lunes, 15 de junio de 2015

“Un soñador para un pueblo” de Buero Vallejo




            En ocasiones, Antonio Buero Vallejo (1916-2000) hablaba de su “perplejidad” ante las cuartillas que aguardaban el tortuoso trabajo de lima y corrección. Y es que su naturalidad es un efecto artístico logrado a base de mucho trabajo.
            Buero siempre tuvo en cuenta la función pública y social del teatro y se impuso desde el principio la misión de conseguir que el espectador y la sociedad se enfrentasen a una imagen de sí mismos susceptible de revelar sus defectos e insuficiencias.
            La concepción de la escena como caja de resonancia de los problemas de su tiempo no implica menoscabo de su creencia en la dimensión esencialmente estética del teatro.
            El teatro de Buero Vallejo es un ejemplo de armonía en la relación entre la voluntad ética y política de agitación de las conciencias (con Unamuno al fondo) y una forma dramática capaz de formular a la vez experimentos innovadores en la escena y de ser seguida y aceptada ampliamente por el público.
            Es un teatro dialéctico. Cada obra adopta la estructura dramática que precisa para transmitir su carga de problemas humanos y sociales, pero una vez conformada ya no es otra cosa que esa misma estructura dramática que se convierte en reveladora del conflicto.
            Un soñador para un pueblo es una obra situada en un momento concreto del pasado histórico español. Se estrenó a finales de 1958.

Teatro de Buero Vallejo hasta 1958

            Es un teatro imbuido de un sentimiento trágico de la vida. Pero con todo su pasado a las espaldas y sin renunciar a él, no se deja arrastrar por el abatimiento y sitúa en la esperanza el núcleo de la tragedia.
            Buero Vallejo se consagra a la creación movido por un irrefrenable deseo de expresarse.
            En 1949 obtuvo el premio Lope de Vega. Desde entonces fue hablando cada vez con mayor claridad de la intolerancia, la injusticia, la opresión y la violencia.
            Se trataba de hacer “posible” un teatro que hiciera posible algún día una sociedad democrática. Era una lucha dialéctica.
            Como escritor no podía permanecer mudo, tenía que componer sus dramas; como hombre comprometido, tenía que tratar temas difíciles y como español, reflexionaba sobre su país. La situación era trágica, ya que el silencio te hace cómplice y la ruptura de ese silencio era arriesgada. Buero eligió expresarse.
            En su teatro hay unos pocos temas propios de todo autor de tragedias: violencia, opresión, muerte, necesidad de enfrentarse con la verdad, alienación, error, libertad, utopía, esperanza,…
            La configuración de las obras tiende a escoger pautas reconocibles que cristalizan en un debate o enfrentamiento entre dos modos de pensar y comportarse. Construye los personajes como entidades complejas y no unilaterales, de manera que enriquece el universo dramático.
            Cada personaje, dotado de rasgos más o menos positivos, resulta a veces contradictorio y aparece a veces como trasunto de seres agónicos, insatisfechos, atravesados por una crisis en su interior que remite a la del hombre real del siglo XX.
            Buero Vallejo parte de los sistemas creativos del teatro realista, heredero de Ibsen y renovado por Pirandello y O’Neill.
            Las obras del autor español están configuradas sobre los principios del ilusionismo escénico, desplegado dentro de la “caja mágica” que construye el decorado y que aplica la teoría de la cuarta pared: trama ordenada y lógica que se desarrolla paulatinamente, tiempo sucesivo sin saltos entre escenas, espacio referencial o analógico, verosimilitud en los comportamientos, diálogo comprensible, etc.
            Incorpora elementos simbólicos, oníricos o visionarios que cuestionan el mundo escénico.
            Es una concepción del drama como instrumento de reflexión ofrecido al público. La obra desvela los errores cometidos por los personajes en el pasado o ante el espectador y muestra las consecuencias de sus actos. El autor busca que el público construya el sentido. Para conseguirlo prefiere dejar la obra abierta al final.

