados al final, el narrador lo encadena con facilidad a uno de los muros. Ajeno a cualquier atisbo de misericordia, lo empareda. Y de esto han pasado ya cincuenta años.
El cuento produce escalofríos. Primero, porque sabemos desde el primer instante que Fortunato va a sufrir la ira vengadora del narrador, pero ignoramos la forma en que va a producirse; segundo, por la ambientación del relato (catacumbas, huesos, humedad).
4) El escarabajo de oro es otro clásico. William Legrand, acompañado por su criado Júpiter, encuentra un singular escarabajo. Y, según le dice al narrador, que es amigo suyo y que duda de su estabilidad mental, este bicho “de oro” le ayudará a recuperar la antigua fortuna familiar. Salen de expedición y, al llegar a un elevado árbol, hacen subir a Júpiter. Su amo le indica que deslice el escarabajo, unido a un cordón, por la cuenca vacía de una calavera que hay clavada en la séptima rama del árbol y encuentran un fabuloso tesoro de oro y piedras preciosas.
Pero lo mejor del relato es la detallada explicación criptográfica que Legrand da sobre cómo descubrió y tradujo el enigmático manuscrito de Kidd. Todos esos mecanismos de textos cifrados, claves para leerlo e instrucciones para descubrir un misterioso tesoro resultan fascinantes.
5)  La caja oblonga es un cuento de 1844. El narrador acaba de embarcarse para cruzar el Atlántico, al igual que un amigo suyo, el señor Wyatt. Este va acompañado por su esposa y una enorme caja oblonga; y ha reservado dos camarotes en lugar de uno. Por las noches, mientras la esposa sale del camarote principal y se va a dormir al otro, Wyatt realiza actividades ruidosas que llaman la atención del narrador: es como si desclavara la caja. Luego se le escucha sollozar. Unos días después estalla una tormenta que obliga a desalojar el barco. Wyatt pide que le dejen volver a por su caja oblonga. Como no lo hacen, se lanza al agua y trepa solo al barco. Aparece con la caja, se anuda a ella con una cuerda y se lanza al mar. Sorprendentemente, ambos se hunden en las aguas. ¿Por qué no flota, si la caja es de madera? El capitán del barco le explica el misterio al narrador: dentro de la caja iba el cadáver de la esposa de Wyatt, que murió antes de embarcar. La hizo embalsamar, meter en la caja con sal y transportarla al otro lado del océano, para llevarla con su familia. La sal obligó a la caja a hundirse. Cuando ésta se disuelva se podrán recuperar los dos cadáveres. Su esposa falsa en realidad es la criada de la familia, que se prestó a desempeñar su papel para que no cundiera el miedo entre los pasajeros. De ahí que saliera por las noches a dormir en el otro camarote.
Misterio, ruidos extraños, amistad, muerte y una historia de amor al fondo. Todo lo que necesita un relato para llamar la atención.
6)  “Tú eres el hombre” no suele ser citada entre los relatos más famosos de Poe. El señor Barnabas Shuttleworthy ha sido, al parecer, asesinado. Y el gran sospechoso es su sobrino, Pennifeather, que no tiene coartada para el día de aquel presunto asesinato y que, además, es el gran beneficiario del testamento. Charles Goodfellow, el mejor amigo de Barnabas, se empeña en solicitar tolerancia y clemencia con el joven, pero se adivina que lo está haciendo maquiavélicamente. Un tiempo después del asesinato, Charles recibe una enorme caja de vino que le prometió el difunto en vida. Cuando la abre, ante todos los invitados, aparece el cadáver putrefacto de Barnabas, que pronuncia las palabras “Tú eres el hombre”. Goodfellow confiesa el crimen y muere.


Coherencia, cohesión, adecuación



Un esquema válido para recordar los diferentes elementos que hay que observar para realizar un comentario de texto (lingüístico, pragmático...)