Buero Vallejo y el teatro histórico

            La obra se subtitula Versión libre de un episodio histórico. Se escribió en 1958 y se estrenó el 18 de diciembre.
            Es teatro histórico crítico. En él se examinaban las raíces del presente, mostrando las causas y motivaciones de actitudes que hoy siguen influyendo o conformando el país. Por otra parte se hallaba el interés por el tiempo pasado en sí.
            Se introducen el tema del tiempo como tal y la conciencia de transitoriedad en el espectador.
            Se habla al presente a través del pasado.
            Es el planteamiento teatral de un examen de conciencia colectivo sobre la acción de los españoles como pueblo en el pasado, con la intención de sugerir la necesidad de reflexionar acerca de cuál debería ser esa acción en el futuro.
            Un soñador para un pueblo se centra en la recreación teatral del motín de Esquilache (inicio de la semana santa de 1766 y concluido en Madrid con la caída del ministro).
            Esta obra, que llevaba el propósito de presentar la historia como conflicto, causó estupor e indignación.
            Lo que se ve en escena es una revuelta popular instigada por manos poderosas ocultas en la sombra, que aprovechan el descontento ante unas medidas puntuales, y atizando la xenofobia imperante en el vulgo, consiguen su objetivo de provocar la exoneración de Esquilache de sus ministerios.
            El drama hace ver que los sentimientos de disgusto ante cualquier innovación derivaron en algaradas callejeras al ser aprovechados y alentados por aristócratas que veían peligrar sus intereses por una política de reformas.
            El motín se convierte en símbolo del enfrentamiento entre dos concepciones, la que encarna Esquilache (presentado como mero instrumento de la política general de Carlos III) y la que representan Ensenada y Villasanta. Una mira al futuro en su búsqueda de la mejora material del pueblo y se concreta en medidas como la pavimentación de las calles, la higiene pública, la iluminación por faroles y el decoro y la seguridad de los vestidos. Otra se vuelve hacia el pasado, es hostil a las innovaciones y promoverá el descontento general, aunque vaya contra los intereses populares, como ocurrirá con la ruptura de los cinco mil faroles en Madrid.
            Como las medidas las disponía un extranjero, no era difícil agitar la xenofobia que suele acompañar toda situación de atraso cultural.
            La escrupulosa puntualidad de Buero Vallejo recuerda la de Galdós, que escribía cien años antes los Episodios Nacionales, o el Valle Inclán que componía los volúmenes de La guerra carlista o El ruedo ibérico.
            Buero Vallejo convierte la sucesión de acontecimientos en un relato escénico.
            Hay algunos detalles inventados o modificados a propósito, para intensificar la tensión, como la decisión de dejar al criterio de Esquilache su dimisión o que el derrocado ministro entregase personalmente a Ensenada la orden de su destierro. Con esto se consigue elevar el clímax dramático de la parte final del drama, al hacerse visible el debate moral en que se agitan los personajes.
            La figura del protagonista resulta favorecida respecto a su imagen por su dimensión histórica, aunque no se idealice.
            Las tintas sombrías se acumulan sobre Ensenada (tiene la catadura moral del simulador movido por el rencor). Además de personajes concretos, son síntesis o condensación de las fuerzas realmente presentes y actuantes del momento Esquilache en la España ilustrada. Los otros dos nobles (Ensenada y Villasanta) son la vieja nobleza española, apegada a sus privilegios, que deseó o alentó el motín.
            La caracterización psicológica de los que intervienen y sus relaciones sentimentales y afectivas es creación del autor. Fernandita pertenece también a su fantasía.
            La obra se articula en dos planos distintos y complementarios. Por un lado, el debate político e ideológico en torno al poder y los modos de conseguirlo y ejercerlo (Esquilache, los dos nobles, Carlos III) con el pueblo como destinatario último de las preocupaciones y factor imprevisto en la trama con su motín. Cuentan también los problemas del protagonista, su fracaso matrimonial con doña Pastora y su afecto por la sirvienta Fernandita.
            Los dos planos dan origen a dos acciones. La principal se centra en la presentación de los efectos producidos por la sublevación popular.
            La violencia colectiva está presente a través de referencias continuas.
            Uno de los temas básicos es la responsabilidad moral de cada individuo. Cuando al final Esquilache se sacrifique a favor del bien común y condene a Ensenada por su egoísmo, transmitirá una lección definitiva. Abandonará el gobierno, pero no será por un triunfo de la presión popular. Con ello aparece la necesidad de distinguir entre apariencia y realidad.
            La acción secundaria, más íntima y delicada, expone la desoladora situación del matrimonio del protagonista y el nacimiento en su ánimo de una última ilusión afectiva, finalmente frustrada.
            Esta duplicidad de acciones se completa recíprocamente. En los dos planos es figura central Esquilache y, en el segundo, se sugiere un posible nuevo triángulo formado por él, la doncella y el calesero Bernardo, que es uno de los cabecillas del motín.
            La mínima acción secundaria refleja, condensa e ilumina el sentido de la principal. Si esta se mueve en el terreno del debate teórico en torno al pueblo, la otra desciende a presentar un caso concreto en Fernandita, que se debate entre el calesero y el marqués, o entre lo que los dos representan, por lo que la criada tendrá un valor simbólico clave en la obra.
            Bernardo encarna otra de las caras del pueblo. Frente a su imagen (atraso, ignorancia, violencia), la muchacha se siente atraída por lo que denominaríamos las “luces”.
            El final del drama, por encima de la melancolía del político derribado, dibuja el comienzo del cumplimiento de que el pueblo consiga vencer por sí mismo lo peor que encierra y llegue, a través de su libertad, a ser dueño de su destino.
            El final, anticlimático, supone un contrapunto a la larga escena anterior, emocional y de gran altura ideológica. Al rechazar al calesero, Fernandita deja abierta una puerta a la esperanza.
            Los dos planos confluyen también cuando Esquilache confiesa su error. Su vida privada ha sido un fracaso y su vida pública ha estado viciada.
            Esquilache tiene buenas intenciones, proyecta mejoras para el país y pone los intereses de este por encima de los suyos propios, pero no siempre ha actuado con tal desprendimiento. Permite a su lado la corrupción de su esposa. Su caída puede ser un castigo excesivo, pero no es del todo injusto.
            Los problemas que se presentan en la obra son colectivos. El drama es político. Se trasciende a la moral pública.
            El diálogo enfrenta la actitud inmovilista, tachada de suicida, con la de quienes asumen que “la historia se mueve”, lema que puede resumir su sentido.
            Las dos partes de la obra se descomponen en una sucesión de cuadros menores, que incluyen saltos temporales.
            El primer acto comprende hechos sucedidos los días 9, 10, 11 y 22 de marzo de 1766. Las apariciones del ciego con el anuncio del diario de cada día constituye un medio ágil y dinámico por el que el público sabe siempre el tiempo transcurrido.
            El segundo acto incluye dos días (23 y 24 de marzo). Aparece un escenario simultáneo. Hay una calle de Madrid, el interior de un palacio o la puerta del mismo. El uso de un giratorio permite multiplicar los lugares, a lo que se añade el juego con diferentes alturas, conseguidas por medio de peldaños.
            La iluminación destacará el lugar que en cada momento desarrolla la acción o el diálogo, y que son dos en el primer acto: el interior de la mansión de Esquilache y la calle frente a dicha mansión. Cada recinto tiene sus propios personajes (poderosos en el interior y gente del pueblo fuera).
            En las escenas dentro de la mansión se puede percibir un ritmo repetido, consistente en que cada una de ellas se divide a su vez en tres partes, marcadas por la sustitución de los interlocutores de Esquilache (Ensenada, su esposa y Fernandita; Villasanta, doña Pastora y Fernandita; Rey, Ensenada y Fernandita). El esquema se simplifica: diálogo del ministro (siempre presente) con un poderoso; con su mujer (o Ensenada) y con Fernandita.
            El acto segundo, tras una escena de exterior, se desarrolla casi enteramente en el Palacio Real, para terminar de nuevo en la calle.
            En el inicio la presencia de los personajes adquiere valores simbólicos.
            En el entreacto ocurre el asalto a la mansión de Esquilache. Este aparecerá por primera y única vez en la calle, expulsado de su ámbito, débil e inseguro.
            Tras las alternativas del ánimo del protagonista, se produce su destierro, elegido voluntariamente, y el debate final con Ensenada.
            El epílogo se desdobla en dos momentos. El primero es la despedida de la joven azafata (con su papel simbólico), donde las preguntas del derrocado ministro aluden al pueblo. El segundo momento transcurre en la calle, lugar natural en que se ha movido el pueblo.
            El rechazo del violento Bernardo y de lo que él encarna es una propuesta esperanzada, subrayada con las notas alegres del Vivaldi de la primavera de Las cuatro estaciones.
            Este final ilusionado enlaza con el principio, con la dedicatoria “A la luminosa memoria de don Antonio Machado, que soñó una España joven”. El poeta y Buero Vallejo evocan “un tiempo de mentira, de infamia” en el que el pueblo se ha dejado manipular y ha dado un triste ejemplo de ignorancia y atraso. Pero se eleva el sueño de un futuro mejor. Ese futuro se encarna en la juventud.

            

lunes, 8 de junio de 2015

El teatro de los hermanos Machado




Antonio Machado se trasladó desde Segovia a Madrid en 1931. A partir de ese momento escribe en colaboración con su hermano Manuel varias obras dramáticas. Manuel Machado era el primer firmante en libros y carteles, por lo que debía de ser el principal responsable de la estructura dramática de las obras, pero en lo que se refiere a los núcleos argumentales y al tono expresivo, es difícil diferenciar el trabajo de ambos hermanos, muy afines y entrañablemente unidos hasta que la guerra civil los separó definitivamente.
Si cabe adscribir a Antonio algunos pasajes o ideas es, simplemente, porque tienen versión paralela (a veces, idéntica) en sus poesías o en las prosas de Juan de Mairena.
Esta producción teatral aporta poco al conocimiento de la obra poética de los dos escritores.
Mencionaremos sus títulos y año de aparición:

- Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1926) es una obra en tres actos y en verso, que se estrenó en el teatro de la Princesa de Madrid. Recrea la historia de Enrique Felipe de Guzmán, hijo ilegítimo del Conde-Duque de Olivares, quien lo conoce ya cuando es un joven. Lo reclama para que vaya a la Corte y le hace contraer matrimonio con la noble doña Juana. Pero el muchacho no consigue adaptarse a su nuevo entorno, no consigue olvidar a su amada Leonor. Julianillo acaba muriendo.
- Juan de Mañara (1927) es una obra en tres actos y en verso, que se estrenó en el teatro Reina Victoria de Madrid. Esta obra es una revisión del mito de don Juan que recoge referencias del personaje histórico Miguel de Mañara. En la obra hay dos personajes femeninos que se disputan el amor de Juan. Son la perversa Elvira (que escapa de la justicia tras asesinar a su marido y se redime finalmente) y la cándida Beatriz (quien entrega su honra a Juan y termina asesinándolo).
- Las adelfas (1928) es una obra en tres actos, escrita en verso y estrenada en el teatro Eldorado de Barcelona. En la obra, la duquesa de Tormes, viuda, irá descubriendo lo irresponsable que fue su marido con el patrimonio familiar y tendrá que vender la finca familiar de los Adelfos.
- La Lola se va a los puertos (1929) es una obra dividida en tres actos y escrita en verso, que fue estrenada en el teatro Pontalba de Madrid. La protagonista es Lola, una cantaora gaditana de flamenco, a la que desean todos los hombres.
- La prima Fernanda (1931) es una obra en tres actos y en verso, que se estrenó en el teatro Reina Victoria de Madrid. La vida del matrimonio entre Leopoldo y Matilde se verá alterado por la prima Fernanda, que se interpone entre ellos y provoca la ruina del negocio que el hombre gestiona.
- La duquesa de Benamejí (1932) se divide en tres actos y está escrita en verso. Fue estrenada en Madrid, en el teatro Español. La acción se sitúa en el siglo XIX, durante la invasión napoleónica. Lorenzo Gallardo es un bandolero de la sierra cordobesa. Perseguido por el ejército enemigo, se refugia en el caserón de la duquesa de Benamejí. Acaban enamorándose, pero una gitana enamorada de Lorenzo, celosa, apuñala a muerte a la duquesa.
Todas las obras mencionadas fueron estrenadas en el mismo año de su datación por compañías de prestigio.
Podemos mencionar aún otra obra, El hombre que murió en la guerra, que parte de una idea argumental de Antonio Machado y en la que se reflejan numerosos textos de su personaje apócrifo Juan de Mairena; sin embargo, no fue concluida hasta 1935 y su estreno en el teatro Español en Madrid, muerto ya Antonio, corrió a cargo de Manuel en 1941. La obra se estructura en cuatro actos y está escrita en prosa. La acción se sitúa en 1928. El protagonista, don Andrés de Zúñiga, viendo que no tendría descendencia con su esposa, decide buscar al hijo ilegítimo que tuvo y al que nunca reconoció. Juan, ese hijo, ha muerto en el campo de batalla durante la gran guerra y diez años después, el matrimonio aún lo recuerda con nostalgia. En su casa se presenta Miguel, otro joven que dice haber combatido con Juan en el mismo frente. Sin embargo la realidad es más compleja de lo que parece. Miguel es en realidad Juan, que ha suplantado la personalidad de ese otro muchacho.
La producción dramática de los hermanos Machado ha quedado bastante olvidada, quizá por el primer plano que la obra poética ha ocupado en ambos. Sin embargo, según la crítica, debería situarse en un puesto de honor entre el teatro realista de Jacinto Benavente y el teatro poético de Federico García Lorca.


domingo, 7 de junio de 2015

Realismo mágico en “El amor en tiempos del cólera”




            El realismo mágico es un concepto imprescindible para entender la narrativa hispanoamericana del siglo XX.
            Recordemos que hay una renovación de las letras hispanoamericanas a partir de 1940 y que esta renovación se identifica con el nombre de “Realismo mágico”. El origen del término está en Franz Roh, quien lo utilizó para referirse a una corriente pictórica postexpresionista (“la pintura siente ahora la realidad del objeto y del espacio, no como una copia de la naturaleza, sino como una segunda creación”).
            En cuanto a la periodización de ese realismo mágico, podemos distinguir tres etapas:
-         En un primer momento (décadas de los 40 y los 50 del siglo XX) se sientan las bases teóricas de esta nueva modalidad literaria. Surgen las novelas de referencia de esta nueva concepción narrativa: se trata de los ensayos de Uslar Pietri y las novelas de Asturias y Carpentier.
-         Los estudios realizados durante las décadas de los 60 y los 70 intentarán delimitar la frontera entre realismo mágico y literatura fantástica.
-         A partir de 1980, El realismo maravilloso de Chiampi y Literatura fantástica y realismo maravilloso de Walter Mignolo contribuyen a la explicación del término.
            Es Uslar Pietri quien introduce en su discurso teórico el concepto de realismo mágico. De acuerdo con su discurso, desde el romanticismo hasta el modernismo la literatura hispanoamericana había seguido las tendencias europeas. Lo criollo se situaba en un nivel costumbrista y paisajista. De hecho, Menéndez Pelayo decía que el gran personaje y el tema fundamental de la literatura hispanoamericana era la naturaleza. Uslar Pietri llama la atención acerca de que aquella literatura parecía no darse cuenta del prodigioso mundo humano que la rodeaba, a la que no se había puesto “a contemplar en su peculiaridad extraña y profunda…” Entonces Miguel Ángel Asturias, que trabajaba en El señor presidente, publicó sus Leyendas de Guatemala y produjo un efecto deslumbrante. En esta obra resucitaba temas del Popol Vuh. Al mismo tiempo Carpentier escribió su novela negra Ecue Yamba O y Uslar Pietri publicó Las lanzas coloradas.
            Como señala este último autor en su estudio, se trataba de una reacción contra la literatura descriptiva e imitativa y contra la sumisión tradicional a las escuelas europeas. Aunque puede reconocerse cierta influencia del surrealismo, los escritores americanos no pretendían juegos insólitos con los objetos o las palabras. Aquellos escritores querían “revelar, descubrir, expresar en toda su plenitud esa realidad casi desconocida y casi alucinatoria que era la de América Latina para penetrar en el misterio creador del mestizaje cultural”. Lo que caracterizó a la nueva narrativa no fue el uso de una desbordada fantasía sobrepuesta a la realidad. Era un realismo peculiar. No se abandonaba la realidad, sino que se pretendía “reflejar y expresar un fenómeno existente, pero extraordinario dentro de los géneros”. Según Uslar Pietri, era descubrir de nuevo la América, aquella “mal conocida, cubierta de prejuicios, que era sin embargo el más poderoso hecho de identidad reconocible”.
            Era una visión que chocaba con los patrones aceptados del realismo.
En 1949, Uslar Pietri escribía en Letras y hombres de Venezuela que lo que marcó y predominó fue la consideración del hombre como misterio en medio de la realidad, “una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra, podría llamarse como realismo mágico”. Poco tiempo después Carpentier usó el nombre de “lo real maravilloso” para designar el mismo fenómeno literario.
La esencia del movimiento es la ausencia de conflicto entre realidad y fantasía. Anderson Inbert introdujo una nueva categoría, lo extraño, como opuesta a lo verídico del realismo tradicional y a lo sobrenatural de la literatura fantástica.