ELEMENTOS COHERENCIA
ELEMENTOS COHESIÓN
ELEMENTOS ADECUACIÓN
. Tema central
. Unidad de las partes del texto
. Orden en las ideas
. Progresión temática
. Disposición de la información
. Recurrencia

. Recurrencias o repeticiones de elementos
. Deixis
. Sustitución
. Elipsis
. Orden y grado de novedad de la información (tema, tópico, presuposición, rema)
. Marcadores y conectores discursivos
. Modificadores oracionales
. Adaptación del texto al tema
. Extensión y estructura de acuerdo con la situación comunicativa
. Adaptación del emisor al receptor
. Idoneidad  respecto a la situación espacio- temporal
. Acomodación a la finalidad
. Aceptación de las normas del grupo social
. Adaptación al nivel de la lengua en el que se desarrolla la comunicación
. Respeto de las normas de cortesía
. Respeto del tono o nivel de formalidad.

viernes, 13 de abril de 2012

Las cuitas del joven Werther




Las cuitas del joven Werther” (“Die Leiden des jungen Werthers”) es una novela epistolar escrita por Wolfgang Johann Goethe y publicada en 1774. Constituyó un éxito extraordinario en Ale­mania y fue traducida a prácticamente todas las demás lenguas europeas en los años siguientes. A pesar de que es una novela de juventud (Goethe solo tenía veinticuatro años cuando la escribió), se convirtió en la obra más leída y popular de su autor, si bien después compuso tex­tos tan importantes como “Fausto”. Se trata de una novela de senti­mientos, constituida por una serie de cartas en las que el protagonista Werther (joven apasionado, sensible y con dotes artísticas, que busca el contacto con la naturaleza y la vida pura en el ficticio pueblecito de Wahlheim) cuenta sus vivencias y reflexiones a su amigo Wilhelm. Mediante esas cartas se va desarrollando la trama, en la que se revela la pasión del protagonista hacia una mujer que no puede ser suya.
Werther conoce en Wahlheim a Carlota (Lotte), una extraordinaria muchacha que cuida a sus hermanos tras la muerte de su madre, y de la que se va a enamorar apasionadamente. Ese amor es imposible porque Lotte está comprometida con Albert, un hombre once años mayor. El joven Werther huye a Weimar, pensando que allí olvidará a Carlota. Pero en esa ciudad sigue pensando continua­mente en ella y, cada vez más atormentado, decide volver a Wahl­heim, donde se entera de que Albert y Lotte se han casado.
Comienza a visitar al matrimonio (Werther, a pesar de todo, había entablado amistad con Albert), pero Lotte comunica al joven enamorado que no debe acudir tanto a su casa. Werther, entonces, la visita  por última vez cuando ella está sola y le recita un pasaje de los poe­mas de Ossián, que el joven había traducido del inglés para ella. Arrastrados por la emoción, y entre lágrimas, Carlota y Werther se besan. El joven comprende que las conse­cuencias de ese beso pueden ser funestas para Carlota o Albert, y por eso, para no dañar a ninguno de los dos, decide suicidarse. Pide a Albert dos pisto­las de duelo, y Carlota, al leer la nota, le envía las armas llena de negros presagios. Pensando que su amada Lotte refrenda su decisión, Werther se suicida.
Será Wilhelm, el amigo que recibía sus cartas, quien ponga final a esta historia.

PERSONAJES:
Werther es el protagonista y quien en primera persona narra casi todos los aconte­cimientos. Es un joven sensible, con dotes para el dibujo, soñador, inconformista y cariñoso con los niños (especialmente con los herma­nos de Lotte). Se muestra apasionadísimo en el amor, hasta el punto de que Carlota se convierte en su obsesión: toda su vida gira en torno a ella, aun sabiendo que es inalcanzable para él, lo que lo llevará a su trágico final.
Carlota es culta, sensible, cariñosa con sus hermanos, se debate entre la fidelidad a su esposo y el amor que siente hacia Werther.
Albert demuestra en general una actitud amistosa hacia el joven, aunque luego desconfía de él. Si al princi­pio despierta la simpatía de Werther, luego llegará a detestarlo por convertirse en el gran obstáculo que lo separa de Carlota, aunque siempre lo admirará. 
Wilhelm (Guillermo), íntimo amigo de Werther, destinatario de todas sus cartas, actúa a modo de conciencia o “alter ego” del infortunado joven, y es quien cierra el relato.
Estos son los personajes principales, pero hay además personajes secundarios (los hermanos de Carlota, administradores, condes a los que el autor no da nombre…) que comple­mentan la novela. Los caracteres de todos ellos están magnífica­mente cons­truidos.

ESTRUCTURA:
Es una novela en gran parte epistolar, integrada por las cartas que el joven Werther va enviando a su amigo Wilhelm (“Guillermo” en alguna tra­ducción española) desde el 4 de mayo de 1771 hasta el 21 de di­ciembre 1772. Sin embargo las últimas secuencias de la obra están relatadas por un narrador omnisciente, que actúa también como editor de las cartas enviadas a Wilhelm.
El tiempo en “Werther” es lineal, todos los aconte­cimientos es­tán dispuestos en orden cronológico, e incluso puede advertirse en Goethe un afán por datar minuciosamente los aconteci­mientos en el tiempo, y así sa­bemos que el joven se suicida al oír las campana­das que mar­can las doce de la noche.