Realismo mágico en El amor en los tiempos del cólera

            En realidad, esta no es una de las novelas más representativas de Gabriel García Márquez en el terreno del realismo mágico. Hay pocos elementos y episodios que reflejen fielmente esa ausencia de conflicto entre realidad y fantasía. Un ejemplo es el momento en que una mujer vestida de blanco hace señales con un pañuelo y Fermina Daza no entiende por qué no la recogen. El capitán del barco explica que se trata de una aparición. Y tras recibir lo que sería una explicación increíble, su sorpresa no va más allá. Podemos ver aquella figura con todo detalle, “nítida bajo el sol”, y eso da contundencia al sentido de realidad de lo fantástico.
            También podríamos señalar el momento en que Florentino Ariza compra el espejo del Portal de don Sancho en donde se ha reflejado Fermina Daza.
            En la novela, por otra parte, los espacios trascienden los límites del territorio americano y actúan como espacios de síntesis universal, más allá de particularidades geográficas o temporales. El uso del espacio y del tiempo en el realismo mágico superan lo anecdótico de la novela y se convierten en totalidad del universo.
            Los viajes de los personajes de El amor en tiempos del cólera ocurren por lugares reconocibles. García Márquez señala Cartagena de Indias, Santa Marta, Barranquilla,… Pero no son lugares absolutamente concretos.
            El autor busca el encantamiento en el lector con el uso de la prosa poética, una prosa lírica, con un barroquismo descriptivo.
            Juan Cano Conesa y Mercedes Guzmán Pérez explican que el hallazgo de los escritores hispanoamericanos es haberse apoderado de la imaginación popular para fines literarios, los mitos. Lo barroco y lo mítico son adjetivos comunes en los estudios sobre el realismo mágico. Existe riqueza descriptiva, prosa poética, herencia del modernismo.
            Estos aspectos teóricos son aplicables a El amor en los tiempos del cólera. La inverosimilitud se presenta como cotidianeidad presentada de forma inverosímil. El autor recurre principalmente a la hipérbole como recurso semántico.
            La novela de García Márquez se estructura en seis secuencias o bloques.
            La muerte es el hecho que desencadena la narración. La trama empieza con la muerte de Jeremiah Saint-Amour, amigo del doctor Juvenal Urbino, que será quien se encargue de certificar esa muerte. Esa primera secuencia es descrita con la prosa poética propia del realismo mágico (“El olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”). Por otra parte, la descripción hiperbólica del estado de la casa después de que los bomberos traten de capturar al loro es un anuncio de la ridícula muerte del doctor, que parece vaticinar (“la niebla invisible que le saturaba el alma después de la siesta, y que él interpretaba como una notificación divina de que estaba viviendo sus últimos atardeceres”). Las alusiones bíblicas y religiosas parecen ser constantes en el realismo mágico de García Márquez.
            En la novela hay una forma de realismo mágico también en la descripción del tiempo, de los espacios y de los hechos anecdóticos. Son aspectos inverosímiles de lo cotidiano, como cuando “el cielo se desplomó en un aguacero de desastre”. Aunque la fuerza de los fenómenos meteorológicos es real, se describe de forma que ayuda a crear un ambiente de irrealidad.
            Por tanto, a partir de la primera secuencia, vemos que la novela nos presenta la realidad como algo increíble y sorprendente. Y lo inverosímil aparece como natural. Hay prosa lírica y las descripciones son prolijas y exuberantes.
            En la segunda secuencia es la intensidad del amor la que inspira los momentos mágicos que envuelven la realidad (“esa mirada casual fue el origen de un cataclismo de amor que medio siglo después aún no había terminado”). Se crea en esta secuencia una atmósfera en la que se desdibujan las fronteras entre realidad e idealización. La hipérbole es uno de los rasgos distintivos de esta parte de la novela (“la sangre se le volvía espuma por la urgencia de verlo”). El amor intenso borra en Fermina los límites entre el sueño y la realidad. De igual forma, esa intensidad hace que Florentino enferme. Para “saborear” a su amada, el personaje come gardenias y así “conoció el sabor de Fermina Daza”.
            La técnica de la retrospección se mantiene en la tercera secuencia de la novela. El realismo mágico está presente, por ejemplo, en el recuerdo de Juvenal de una conversación con su padre (“el ángel de la muerte flotó por un instante en la penumbra fresca de la oficina y volvió a salir por la ventana dejando a su paso un reguero de plumas”).
            El narrador introduce pinceladas sin más indicios ni explicaciones, como parte natural de su universo narrativo.
            En esta parte sí destaca un suceso propio de los principios del realismo mágico: la americanidad del fenómeno como mezcla de culturas y creencias. Fermina recibe como regalo por parte de Juvenal una muñeca negra. Decide ponerla sobre su cama y dormir con ella y cuando pasan unos días se da cuenta de que la ropa de la muñeca se está quedando pequeña: la muñeca está creciendo. Y una vez más, ante un hecho insólito, Fermina tiene una reacción comprensiva (“los zapatos se habían reventado con la presión de los pies. Fermina Daza había oído hablar de los maleficios africanos, pero ninguno tan pavoroso como este”).
            Hay hecho insignificantes que ayudan a crear una dimensión irreal, como el niño que Rosalba lleva en una jaula, los cañonazos para evitar el cólera o la importancia de los olores. Es una realidad capaz de superar la ficción.
            En la cuarta secuencia conocemos la intensidad de la vida sexual de Florentino. Hay una sucesión de relaciones, formas distintas de llegar a su vida las diferentes mujeres, escarceos que rozan la inverosimilitud. Por ejemplo, en las relaciones con Ausencia Santander hay una cacatúa como testigo, y con Sara Noriega tienen que esquivar un gato mientras hacen el amor. Otro ejemplo estaría en la utilización de chupetes que Sara cuelga en el cabecero de la cama.
            Cuando el matrimonio Fermina-Juvenal regresa de París, ella ve a Florentino en el banco bajo los almendros “a la edad con que se le quedó en la memoria” y no como lo ha visto alguna vez por casualidad. Se desdibujan entonces de nuevo las líneas entre sueño y realidad y entre pasado y presente. Ella lo ve a través de los ojos del recuerdo.
            En la quinta secuencia conoceremos las crisis y rutinas del matrimonio entre Fermina y Juvenal. También asistimos al primer vuelo en globo, con la descripción de paisajes inverosímiles, arrasados por la guerra y la enfermedad.
            Hay una concepción monótona del tiempo, un tiempo que pasa pero que no produce cambios, ni siquiera en el espacio. Este es un rasgo que confiere una dimensión de irrealidad a las obras de Márquez, siendo una constante en su narrativa.
            Se plantean situaciones que tiñen la historia de amor de irrealidad, como el sentido del olfato casi sobrenatural que conduce a Fermina a descubrir el adulterio de su marido, el amor de Leona Casiani hacia su violador, la pérdida de las dentaduras de León, etc. A pesar de lo esperpéntico de esos detalles, las situaciones se funden armónicamente en el desarrollo de la historia.
            La magia se presenta en la sexta y última secuencia del libro. La correspondencia epistolar volverá a remover el corazón de Fermina y despertará antiguas ilusiones. Un año de esa correspondencia sirve a Fermina para tomar conciencia de su estado de viudedad, a pesar de sentir la presencia de su marido (“A veces lo encontraba, no como una aparición, sino en carne y hueso”, “él estaba allí, todavía vivo, pero sin sus caprichos de hombre”).
            En el viaje por el río Magdalena todo es irreal. Pensemos en el personaje que tiene los bolsillos llenos de pollitos, el río invadido por cuerpos,… Y lo que no es real, esa pasajera que los llama agitando un pañuelo, adquiere dimensión de real.

            El viaje será el inicio de una nueva vida, una nueva oportunidad que permitirá que se convierta en un viaje sin un tiempo marcado. Un viaje eterno que cierra la novela, una metáfora de la eternidad de un amor que sobrevive al cólera.

jueves, 4 de junio de 2015

Una reflexión sobre el mito de Fausto



            Probablemente el mito de Fausto sea uno de los más complejos que existen, ya que se compone de diversos problemas morales, además de tener valores y principios suficientes para convertirse en dicho mito.

            De los diferentes aspectos que lo componen, creo que los más interesantes son el ansia de conocimiento y los límites de la moral, ya que el deseo de la eterna juventud no es la aspiración de la inmortalidad o de la buena salud, sino la necesidad de ganar tiempo para poder traspasar los límites de la sabiduría y la experiencia. Igualmente creo que esa ansia de conocer es la que lleva al personaje a la dicotomía entre el bien y el mal, o lo que es lo mismo a traspasar los límites de la moral establecida.

            Ya en el origen legendario del personaje se toma como fuente a un sabio víctima de su afán de conocimiento. Recordemos que el doctor Johann Faust, al parecer, murió cuando experimentaba en un laboratorio. Si tenemos en cuenta que este personaje vivió y murió entre los siglos XV y XVI entenderemos fácilmente que se encontraba en los albores de la ciencia y del conocimiento empíricos, una época en que el sentido religioso lo impregnaba todo. Y precisamente ese deseo de conocer a toda costa, arriesgando la propia vida, es uno de los primeros elementos que se recogen en las versiones populares del mito. Cualquier cosa que lleve a la sabiduría resulta ser válida. Incluso un pacto con el diablo que llevaría consigo la condena eterna.

            El personaje traspasa así el miedo moral. Los límites éticos desaparecen.

            Creo que el Fausto original es un precursor. Y justo en la época en que el ser humano comienza a plantearse el conocimiento del mundo sin explicaciones divinas, tan solo lógicas, entonces emerge con fuerza. Son las variantes principales del mito, las alemanas y de Marlowe, en las que podría considerarse como tal precursor. La de Goethe aparece ya en una época en que la religiosidad se plantea de forma más moderna. Entre la sabiduría que proporciona la Biblia y la que proporcionan todos los estudios no religiosos, Fausto decidirá conocer todo, lo más posible. Y entre el bien de la Biblia y el mal de la magia, Mefistófeles aprovecha el deseo de Fausto para hacerse con él.

            Podríamos encontrar también cierta modernidad en el arrepentimiento del personaje. En el mito, Fausto se arrepiente de su autocondena cuando el tiempo va cumpliéndose. Pero creo que hay una forma de interpretar ese arrepentimiento diferente a la meramente religiosa. Al fin y al cabo hoy sabemos que todas las formas de estudiar, conocer o experimentar, tienen límites de tipo ético que no deben traspasarse. Y Fausto, aunque haya cometido errores en principio irreparables, acaba aprovechando sus conocimientos de una forma buena, por ejemplo con el emperador de Alemania.


            Fausto representa el viaje de las tinieblas a la luz gracias a los demás. La redención está en la segunda parte de la obra, ahí se puede observar que el arrepentimiento de Fausto es real y será Margarita, justo un personaje que ha muerto por su culpa, quien lo redima del todo. Eso supone un premio precisamente por el esfuerzo de Fausto: se puede salvar quien no cesa de esforzarse, el que aspira a lo más alto. 

sábado, 23 de mayo de 2015

La teoría de los actos de habla



(resumen)

            Hay usos como quejarse, prohibir, ordenar o pedir para los que lo más importante no es su verdad o falsedad, sino su adecuación.
            Tales usos serían situaciones comunicativas en las que lo particular estaría asociado al hecho de que con el empleo de tales enunciados hay una posibilidad de que se realicen acciones.
            Es importante recordar la definición general inicial de signo que dio Peirce: “un signo o representamen es algo que tiene lugar para alguien de algo bajo alguna relación o en virtud de algo. Se dirige a alguien; es decir, crea en la mente de esa persona un signo equivalente o quizás un signo más desarrollado. A este signo que crea yo le llamo el <>. Este signo ocupa el lugar de algo: de su objeto”.
            Estos conceptos de Peirce reciben una interpretación a la luz de los conceptos de primeidad, secundidad y terceidad.
            Peirce define así: “La primeidad es el modo de ser de lo que es tal y como es, positivamente y sin referencia a cualquier otra cosa. La secundidad es el modo de ser de lo que es tal y como es en relación a un segundo, pero sin consideración de un tercero sea quien sea. Y la terceidad es el modo de ser de lo que es tal y como es, relacionando recíprocamente, un segundo y un tercero. Por lo tanto el representamen es algo que es tal y como es, independiente de cualquier entidad humana”.
            El interpretante es una categoría relacionada con la secundidad y que vendría a corresponder al significado del signo.
            El plano de la terceidad se relacionaría con el objeto.
            Peirce define un icono como “signo determinado por su objeto dinámico en virtud de su propia naturaleza interna” (por ejemplo, una representación pictórica). Entiende por índice un “signo determinado por su objeto dinámico en virtud de estar en una relación real con su objeto” (por ejemplo, el nombre propio). Define un símbolo como “signo determinado por su objeto dinámico solo en el sentido que así se lo interpretará” (lo que implica arbitrariedad).
            Dentro de estos símbolos, el elemento que sirve para introducir problemas de naturaleza pragmática es el interpretante.
            Peirce considera que un signo puede ser un rema (todo aquello –signo- que no es verdadero ni falso, “como casi toda palabra considerada por separado, salvo y no), un dicente (una proposición “no una aseveración, sino un signo capaz de ser aseverado”) o un argumento.
Un signo puede relacionarse con su significado de tres maneras distintas:
-         De proposición: un argumento solo puede ser propuesto a su interpretante como algo cuya razonabilidad puede ser reconocida.
-         De requerimiento: un argumento puede ser requerido al interpretante por un acto de insistencia-orientación práctica.
-         De contemplación: un argumento puede ser mostrado al interpretante para su contemplación.
            Morris define la pragmática diciendo que es “la que debe ocuparse de los papeles de Emisor y Receptor de la comunicación lingüística”.
            Lo esencialmente interesante de la tradición es que, gracias a la concepción de organismo, es posible considerar el significado como tal organismo bajo la perspectiva de sus comportamientos biológicos, psicológicos, etc. Morris inventa una serie de áreas para la pragmática que se entienden atendiendo a lo sociológico, antropológico, etc.
            Morris se refiere como problemas a la necesidad de explicar el uso de mensajes exclamativos (¡Vaya allí!) en la medida en que implican un determinado tipo de organización jerárquica de la relación entre dos interlocutores, de forma que dicha relación se organiza de forma que alguien considere que esa persona está en tal posición que puede permitirse pretender influir sobre el comportamiento de otra persona que está obligada a obedecer.
            Este tipo de conocimiento hace posible utilizar la forma imperativa de forma adecuada.
            Según Morris, solo gracias a la existencia de signos, que tienen significado y comportamiento sintáctico, es posible su uso, su funcionalidad pragmática.
            Según Morris, cualquier signo puede ser estudiado desde distintos puntos de vista y considera objetivo de la pragmática “la expresión de las condiciones en que se usan los términos, en la medida en que no pueden formularse en términos de reglas sintácticas y semánticas, constituyen lo que llamaremos reglas pragmáticas para los términos en cuestión”.