ESTILO:
Esta obra es una magnífica muestra de la narrativa de Goethe en sus inicios, en la época marcada por el espíritu del “Sturm und Drang”, movimiento literario desarrollado en Alemania, que toma su nombre de un drama de Friedrich Maximilian Klinger escrito en 1776.  El “Sturm und Drang” concedió a los artistas la libertad de expresar la subjetividad individual y los extremos de la emoción, en contraposición a las normas racionalistas.
 La novela expresa los distintos estados de ánimo por los que va pasando el protagonista. A través de sus cartas, el protagonista “desnuda” su alma. Apasionamiento y delicadeza son los calificativos que mejor cuadran a la manera con que el autor desarrolla su historia. Goethe procura que los cambios de pensamiento o actitud de los diferentes personajes se produzcan de un modo gradual. La pin­tura de la Naturaleza está realizada con una gran fuerza, sobre todo cuando describe la inundación en el valle y el poder devastador de las aguas.

FUENTES DE LA NOVELA:
Según declaraciones del propio Goethe, el sufrimiento que le causó un desengaño amoroso fue lo que le motivó para escribir su “Werther”. La noche del 9 de junio Wolfgang Goethe conoció en un baile a la hermosa Carlota (Charlotte) Buff, de la que se enamoró casi al instante. La joven estaba prometida a un hombre mucho mayor que ella, llamado Johann Christian Kestner. La relación entre Goethe y Charlotte acabó cuando la muchacha le dijo que él no tenía ninguna esperanza. Muy abatido, el escritor se marchó sin despedirse.
El paralelismo ente este fracaso amoroso y el planteamiento de la novela es evidente, e incluso Goethe le da a la protagonista femenina el nombre de la mujer de la que anduvo enamorado, si bien el nombre del esposo en la ficción no coincide. Pero en la novela hallamos otros paralelismos: al igual que Goethe, el cumpleaños de Werther es 28 de agosto; ambos abandonaron a sus amadas un 10 de septiembre: en el caso de Goethe, el abandono fue definitivo, en el de Werther, solo temporal, pues regresará a Wahlheim. Ambas Carlotas eran hijas de un oficial del ejército y tenían hermanos más pequeños.
Ignoramos si en algún momento Goethe acarició la idea de suicidarse, pero un amigo suyo sí tuvo ese trágico final. Karl Wilhelm Jerusalem se quitó la vida porque, según parece, estaba enamorado sin esperanza de la esposa de otro hombre. Al igual que Werther, se disparó un tiro en la sien con una pistola de duelo prestada.
 El personaje de Werther aúna características y vivencias tanto del propio Goethe como de su íntimo amigo. Wilhelm, el amigo de Werther al que van dirigidas todas sus cartas, es el segundo nombre de Jerusalem.

TRASCENDENCIA:
“Las cuitas del joven Werther” consolidó una de las tres tendencias que caracterizaron a la narrativa romántica, la de la novela sentimental. Las otras tendencias fueron el relato de terror, con Edgar Allan Poe o Mary Shelley, y la novela histórica, en la que destacaron Sir Walter Scott y Víctor Hugo.
La popularidad de “Werther” fue enorme, de tal manera que se habló de una “fiebre de Werther” (Wertherfieber en alemán). Incluso influyó en la forma de hablar y comportarse y hasta de vestir (se imitaban los ropajes que aparecían en los cuadros que recrearon episodios de la novela). Se llegó a res­ponsabilizar a la novela, y por ende a su autor, de una supuesta ola de sui­ci­dios que asoló Europa, quizás por ello un escritor llamado Nikolai Friedrich es­cribió un final completamente distinto para la obra, en la que el suicidio se frus­tra y Albert cede su esposa al joven Werther. Esto encolerizó a Goethe el cual atacó a Friedrich de manera desabrida, gestándose entre am­bos una enemistad personal y literaria.