            La condición normativa afortunada de aconsejar implica que quien da el consejo sabe que el que va a recibirlo querría ese consejo.  
            En aconsejar puede indicarse la necesidad para la producción del consejo de que el receptor debe tener credibilidad en las facultades del emisor.
            Dar un consejo puede implicar creer en la bondad del mismo.
            Dar un consejo es “yo aconsejo”. Los demás pronombres sirven para describir un enunciado, pero no dan un consejo.
            Según expresa Morris, “en una presentación sistemática de la semiótica, la pragmática presupone tanto la sintaxis como la semántica, así como esta presupone a su vez la anterior, puesto que tratar adecuadamente la relación de los signos con sus intérpretes requiere tener conocimiento de la relación de los signos entre sí, y con aquellas cosas a las que remiten o refieren a sus intérpretes”.
            La cuestión, tal y como Morris la plantea, implica una jerarquía:
                        Primer lugar àSintaxis
                        Segundo lugar à Semántica
                        Tercer lugar à Pragmática
            Parece lógico que antes de poder usarse un signo, tal signo exista, sea puesto en relación con un objeto que denotaría y sea empleado con una funcionalidad pragmática determinada.
            Esta jerarquización de Morris puede reflejar cierta consideración de lo lingüístico desde la perspectiva del receptor.
            La pragmática está orientada hacia el discurso y se sirve del resto de los componentes como sustancia o materia respecto de la cual se establece una formalización.
            La sintaxis y la semántica funcionan como la sustancia a partir de la cual el componente pragmático puede hacer que tales sustancias sean operativas.
            Morris diferencia dentro de las condiciones que afectan al acto locutivo entre dos tipos distintos:
-         Condiciones de verdad/falsedad
-         Lo que él llama condición de adecuación.
            Los aspectos de verdad/falsedad tienen importancia para lo que Morris llama el hablar designativo (tipo de acto locutivo en virtud del cual se constituye lingüísticamente algo que tiene una equivalencia en el mundo real o que no coincide, siendo así verdadero o falso).
            Hay actos prescriptivos que pretenden modificar el comportamiento del receptor, actos locutivos caracterizados porque su verdad y falsedad es irrelevante o porque su contenido locutivo no tiene que ver con condiciones de adecuación o inadecuación. Adecuación es sinónimo de validez.
            Puede entenderse la validez como la adecuación de una determinada explicación a un acto de principios, categorías, formulados en la teoría explicativa de que se trate.
            El término de adecuación de Morris tiene la acepción de que se trata de destacar para determinados actos locutivos si funcionan, si son válidos, si sirven.
            Para un enunciado (acto locutivo designativo) como “El actual rey de Francia es calvo”, lo anómalo es que contradice entidades del mundo real.
            Lo anómalo de un enunciado como “le ordeno que venga ahora mismo” formulado por un cabo a un superior tiene que ver con que este acto locutivo prescriptivo es inadecuado por las condiciones que rigen este tipo de enunciados.
            Carnap considera objetos propios de la pragmática algunos como los siguientes:
-         Análisis psicológico de las relaciones entre comportamientos verbales y no verbales.
-         Análisis de las variaciones de significado.
-         Análisis etnológico o sociológico de hábitos comunicativos propios de comunidades distintas.
-         Análisis fisiológico de los órganos del habla o del sistema nervioso de los hablantes.
            Con Wittgenstein adquiere importancia el concepto de juego lingüístico, que es una actividad lingüística sometida a reglas cuya ejecución es en sí misma el juego. Pone algunos ejemplos como narrar, dar las gracias o saludar.
            Van Dick o María Luisa Pratt hablan de la condición pragmática de la dimensión que llamamos género.
            Diferenciamos tipos comunicativos: narrativos, prescriptivos, poéticos,…
            Los producimos en virtud de una competencia, un saber intuitivo que permite a hablantes y oyentes decidir sobre cómo procesar una información.
            El procesar una obra literaria como tal no depende solo de propiedades inmanentes de la obra, sino de la convención compartida Emisor/Receptor para tratar, considerar remisibles a un código determinado determinados productos.
            Comunicar sería escoger entre juegos lingüísticos (códigos) distintos según las situaciones.
            Austin diferencia entre dos tipos de expresiones:
-         Las constativas están sujetas a la disyuntiva de ser verdaderas o falsas. Son expresiones de valor referencial, cuya significación representa entidades del mundo real.
-         Las performativas están caracterizadas por ser relevante para ellas la alternativa entre ser afortunadas o infortunadas. Tendrían la característica de sustituir acciones, aunque el planteamiento de Austin es el de que son acciones.
            En un trabajo de Lakoff se plantea la existencia de expresiones como “cogí más o menos de cinco”, “son sobre las cuatro y diez”, “te veré aproximadamente en una semana”, que contienen elementos que no dificultan la comunicación y, según la lógica tradicional, serán expresiones sin sentido.
            Verbos como matar, que expresa acción, tienen un causante y producen efectos sobre otro elemento o entidad.
            El análisis de las estructuras “Bruto mató a César”/”Bruto hizo que César muriera” ha dado origen a una considerable cantidad de trabajos que defendían dos tesis:
-         Bruto mató a César tiene una estructura profunda semejante a la superficial (sujeto, núcleo del predicado y complemento directo). Las dos frases poseen el mismo significado, lo que implica que tienen la misma estructura profunda más compleja. Se correspondería a la estructura compleja “Bruto hacer César muere”. Este problema afectaría a muchos verbos con sentido causativo (morir, subir, traer, llevar,…). Lakoff creía en la existencia de una relación de sinonimia de las dos estruturas: 1) causativo analítico, y 2) causativo sintético. Otros negaban la vinculación. Postal indicaba que “matar no significa hacer que alguien muera”.
-         Postal indicaba que en el causativo sintético se exigía una relación de simultaneidad entre causas y efectos, no necesaria en el causativo analítico (“Hizo que César muriera”).
            Lakoff señalaba que las dos estructuras pertenecerían a la misma categoría, siendo el prototipo el causativo-sintético y el causativo-analítico un miembro no prototípico de la categoría:
Causativo sintético: relación A-B