TRADUCCIÓN AL ESPAÑOL:
La primera traducción del “Werther” al español tuvo lugar en 1802. Fue una traducción indirecta, a través del francés, realizada por un tal José Bladeau, quien trató de burlar la férrea censura inqui­sitorial retitulando la novela “Cartas morales sobre las pasiones”, sin embargo la censura la rechazó, así que la obra no se publicó entonces. La primera edición en castellano del “Werther” lo fue en París, en 1804: lo publicó la editorial Guillemet, sin que conste el nombre del traductor (¿el propio José Bladeau?). En 1819 ya se pu­blica la no­vela en España, con el título de “Las pasiones del joven Werther”. Y habrá que esperar hasta 1835 para que José Mor de Fuentes traduzca el texto direc­tamente del alemán, con el título de “Las cuitas del joven Werther”.

EL AUTOR:
Escritor, dibujante, político, pensador, científico y hombre versado en muchos de los saberes de su tiempo, Johann Wolfgang Goethe nació en Frankfurt el 28 de agosto de 1749 y murió en Weimar en 1832. Goethe fue un hombre polifacético que, aun ejercitando sobre todo su vocación de escritor (cultivó to­dos los géneros litera­rios), destacó como dibujante y científico; sus investiga­ciones sobre zoología y botánica influyeron en Charles Darwin, quien siempre admiró la dimensión científica de Goethe.
Su amistad con Herder, siendo aún estudiante de Derecho, encauzará su quehacer literario dentro del movimiento “Sturm und Drang”. Próximo al Romanticismo en sus años de juventud, evolucionará hacia el Clasicismo. Podemos ver en el genial escritor ale­mán a un espíritu ecléctico, que añora casi más la perfección y luminosidad de la civilización grecolatina que las brumas de una Edad Media que sin embargo también está presente en su obra. Entre los títulos más destacados de su labor literaria señalaremos, además del “Werther”, “Epigramas venecianos” (1786) y su obra cumbre, “Fausto”: la primera parte se publica en 1808 y la segunda en 1833; es la tragedia del hom­bre que vende su alma al diablo a cambio de conseguir la sabiduría y la juventud.

EL ASUNTO OSSIAN:
Uno de los momentos más intensos de la no­vela es cuando Carlota y Werther leen un fragmento de Ossián. Ambos lloran emocionados, y Werther, en un arrebato de pasión, se arrodilla ante ella. Los dos acaban besándose, lo que, paradójicamente, precipita la tragedia. Ossián, hijo del héroe Fingal, fue un guerrero y bardo (juglar o poeta celta) del siglo III después de Cristo. El escritor escocés James Macpherson publicó en 1760 la traducción al inglés de unos fragmentos de los poemas compuestos por Ossián en gaélico antiguo, que el propio Macpherson había recogido en las tierras al­tas de Escocia (Highlands). Estas historias míticas de dioses célticos y héroes entusiasmaron a los escritores prerrománticos y a los primeros autores del Romanticismo, y los poemas de Ossián fueron saludados especialmente por los autores alemanes adscritos al movimiento “Sturm und Drang”. Ossian fue aclamado como el Homero de la civilización celta.
Sin embargo no tardaron en surgir dudas sobre la autenticidad de estos poemas y se pidió a James Macpherson que mostrara los manuscritos, que el poeta escocés jamás quiso mostrar, y que tampoco fueron encontrados entre sus per­tenencias tras su muerte. Por otro lado, los irlandeses movieron una agria po­lémica y arremetieron contra Macpherson, acusándolo de apropiarse de un personaje de Irlanda, ya que Ossián nació en dicha isla.
Hoy parece más que probable que todo fue una superchería urdida por Macpherson, aunque es evidente que sus textos poseían bastante calidad. Así, uno de los más bellos y apasionados episodios de “Werther”, la escena amorosa tras la lectura de los versos de Ossián, se basa en un engaño.

EL CONTEXTO HISTÓRICO Y CULTURAL:
El siglo XVIII fue conside­rado el “siglo de la razón” o “el de las luces”. El raciocinio combatiendo las su­persticiones y el oscurantismo, la extensión de las medidas higiénicas, los pro­gresos científicos, las ideas de Leibniz de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, crearon una sensación de optimismo y bienestar, cierta si comparamos esta época con el rudo siglo XVII, pero iluso­ria si nos atenemos a la posterior evolución de los acontecimientos. Desaparecen las guerras de religión, que habían ensangrentado buena parte de Europa durante dos siglos, y la incidencia de las epidemias es menor.
Johann Wolfgang Goethe escribe “Werther” en la época que va desde el final de la Guerra de los Siete Años, en 1763, hasta el comienzo de la Revolución francesa en 1789. Alemania formaba parte del Sacro Imperio Romano-Germánico, si bien, en la práctica, el país se hallaba fragmentado en estados de desigual extensión, unos bajo la influencia de Austria y otros bajo la influencia y do­minio de Prusia. Weimar, el ducado donde Goethe vivió la mayor parte de su vida y en la que asumió labores de gobierno, era un pequeño estado semiindepen­diente, que a partir de esos años adquirió una gran brillantez cultural al acoger, además de a Goethe, a Schiller y a Herder, sin olvidar que, con anterioridad, Bach había vivido allí uno de sus periodos más fecundos como compositor, como sucedería con Franz Liszt ya en el siglo XIX.


jueves, 12 de abril de 2012

La lírica de Quevedo




Quevedo: Clasificación de su obra poética.

            La distribución temática es casi la única posible. Siguiendo a Blecua, nos centraremos en cuatro apartados:
            -Poemas metafísicos, morales y religiosos.
            -Poemas de tema amoroso.
            -Poemas burlescos y satíricos.
            -Poemas de circunstancias.

             Poemas metafísicos, morales y religiosos.

            Un conjunto de textos quevedescos tienen como tema central la reflexión sobre el sentido de la existencia, la muerte y el paso del tiempo. El tema de la vida como muerte cruza toda la obra del autor y tiene su expresión más apretada y definitiva en estos versos. Significativo es el soneto Contiene una elegante enseñanza de que todo lo criado tiene su muerte de la enfermedad del tiempo. En su comentario de este texto, Cossío sostiene que existe aquí una serenidad y esperanza de raíz cristiana. Pero no encontramos en estos versos ni al sabio estoico ni al cristiano esperanzado. Estamos ante el hombre, con su carga cultural e ideológica, que contempla cómo “muere la vida”.
            En sus poemas morales, Quevedo labora por “desengañar” a los mortales, para que no caigan en el error de esperar la muerte como algo futuro, siendo un presente continuo desde la cuna a la sepultura. El poeta ve una continua advertencia en cuanto le rodea. Ése es el tema del soneto Miré los muros de la patria mía. El poema es un “desengaño” para el lector ingenuo, una demostración de que “todas las cosas avisan de la muerte”.
            El tema de la huida del tiempo está íntimamente ligado a la problemática anterior. En el soneto ¡Ah de la vida!... logra uno de sus mayores aciertos en la expresión vertiginosa de la existencia. Las impresiones más subrayadas son el abandono y la impotencia. Se encuentra ante la vida como ante un caserón abandonado en el que nadie acude, o como un militar que llama a la guardia que lo acompaña para percatarse de que está solo e impotente, de que las fuerzas en que confiaba (salud y edad) han huido, y lo único que queda de la vida son recuerdos y ruinas.
            La palabra poética está al servicio de la expresión del paso imparable del tiempo. En el soneto ¡Fue sueño ayer... se ha logrado abolir la atemporalidad abstracta del lenguaje y transmitir al lector la sucesión temporal que se da mientras se emite un enunciado: hoy pasa, y es, y fue con movimiento,.
            El poeta rectifica el tiempo verbal: lo que era presente al concebir la frase es ya pasado al fijarla en la estructura de la lengua. El tiempo aparece a menudo como un ladrón que saquea, huye y se esconde. Todo desaparece y cambia ante su paso arrollador. Esta impresión inspira el soneto Buscas en Roma..., en el que solo la corriente del Tíber permanece.
           
            En lo que atañe a los poemas morales, la primera obsesión del poeta es reducir las experiencias externas a su auténtica dimensión. Por este proceso reductor pasarán todas las realidades humanas y especialmente aquellos estados más favorecidos por la Fortuna. Algunos de estos poemas tienen ribetes existenciales. El más bello ejemplo es Verdugo fue el temor: el texto descubre la fragilidad del hombre. Toda una muchedumbre muere al precipitarse para escapar de algo que no existe.
            La obsesión del poeta en sus versos morales es evidenciar que en nuestro comportamiento diario nos movemos, luchamos y morimos por cosas que no existen. Tal es el caso del poder político, que Quevedo describe como un gran vacío relleno de los materiales más deleznables. De especial interés es Desconoces, Damocles... por subrayar el carácter íntimo de la soledad del poderoso que no halla interlocutor en sus cortesanos, pues todos repiten cuanto dice. El tema de la inconsistencia del poderío mundano aparece en la silva A los huesos de un rey que se hallaron en un sepulcro. El contraste entre el pasado esplendor y los restos presentes ofrece la lección moral de recogimiento que el poeta quiere transmitir.
            (Otras ambiciones no estrictamente políticas merecen también la censura de Quevedo: el ansia de riquezas, la usura, etc... Se ceba el poeta en los individuos que pretenden asociar a Dios a sus empresas injustas: Ciegas peticiones de los hombres a Dios, Para comprar los hados más propicios...)
            (La respuesta al mundo falso de las ambiciones en la búsqueda de la auténtica vida en el apartamiento. Por un lado, se huye de los peligros del poder. Por otro, se persigue la única vía para conseguir la paz: la renuncia.
            El tema de la renuncia y la conformidad con el destino es de los más importantes en el pensamiento moral de Quevedo.)
            (El tópico del Beatus Ille alcanza una afortunada expresión en el soneto Dichoso tú...).
            Algunos de los poemas morales están dedicados a la decadencia española. La advertencia más directa la tenemos en el soneto Un godo, que una cueva en la montaña... La otra composición político-moral es la Epístola satírica y censoria contra las costumbres presentes en los castellanos.