            A= causante                                           A-B son simultáneas
            B= afectado por la causa          
    
            En los analíticos no se daría la simultaneidad.
            Un enunciado como Pedro conduce el coche tiene una estructura de agente, mientras que en Este coche se conduce solo hay un agente definido como elemento que posee control, responsabilidad y del que es pertinente el aspecto valorativo en el proceso de una acción. Este coche no es un agente (solo cumple el parámetro de la responsabilidad).
            El principio de economía expuesto por A. Martinet, por otra parte, es la base de cualquier lengua.
            Linda Coleman y Paul Kay definen “mentir” o “mentira”. Estamos ante un acto de habla de funcionamiento prototípico. Podría establecerse un prototipo que respondería a los tipos de mentira que reflejarían las siguientes características:
A dice algo (X) a B
A no cree en (X)
A desea (o sabe) perjudicar a B
            Antropológicamente hacen notas que son actos de habla procesados como un tipo especial de mentiras (las piadosas).
            Austin propuso que toda expresión preformativa debía estar marcada por un verbo preformativo (en primera persona del singular y en presente).
            El aire acondicionado es para ponerse en verano puede equivaler a un ruego, una orden, etc. Solo aspectos conceptuales hacen equivalentes Hace frío y Le ruego que apague el aire acondicionado.
            Recordemos que los actos locutivos son actos de expresión. Su contenido se agota en la misma expresión (no son actos de habla ni acciones).
            Los actos ilocutivos son expresiones que equivalen a acciones no meramente expresivas.
            Los actos perlocutivos son actos que en su caracterización producen determinados efectos influyendo de determinada forma en los receptores o destinatarios.
            Los actos ilocutivos producen una acción real. Son convencionales, codificados, sistemáticos y se asocian a expresiones dotadas de significado.
            Berrendoner explicaba que todo enunciado lingüístico materializado en una estructura superficial, debe analizarse en un enunciado y una enunciación (lo que tiene de cosa dicha y lo que tiene de decir lo dicho). El plano de la enunciación es el específico de la pragmática.
            Una idea o un enunciado como Prohibido fumar/No fumar podrá manifestarse por medio materiales pertenecientes a otros niveles:
-         No fumar
-         Se ruega a ustedes que no fumen
-         Fumar es malo. Usted se pondrá enfermo.
-        
            La pragmática estudia las condiciones en las que tienen lugar las suplencias (sustituciones lingüísticas) en que consisten los actos de habla.
            En determinados momentos históricos “matar” tuvo importancia relevante socialmente y uno no hace algo diciendo “te mato” (nadie cae muerto).
            Ducrot explicaba que la condición que debe poseer una acción para ser codificada lingüísticamente es la de “actos jurídicos” (aquellos que crean derechos y deberes).
            Aparecería codificado el acto de “entregar” por su duración como acto real.
            La acción real no puede asociarse unívocamente a un significado, a menos que se acompañe de otro acto lingüístico (por ejemplo dar la mano a una persona diciendo ¡Enhorabuena!).
            Las razones que determinan la existencia o no de una determinada forma son mediatizadas por factores extralingüísticos.
            Berrendoner destacaba el carácter cooperativo de la relación comunicativa.
            El papel del emisor es básico en toda relación comunicativa, y esta tiende a garantizarlo en los mejores términos posibles. El receptor acepta un papel cooperativo de una forma predominantemente positiva.
            La figura del emisor llevaría a que actos de comunicación que podrían fracasar, se salvarían por la cooperación del receptor. Por ejemplo, si en un día de lluvia alguien dijera Hace un día maravilloso, el receptor interpretaría el enunciado como irónico.
            Grice señalaba que las relaciones comunicativas son bienintencionadas, basadas en el deseo de cooperación entre emisores y receptores, por lo que Grice estableció la máxima de cooperación que regiría cualquier relación comunicativa.
            La máxima de cantidad se referiría a que todo intercambio comunicativo aporta una cantidad moderada de información.
            La máxima de calidad establecería que toda relación comunicativa presupone (por la cooperación) la aceptación por parte de los interlocutores de su conocimiento y la verdad de lo que se aforma.
            La máxima de relación se refiere a que todo intercambio comunicativo responde a aspectos relevantes, incidiendo en detalles puestos en cuestión en la relación comunicativa de forma que se responda a lo tematizado en una pregunta y no otra cosa.
            La máxima de modo establece la cooperatividad en un intercambio comunicativo a través de intervenciones claras, no ambiguas, breves y ordenadas.
            Los textos constitucionales son voluntariamente ambiguos. Buscan elementos que puedan ser interpretados de diferente manera según las necesidades o convenciones del momento de que se trate. En términos comunicativos normales son textos mal construidos, ininterpretables, de los que ningún receptor estandarizado podrá entender a veces qué dicen realmente.
            Cuando se da la necesidad del principio de cortesía no prevalece la brevedad.
            En Searle encontramos los diferentes tipos de actos de habla:
            1º) Representativos: reflejan una determinada situación del mundo. Se ve o se describe una situación (decir, afirmar, constatar,…)
            2º) Directivos: Modifican actitudes o planteamientos del receptor (pedir, rogar,…)
            3º) Comisitos: denotan un compromiso futuro (prometer, contratar, amenazar,…)
            4º) Expresivos: denotan actitudes psíquicas del emisor (felicitar, dar las gracias, lamentar,…)
            5º) Declarativos: Específicamente crean un mundo posible nuevo (declarar la guerra, casar, admitir, …)
            Searle enuncia las reglas para definir un acto de habla:
            1º) de contenido proposicional: formalizan el significado.
            2º) introductorias: prepararían las condiciones para que se diese.
            3º) de sinceridad: afectan a emisores y receptores en sus actitudes o planteamientos en determinados comportamientos.
            4º) de componente esencial: las estrictamente pragmáticas.
            Según Searle una promesa como acto de habla existe cuando un emisor emite una cadena fónica dotada de contenido proposicional.
            Es imprescindible que se dé un comportamiento lingüístico, lo que supone una intencionalidad comunicativa que tiene en común cualquier acto de habla con cualquier comportamiento comunicativo.
            Debe existir una lengua común entre emisores y receptores.
            Debe darse una copresencia entre emisores y receptores, tanto espacial como temporal.
            El canal comunicativo debe quedar libre de ruidos informativos.
            Cuando el emisor produzca la cadena fónica, debe expresar su intención de realizar un acto futuro. El receptor debe desear que lo enunciado por el emisor se realice.
            Si no lo deseara, estaríamos ante una amenaza.
            Para que una promesa exista el emisor y el receptor han de saber que el primero realizará lo enunciado, y no solamente la secuencia “Te prometo que…”
            El emisor deberá realizar las acciones necesarias para el cumplimiento de lo dicho.
            El emisor debe querer que el receptor sepa que tiene intención de hacer algo, de tener un determinado comportamiento. Prometer no es solo tener la intención, es también un compromiso, una intención.

            Debe existir una expresión lingüística correcta.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Costumbrismo, realismo y naturalismo en Hispanoamérica




            Costumbrismo

            Es el reflejo que de la vida cotidiana y de los tipos humanos característicos de una época presenta la obra de algunos autores localizados en el tiempo entre 1830 y 1868 aproximadamente.
            Un rasgo característico del costumbrismo es el humor criollo.
            Como autores costumbristas podemos señalar a los autores venezolanos Daniel Mendoza (1823-1867), Nicanor Bolet Peraza (1838-1906) y, al más importante, Arístides Rojas (1826-1894). Rojas era, además de escritor, historiador y folclorista. Escribió Estudios indígenas (1878), además de realizar una recopilación de leyendas históricas venezolanas, editada en 1890.

            Realismo

            El realismo es un sistema estético que asigna como fin a las obras artísticas o literarias el describir o reflejar la realidad sin atenuación o idealización.
            El concepto crítico de realismo designa la intencionalidad representativa de cualquier forma artística y el grado de aproximación de la última a los términos de la realidad que intenta reproducir.
            Lo que se encuentra en la base del arte realista es el concepto aristotélico de mimesis o imitación, que proporciona al lector el placer de un reconocimiento de lo real en el producto artístico. A partir de ahí tiene que comenzar una sistemática relativización del término que se mueve ahora en el mundo de la expresión artística, que usará de la imitación en razón de su peculiar ideología y de su propio concepto de la realidad.
            El realismo define una constante del arte del siglo XIX, principalmente referida a la novela, género nacido como expresión y consumo de la burguesía triunfante.
            Se incorporó a la narrativa el lenguaje coloquial y el estilo directo, en algunos casos con gran acierto como en la Linterna mágica (1860-1890), serie novelística de José Tomás de Cuéllar (1830-1890).
            Entre 1875 y 1910 se gestó la madurez de la novela mexicana, gracias principalmente a Rafael Delgado, Emilio Rabasa y Ángel de Campo.
            La obra de mayor talla fue la de Emilio Rabasa (1856-1930), compuesta por un ciclo novelístico en cuatro partes: La bola, La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa. La corrupción del protagonista está narrada en primera persona, lo que hace que la novela sea uno de los textos más modernos de su tiempo.
            Además de Emilio Rabasa, encontramos otros autores realistas mexicanos como Ángel de Campo (1868-1908), José Tomás Cuéllar (1830-1894) y Rafael Delgado (1853-1914).
            Ángel de Campo era escritor y periodista. Para la prensa escribió con el seudónimo de Micrós. La mayor parte de su producción consistió en artículos de costumbres de tono satírico, a través de los cuales intentó una crítica de la vida nacional mexicana. Su obra periodística se recoge en tres volúmenes: Ocios y apuntes (1890), Cosas vistas (1894) y Cartones (1897). Su carácter sentimental le llevó a escribir Rumba, una historia dolorosa de los ambientes mexicanos en la que utilizó procedimientos naturalistas y que apareció como folletín en El nacional.
            José Tomás Cuéllar fue escritor y diplomático. Utilizó el seudónimo Facundo en muchas de sus obras. Su producción literaria se inscribe en una línea posromántica, en la que aparecen también elementos realistas y costumbristas. La colección de novelas que publicó entre 1869 y 1890 se denomina La linterna mágica. Entre esas novelas sobresalen Ensalada de pollos, Historia de Chucho el ninfo, Isolina la exfigurante, Las jamonas, Las gentes que “son así”, Gabriel el cerrajero, Baile y cochino, Los mariditos y Los fuereños y la nochebuena. En sus narraciones predomina el tono picaresco, la tendencia a la caricatura y la intención doctrinaria. Por otra parte se produce cierta aglomeración de personajes típicos por el afán de representar totalmente los ambientes costumbristas y pintorescos de las clases medias.
            Rafael Delgado vivió casi siempre en Orizaba, que era una ciudad aferrada a las tradiciones locales. Trabajó como profesor. Escribió poesía, teatro y crítica literaria, pero su principal producción se da en la novela. Entre sus obras podemos destacar La calandria (1891), Angelina (1895), Los parientes ricos (1903) e Historia vulgar (1904). Habría que añadir una recopilación de Cuentos y notas, de 1902. Delgado elegía historias sencillas en las que podía observarse el ritmo y el ambiente de la vida provinciana. En su narrativa también puede destacarse el cuidado con que el autor registra los pormenores, así como la maestría al realizar las descripciones. Se le ha criticado en cierto sentido un exceso de emotividad que le inclinaría a lugares comunes.