            En lo que respecta a los poemas religiosos, el Heráclito cristiano es una breve colección de poemas que Quevedo escribió en 1613 en la Torre de Juan Abad y la dedicó a su tía, Margarita de Espinosa. El libro se compone de 28 salmos cuya temática oscila entre lo religioso y lo existencial. El poemario, subtitulado Lágrimas de un penitente es una reflexión sobre la propia existencia. 
            Los 28 salmos son un diálogo directo con la Divinidad y una contemplación desengañada de la existencia pasajera. Se abre con un soneto (Un nuevo corazón...) que refleja una honda ansia de regeneración y un amargo desencanto. El modelo es el verso de Garcilaso Cuando me paro a contemplar mi estado que Quevedo aplica a lo moral y divino.
            Lo más célebre de este libro son los sonetos Miré los muros de la patria mía, ¡Cómo de entre mis manos te resbalas! y Bien te veo correr, tiempo ligero.

             Poemas de tema amoroso.

            Quevedo era profundamente misógino. Su matrimonio con Esperanza de Mendoza resultó un fracaso y acabó en separación.
            De su poesía satírica en que ridiculiza el sentimiento amoroso y ofrece desengaños a ingenuos entusiastas, no cabe esperar un profundo poeta del amor. Pero Quevedo es un intenso poeta erótico. Blecua incluye 220 poemas en el apartado de los amorosos.
            (Estos poemas no parecen tener un destinatario inmediato. En parte, lo que el poeta reproduce son tópicos amatorios de la época, a los que dota de nueva expresividad. Por otro lado, surgen en ellos los temas que le preocupan hondamente).
            (La concepción amorosa de Quevedo parte de una tradición cultural. Green opina que los orígenes están en el amor cortés y la lírica de los trovadores. Pozuelo señala como fuentes más próximas el petrarquismo y el neoplatonismo. Quevedo parte de una forma de entender la lírica amorosa. El primer hito de esa corriente es Petrarca. Tras él, los petrarquistas italianos y españoles, en especial Garcilaso, Herrera y Lope. Quevedo revitalizará el lenguaje poético con la introducción de voces extrapoéticas, imágenes hiperbólicas, etc...).
            Lo que caracteriza el erotismo lírico de Quevedo es la violencia. Dámaso Alonso habla del “desgarrón afectivo” como imagen totalizadora de su poesía. En los poemas amorosos se adivina esa afectividad represada que salta violentamente en sus versos. Pozuelo señala el papel marginal de la amada en el petrarquismo y, particularmente, en Quevedo. La introspección psicológica convierte el objeto erótico en disculpa retórica del autoanálisis. Pero esa mera disculpa retórica tiene importancia en Quevedo por cuanto le permite expresar una parte de su personalidad que no cabe en una epístola o en un poema moral: la necesidad afectiva de la comunicación íntima.
            Como tributo a la vida cortesana y a la poesía de la época, Quevedo dedica muchos poemas a describirnos, con todas las galas del petrarquismo, las gracias de una muchacha o una breve escena cotidiana en la que interviene una dama. Entre estos versos galantes y aquellos en que la pasión amorosa se expresa con mayor autenticidad hay una gradación. Abundan los juegos conceptistas. En el soneto Ceniza en la frente de Aminta pone en relación el fuego metafórico de los ojos y los incendios de amor con la ceniza que ostenta la dama sobre la frente. El mismo género de juego conceptual y galante aparece en la silva A un bostezo de Filis.
            Dámaso Alonso apunta la transición desde el colorido alegre y luminoso de estos versos al más sombrío de los auténticamente amorosos, y destaca la gracia del soneto dedicado A una dama bizca y hermosa y los que cantan A una dama tuerta y A otra dama de igual hermosura.
            La galantería a veces roza una expresión erótica más intensa. Así, en el soneto Celebra a una dama.
            (Pozuelo señala que los poemas más sensuales esconden “un movimiento de desengaño al que no es ajena la existencia de una alusión a la Muerte”. El tema del Carpe diem presenta “un tono de acritud y venganza sobre las bellas tiranizadas por la edad”.)
            Entre los poemas amorosos, existen algunos que expresan con mayor intensidad la desazón a que conduce el sentimiento amoroso. Curiosamente, no contienen nombre, no cantan las bellezas de la amada y el epígrafe es Soneto amoroso. Los que más nos interesan son A fugitivas sombras y Dejad que a voces diga. En ellos el poeta se ha deshecho de los cánones del petrarquismo y emplea una expresividad iracunda y desmesurada.
            Los poemas dedicados a Lisi constituyen el último de los grandes cancioneros del petrarquismo. En él nos encontramos numerosos débitos no sólo a Petrarca, sino a toda la tradición que de él desciende. Dámaso Alonso señaló algunas de estas deudas. Obligados son los contrastes entre el amor (“fuego”) del poeta y el desdén (“hielo”, “nieve”) de la amada. La espiritualidad neoplatónica aparece con renovada fuerza en sonetos como Puedo estar apartado y Lisi, por duplicado. Añadamos que todo el Cancionero de Lisi, excepto un poema en redondillas, está escrito en endecasílabos y que la mayor parte de los poemas son sonetos, rasgo que lo entronca con la tradición petrarquista.
            Hay dos aspectos en este cancionero muy característicos de Quevedo:
            -La agudeza conceptista de los sonetos de ocasión
            -El tema del dolor y la muerte en confluencia con la experiencia amorosa.

            El más célebre y apasionado de los poemas eróticos de Quevedo, Amor constante más allá de la muerte, funde el tema del amor de ultratumba y el de la ceniza enamorada. El poema tiene una estructura perfecta, clásica. Dámaso Alonso ha dicho de este soneto que “es seguramente el mejor de Quevedo, probablemente el mejor de la Literatura española”.

             Poemas satíricos y burlescos.

            Quevedo dedica un buen número de textos a describirnos una visión de la existencia caracterizada por la aversión a las grandes empresas, el desprecio del lujo artificioso y la exaltación del vino y de la vida zarrapastrosa de mendigos y pícaros.
            La mayor parte de los poemas que integran la serie de la “vida poltrona” son sonetos con rasgos formales que los unifican: el vocabulario caprichoso y de germanía, el juego de rimas extrañas, que a menudo se mantienen en todo el soneto con el solo cambio de la vocal tónica. Ejemplo de estos rasgos es el soneto Prefiere la hartura y el sosiego mendigo a la inquietud magnífica de los poderosos. Los mismos rasgos aparecen en otros sonetos donde los temas habituales en quevedo (desvalorización de la existencia, inanidad de lo real, paso destructor del tiempo) surgen en un tono más desolador, más agresivo y áspero que en los poemas morales.
            El aspecto que más atrae al Quevedo satírico es el contraste entre la apariencia y la realidad de los comportamientos sociales. El poeta aprendió en las letrillas de Góngora algunos de los recursos que emplea. Por ejemplo, el uso de estribillos alternos. En esencia, los personajes y situaciones son los mismos: los médicos, la justicia, el poder del dinero, los viejos teñidos, etc... Quevedo insiste en las putidoncellas, cornudos, sastres, pasteleros, calvos,...
            Especial interés merece el poder del dinero, causa y raíz de todas las falsedades. Varias letrillas lo tienen como protagonista: La pobreza. El dinero, Poderoso caballero es don dinero. Hay un conjunto de letrillas misóginas alusivas al interés de las mujeres en contraste con una falsa espiritualidad masculina. Síntesis de todo ello es la redondilla Si queréis alma, Leonor. La Corte está satirizada en el romance Desde esta sierra morena que es una manifestación de la animadversión poética contra los médicos.
            (La mujer y con ella el matrimonio es blanco predilecto de la sátira de Quevedo).
            Dedica una extensa sátira de 448 endecasílabos a enumerar los “riesgos del matrimonio a los ruines casados” y en numerosos textos alude a maridos pacientes y casamientos prostituidos de raíz.
            En otros poemas se exalta maliciosamente a cornudos, prostitutas y rufianes, y tendrán un lugar junto a las jácaras. El motivo que con mayor frecuencia da pie a las sátiras misóginas es el dinero, el interés. La mujer es pedigüeña y el hombre busca gozar de sus favores sexuales sin pagar (Ejemplo: Quiero gozar, Gutiérrez).
            A veces, la mujer es una disculpa para engarzar ingeniosidades, hipérboles y chistes. Es el caso de las silvas A una mujer pequeña, A una mujer flaca y del soneto Mujer puntiaguda con enaguas. Un tono esperpéntico y agrio empapa estos poemas. El ejemplo lo tenemos en los sonetos A una fea espantadiza de ratones y A una Roma, pedigüeña además. Pero las víctimas de los epigramas más crueles son las viejas.
            (Como ha dicho Dámaso Alonso, no hay que esperar piedad de estos versos. También aparece aquí el juego engaño-desengaño. Son varios los poemas dedicados a encarecer Los años de una vieja niña).