            Naturalismo

            Este movimiento literario se inició en Francia durante la segunda mitad del siglo XIX.
            El naturalismo hizo suya la filosofía del determinismo, que presentaba al individuo configurado por sus instintos y pasiones, por su situación económica y social.
            Dentro de este movimiento las novelas eran planteadas como documentos: querían ser una historia real del presente social o histórico, un testimonio literario de validez objetiva afín a las pruebas y demostraciones de las ciencias.
            En Hispanoamérica el movimiento tuvo una amplia resonancia, aunque no pareció cuajar en obras que superaran el programa estético de la intención revulsiva, por lo que produjo más bien novelas truculentas. Aún así, algunas de estas novelas conmovieron los medios sociales con cierto aire de escándalo. La escritora peruana Glorinda Matto de Turner fue incluso víctima del escarnio social y sufrió la persecución de sus obras.
            Los chilenos Augusto D’Halmar y Luis Orrego Luco, el mexicano Federico Gamboa y el argentino Eugenio Cambaceres son los autores más conocidos del naturalismo, aunque fue el argentino quien logró mayor identificación con esta escuela, con sus novelas estereotipadas.
            La importancia del naturalismo en Hispanoamérica estriba en que inició el ciclo nativista de la narrativa al llamar la atención sobre los problemas sociales y al revocar la narrativa de estirpe romántica. Por lo tanto, más que estrictamente creativa, la función del naturalismo fue crítica y gestadora.
            En cuanto a los autores más importantes y que ya hemos enumerado, señalaremos que la novelista peruana Glorinda Matto de Turner (1854-1909) se sitúa en su primera etapa literaria en la órbita del “tradicionismo” o tradicionalismo creado por Ricardo Palma con sus Tradiciones peruanas (1884-1886). Matto reflejaba el opresivo ambiente social de la sierra en su novela Aves sin nido (1889), dedicada a González Prada, y que anticipa los elementos de la narrativa indigenista de denuncia. Sobre temas similares escribió Índole (1890) y Herencia (1895).
            El escritor y diplomático chileno Augusto D’Halmar (1882-1950) se llamaba Augusto Goéminne Thomson. Fundó el periódico Luz y sombra con Alfredo Melossi. En 1904, bajo el estímulo ideológico del novelista ruso, fundó una colonia tolstoiana en el sur de Chile. Fue uno de los componentes del círculo artístico e intelectual de los Diez, fundado por Pedro Prado en 1915. En 1936 publicó el ensayo Lo que no se ha dicho sobre la actual revolución española e intervino en un comité de ayuda a la república en España. En sus últimos años colaboró asiduamente en la revista Atenea.
            D’Halmar fue el mejor exponente de la prosa chilena. Su primera novela, Juana Lucero (1902), fue un “experimento” realizado según la estética naturalista, que alcanzó en su tiempo una gran resonancia. Posteriormente se sintió atraído por temas y ambientes exóticos, captados con estilo impresionista y en prosa poética. A esta orientación responden las colecciones de cuentos La lámpara en el molino (1914), Los alucinados, Gatita (ambos de 1917) y Nirvana (1918), así como las novelas La sombra del humo en el espejo, relato de sus viajes por Oriente, y Pasión y muerte del cura Deusto, de ambiente andaluz (ambas publicadas en 1924). Cabe agregar obras ensayísticas como La Mancha de don Quijote (1934), el volumen de memorias Rubén Darío y los americanos en París (1941) y Los 21 (1948).
            El novelista mexicano Federico Gamboa (1864-1939) ejerció también como diplomático y fue director de la Academia Mexicana. Escribió varias novelas de corte naturalista, libros autobiográficos o de memorias y piezas teatrales (entre estas destaca La venganza de la gleba, de 1905). Lo más sobresaliente de su obra fue su producción novelística, de la que podemos citar Suprema ley (1896), Metamorfosis (1899), Santa (su novela más popular y conseguida, de 1903, que aborda el tema de la prostitución con propósitos edificantes), Reconquista (1908) y La llaga (1910). Recibió la influencia de Zola y Goncourt, a quienes admiraba, aunque esta influencia estaba matizada por sentimientos religiosos. Entre sus libros de memorias destacan Impresiones y recuerdos (1893) y Mi diario, compuesto por cinco volúmenes (de 1907 a 1938).
            El novelista chileno Luis Orreco Luco (1866-1948) era un narrador histórico y costumbrista, que se inspiró en el naturalismo francés. Un idilio nuevo (1900) y Casa grande (1908) son obras características, de ambiente burgués, en las que los conflictos y pasiones proceden de taras y complejos psíquicos. Es autor también de A través de la tempestad, de 1914.
            El novelista y periodista argentino Eugenio Cambaceres (1843-1890) fue diputado y propugnó la separación entre la iglesia y el Estado. Fue un gran admirador de Francia. Destacó como periodista por su prosa satírica y ágil, que utiliza el lenguaje coloquial porteño con la intención de dar un colorido local a sus crónicas. Estas se reúnen en dos libros breves: Potpurrí (1881) y Música sentimental (1884), publicados en París como obras anónimas bajo el subtítulo de Silbidos de un vago. Era un excelente narrador y asimiló en sus novelas los fundamentos de estilo y doctrina de Zola. Por ello se le considera el introductor del naturalismo en Hispanoamérica.
            En 1885 publicó Sin rumbo, y dos años más tarde En la sangre, dos novelas de prosa áspera y directa, desconocida en su tiempo, en las que alcanza las manifestaciones del ambiente porteño. Destaca por su intención social.


sábado, 2 de mayo de 2015

Máximas conversacionales de Grice




            El filósofo británico Herbert Paul Grice (1913-1988) ayudó a dar al lenguaje un enfoque pragmático y propuso algunos principios que permiten interpretar los enunciados y regular el intercambio comunicativo. Así señaló la existencia de unas máximas generales de conversación que dirigen toda comunicación y pueden explicar estilos indirectos y errores de comunicación.
            Esos principios o máximas se incluyen en lo que Grice llamó el principio de cooperación, por el cual hacemos nuestras contribuciones conversacionales tal como se requiere, en el estadio en que esto ocurre, por la proposición o dirección aceptada del intercambio en que estamos comprometidos.
            Este principio de cooperación, por tanto, se concreta en esas máximas conversacionales (cantidad, calidad, relación y clase), que describen dicha conversación y evitan que sea ambigua o imprecisa:
-         Máxima de cantidad: haz tu contribución tan informativa como se te requiere (no más informativa)
-         Máxima de calidad: intenta hacer una contribución verdadera.
-         Máxima de relación: sé relevante.

-         Máxima de clase: sé perspicaz, evita la oscuridad de las expresiones, evita la ambigüedad, sé breve y ordenado.