            Las bodas de viejos aparecen grotescamente caricaturizadas en Epitalamio. Otras veces, Quevedo se ceba en las dueñas; a una de ellas dedica un hiperbólico Epitafio. El tema del carpe diem aparece en la más agria de sus versiones. El soneto Pinta el aquí fue Troya de la hermosura recurre a imágenes repugnantes para describir el estado de la pasada belleza.
            (Son escasas las sátiras personales. Rivalidades literarias son la chispa que inicia la sátira en la mayor parte de las ocasiones y Góngora es la víctima más importante).
            La publicación del Polifemo y las Soledades dio origen a una durísima polémica entre los dos poetas. Las críticas de Quevedo se dirigen por igual al estilo y a la vida privada de Góngora. La agudeza se une a la íntima antipatía. Entre las parodias destaca Este cíclope, no siciliano y entre las críticas personales sobresale el Epitafio: Éste que, en negra tumba.
            Por otra parte, Quevedo es el creador del género de las jácaras, en que se cantan las proezas de un delincuente entre ladrón y rufián. El mundo prostibulario y de germanía es fuente de un humor esperpéntico y macabro. El género tiene sus raíces en algunos poemas de Rodrigo de Reinosa.
            La más célebre muestra es la Carta de Escarramán a la Méndez. Como ha dicho Blecua, Quevedo dotó de calidad literaria a estos poemas prostibularios y acuñó un lenguaje donde el vocabulario de germanía se aúna con el más alambicado de los conceptismos.
            (Las jácaras son, por lo común, cartas que se cruzan entre un jaque (rufián) y su marca (prostituta), o la relación que hace un delincuente. En algunas ocasiones, por ejemplo la Vida y milagros de Montilla, el relato en tercera persona sirve para introducir el parlamento autobiográfico del protagonista).

             Poemas de circunstancias.

            Conjunto de poemas escritos para celebrar acontecimientos de la época. Entre ellos encontramos relaciones de festividades en las que el autor ostenta su capacidad para el concepto y el chiste. En el romance Celebra el tiro con que dio muerte a un toro el Rey nuestro señor hallamos una muestra de ese arte chispeante e insustancial, donde no faltan imágenes atrevidas y sugerentes.
            Los epitafios y elogios fúnebres obedecen a circunstancias externas del poeta, a veces ligadas a su intimidad. Muchos son versos de compromiso con los tópicos consoladores del estoicismo y los motivos sobre la grandeza del finado (Epitafios a Felipe III, al Duque de Lerma, al príncipe Don Carlos y otras figuras de la aristocracia). Los momentos álgidos, poéticamente, se alcanzan en los epitafios a los personajes históricos (Belisario, Escipión,...) o contemporáneos (Enrique IV) a los que le unía algún tipo de afinidad. Superiores a los demás son los cuatro sonetos dedicados a su amigo y protector el Duque de Osuna.

             Estilo.

            El esfuerzo creativo de Quevedo es estilístico. Toda su filosofía procede de fuentes ajenas; él sólo ha contribuido con la organización verbal del pensamiento.
            En sus obras el que resplandece siempre es el artífice de la palabra.
            Los versos de Quevedo buscan una expresividad conceptual y afectiva. Su preocupación fundamental era poner en marcha la mente del lector planteando graves cuestiones, o proponiendo un trivial acertijo verbal. Pero aparecen recursos fónicos como el uso estilístico del encabalgamiento, la aliteración, la anáfora, etc...